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FIGURITAS: La primera copa del mundo
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En 1929 a Don Jules Rimet, presidente de FIFA, se le ocurrió organizar un torneo que nos incluyera a todos. La Coupe du Monde, que premiaría al ganador, terminó con el tiempo llevando su nombre. La primera edición se disputó en Uruguay, elegido sede por ser entonces campeón olímpico. La Jules Rimet, figurita de este domingo, empezó a rodar por el mundo hasta el día que, simplemente, se esfumó.
Sobre los mundiales podemos hablar todo el tiempo ahora. Estamos en estado de gracia hasta el 2026, cuando la pelota empiece a rodar de nuevo y tengamos que poner el galardón en riesgo. Es mentira que el mundial terminó; dura hasta entonces en los papeles y dura para siempre en la memoria.
Si la actitud les parece soberbia y auto referencial, comparémosla con la del primer campeón: Uruguay dice tener cuatro mundiales. No como chicana en los bares o en las redes, sino como bandera que levanta su gente y sus instituciones. El argumento, sintetizado, es el siguiente: hasta que se disputó el mundial de 1930 las competencias globales eran los juegos olímpicos. Ganador en París 1924 y Ámsterdam 1928, Uruguay es entonces cuatro veces campeón.
Se ríe el mundo de los torneos en blanco y negro de los charrúas, pregunta si la tierra estaba todavía caliente o si se disputaban tanto en Gondwana como en Laurasia. Poco les importa: FIFA los intimó a deshacer el bordado y ellos enviaron abogados e historiadores y dilataron la cuestión. En Qatar 2022 volvieron a vestir orgullosos su camiseta de tetracampeón, celeste con cuatro estrellas doradas sobre el escudo.

En fin, dejemos de hacer amigos y repasemos el intrincado viaje de la Jules Rimet.
LA DIOSA “NIQUÉ”
Niké, Diosa Griega de la Victoria que debe pronunciarse como en el subtítulo, sostiene una copa octogonal. La figura de la diosa, estilizada y con alas, se apoya sobre una base de lapislázuli, piedra preciosa azul que fue quedando oculta por las placas de los campeones de cada mundial. El escultor francés Abel Lafleur fue el diseñador y recibió 50.000 francos suizos por su trabajo.
Se estableció un protocolo muy preciso. Cada ganador podría conservarla durante cuatro años, los que mediaran entre competencias, pero aquel que resultara campeón por tercera vez se la quedaría para siempre.
Después de la victoria uruguaya llegaron dos triunfos consecutivos de Italia, reforzada en 1934 con cuatro jugadores argentinos (detalle que no va al fondo de la historia, pero que es muy grato mencionar). Tras el título de 1938 comenzaron los problemas, para el mundo y para nuestra copa.
Estalló la segunda guerra y los mundiales dejaron de jugarse. La copa permaneció entonces en una Italia que no confiaba, para nada, en su incómodo aliado. Es que la Alemania nazi había iniciado un robo sostenido de obras de arte en toda Europa.
En los papeles la Jules Rimet –que aún no se llamaba así- estaba a resguardo en una bóveda del banco de Roma, pero cuando los alemanes fueron a buscarla no encontraron nada. Descansaba en una caja de zapatos bajo la cama de Ottorino Barassi, intuitivo vicepresidente de la Federación Italiana. En 1947 le sería devuelta por fin a FIFA.
La guerra terminó pero los problemas para la Jules Rimet no. En marzo de 1966, a cuatro meses de iniciarse el mundial de Inglaterra, fue robada de una exhibición en Westminster. La policía recibió una petición de rescate de quince mil libras y no cedió al chantaje: pudo detener al delincuente pero no recuperó el trofeo.
La salvación llegó una semana después. Un pequeño perro blanco y negro encontró la copa, envuelta en papel de diario y arrojada en un jardín de los suburbios.

Pickles, tal el nombre de nuestro héroe, salvó el mundial. Cuando Inglaterra finalmente lo ganó, fue invitado al banquete de celebración y se le permitió lamer todos los platos. Hacia fines de ese año fue protagonista de una película: The spy with a cold nose, El espía con la nariz fría.
VIDRIOS BLINDADOS
La final de México ’70, el primer mundial transmitido a color, iba a entregar la copa de manera definitiva. Como a ese último partido llegaron dos bicampeones, Brasil e Italia, el ganador la atesoraría para siempre.
El campeón resultó ser Brasil por un holgado cuatro a uno; el para siempre, sin embargo, resultó ser provisorio.
Reemplazada por la copa actual, la que conocemos todos, la Jules Rimet dejó de viajar y encontró descanso en la sede de la Confederación Brasileña de Fútbol. Cuentan las crónicas que en 1983 la protegía una vitrina blindada que de nada sirvió, acaso porque estaba fijada a la pared sólo con cinta y madera, tema no menor.
El robo lo cometieron dos brasileños, José Luiz Vieira y Francisco Rocha, pero el autor intelectual habría sido un argentino. Juan Carlos Hernández, radicado en Río y vendedor de oro robado, fue encontrado culpable: la Jules Rimet fue cortada, fundida y vendida como lingotes en la joyería de nuestro compatriota.
Uno tiende a pensar que el dinero, factor desde ya muy importante, no fue la única motivación de Hernández. Se intuye el gozo, el inmenso placer de fundirles esa copa que por tantos años nos fue esquiva.
Pero también es válido imaginar que la versión oficial no resulte cierta. En épocas que nos resulta tan grato hablar de fútbol, pueden revisar viejas cajas de zapatos o esperar milagros de algún descendiente de Pickles.
Quién te dice.


