LA MUNICIPALIDAD DE SARMIENTO DESARROLLA TALLERES DE CAPACITACIÓN LABORAL EN
Figuritas: Alejandra Pizarnik
No
las palabras
no hacen el amor
hacen la ausencia
si digo agua ¿beberé?
si digo pan ¿comeré?
en esta noche en este mundo
extraordinario silencio el de esta noche
lo que pasa con el alma es que no se ve
lo que pasa con la mente es que no se ve
lo que pasa con el espíritu es que no se ve
¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?
ninguna palabra es visible
Cuando se suicidó tenía 36 años. Era septiembre de 1972 y había salido, con permiso, de una internación psiquiátrica. Habló por teléfono con amigos e hizo planes para ir al cine esa misma noche, la de las cincuenta pastillas de Seconal.
Me adelanto a cualquier impugnación, porque yo también la hago. ¿Por qué empezamos por ahí? Habrá quien dice que porque es mujer, consciente al enunciarlo de que construye un significado más o menos así: un hombre se suicida porque el mundo –asesino, brutal- es demasiado para su sensibilidad de artista. No partimos del suicidio para hablar de Hemingway, ni lo mencionamos: lo sabemos, lo entendemos, lo respetamos. Con Alejandra es distinto: es inadaptada, irreverente. Injustificada.
Disiento. Creo que partimos de ahí porque no sabemos de dónde, no sabemos cómo. Las palabras se arrastran, se tumban, se chocan y el homenaje es ridículo, grotesco; la pretensión de redactar una crónica se revela monstruo.
No cierra una herida una campana. Una campana no cierra una herida. Fue la noche de Santiago. Llovía moroso en el jardín del Hostal. Me voy a ver los fuegos –dijo- con la gente de negro que vino de muy lejos a ser cuerpo presente (en la plaza iluminada por fuegos que se suceden cada vez más vertiginosos porque la lluvia impedía su natural despliegue, evolución y muerte).
Si –dije- ve, ve, ve (sintiéndome, oh siempre, en el centro exacto del abandono). Vi sus ojos en el resplandor cortado de oscuridades hirientes, súbitas. Vi sus ojos en el sonido de la tormenta, en los colores ardiendo como pájaros muy efímeros. Que se vaya –me dije- yo no pretendo, no intento, no comprendo.
No me dejes –dijo- no me exiles de ti. En lo alto, en lo puro del abandono. Llamarme a mí pequeña abandonadora. Antes de desaparecer vi sus ojos no comprendiendo. Trémulo gesto de mi cara para ir a llorar importantemente en la noche del no se sabe quién es abandonado.
Pero si hemos de hacerlo, retomando las palabras más corrientes y seguras, debemos contar que en 1954 terminó la secundaria e ingresó a la Universidad de Buenos Aires. Probó varias carreras: de Filosofía a Letras, de Letras a periodismo, de periodismo a Artes Plásticas.
Lo que podría evaluarse como un fracaso también debe mirarse como un comienzo: incapaz de recorrer todo el camino de un plan de estudios, abandonó cualquier expectativa de educación sistemática y formal. Pero su propia voz nunca dejó de retumbar con fuerza: en 1955 ya había publicado La tierra más ajena, su primer libro de poemas.
En 1960 inicia su etapa París; la más feliz de todas, según coinciden los biógrafos. Publica y trabaja como traductora, comparte y se hace compinche de Cortázar y Octavio Paz, quién escribe el prólogo de su cuarto libro, Árbol de Diana.
1
He dado el salto de mí al alba.
He dejado mi cuerpo junto a la luz
y he cantado la tristeza de lo que nace
2
Éstas son las versiones que nos propone:
un agujero, una pared que tiembla…
3
sólo la sed
el silencio
ningún encuentro
cuídate de mí amor mío
cuídate de la silenciosa en el desierto
de la viajera con el vaso vacío
y de la sombra de su sombra
4
AHORA BIEN:
Quién dejará de hundir su mano en busca del tributo para la pequeña
olvidada. El frío pagará. Pagará el viento. La lluvia pagará. Pagará el
trueno.
Había nacido Flora Alejandra Pizarnik, de niña apodada Bluma, el 29 de abril de 1936. Sus padres, Elías y Rosa, eran inmigrantes ucraniano-judíos. Tenía una hermana mayor, Myriam, y su infancia se vio oscurecida por las noticias que llegaban de Europa: en junio de 1941 la ciudad de Rivne fue tomada por el Ejército Alemán. Sus familiares resultaron masacrados junto a otros 23000 judíos.
En la Universidad de Princeton están a resguardo sus cuadernillos y hojas mecanografiadas, que constituyen un diario personal de más de mil páginas. Además de las publicaciones póstumas y las recopilaciones, en vida publicó las siguientes obras:
- La tierra más ajena, (1955)
- Un signo en tu sombra, (1955)
- La última inocencia, (1956)
- Las aventuras perdidas, (1958)
- Árbol de Diana, (1962)
- Los trabajos y las noches, (1965)
- Extracción de la piedra de locura, (1968)
- Nombres y figuras, (1969)
- Poseídos entre lilas, 1969 (obra de teatro)
- El infierno musical, (1971)
- La condesa sangrienta, (1971)
- Los pequeños cantos, (1971)
- Genio Poético, (1972)
Sobrevive también un único registro sonoro. El poema es Escrito con un nictógrafo, de Arturo Carrera.
La voz es de Alejandra.
