Esta semana decidimos nuestro destino
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut.
Faltan 4 días hábiles y 6 días corridos para el 22 de octubre y por fin llegamos a la primera oportunidad de definir nuestro destino de los próximos 4 años en nuestro país y escucho a todos los argentinos con una sola consigna: “votemos bien por favor!!”. Sin embargo, ¿qué significa “votar bien”? En la elección de agosto la sensación que lideró fue la “bronca” y ahora en octubre se transformó en otra, el “terror al día después”.
La Argentina está fuera de control, no solo por la estampida del dólar de los últimos días. Los escándalos políticos de las últimas semanas pusieron nuevamente a la corrupción del gobierno como otro de los temas que superan el umbral de tolerancia de los argentinos.
La brecha del dólar supera el 188% y hay que remontarse a 1989 para encontrar una situación similar y la hiperinflación ya asoma como inevitable con el plan “platita” de Massa. Mientras tanto Milei colabora con el estallido al hablar del peso como la moneda emitida por el político argentino que vale menos que un excremento, sabiendo que 46 millones de argentinos reciben sus ingresos en esa moneda. Llegamos al domingo con muchísimo miedo a lo que pase el día después y la sensación de que así no se puede vivir más en este país.
¿En este contexto que significa “votar bien”? La oferta electoral ya está definida y nos toca elegir aquella que nos parezca mejor posicionada para solucionar todos nuestros problemas. Sin embargo, lo más grave es que no estamos en la mejor condición psicológica ni anímica para elegir bien. Tenemos bronca contra lo que está y queremos que se vaya. Pero también tenemos un enorme desánimo y depresión, que nos hace pensar que “todos son más de lo mismo”. Todos nos prometen cosas que difícilmente cumplirán, pero, aun así, tenemos que elegir igual. Si algo faltaba, en las últimas semanas agregamos el terror a lo que se viene que, junto a la bronca y desánimo, hacen un combo mortal.
En agosto hubo 11 millones de argentinos que frente al desánimo eligieron no elegir. Prefirieron quedarse en su casa porque ningún candidato les gustaba, porque todos son más de lo mismo. Está claro que esta primera opción no es votar bien, aunque la ausencia implique una forma de expresión, no es otra cosa que rendirse frente a esta pesada realidad dejando que otros elijan por nosotros. No tengo dudas que esta es la peor opción de todas. La democracia como sistema nos ofrece poder cambiar nuestra realidad y elegimos no hacerlo. Es incomprensible por más bronca que tengamos.
La segunda opción no es menos mala. Me refiero a votar la continuidad de nuestras desgracias. Eso significa Massa, un vendedor de humo a quién nadie le compraría un auto usado. Su trayectoria nos demostró y nos demuestra lo peor de la política: mentiroso, ventajero, aprovechador del poder en beneficio propio sin ningún código ético o ciudadano. Un personaje muy peligroso vacío de ideales y profundamente inmoral. Dejarle el país por los próximos cuatro años es la rendición total frente a nuestros gravísimos problemas. Con él sabemos casi con certeza que todo continuará igual. El responsable de llevarnos hasta acá ahora quiere venir a cambiarlo y no hay fanatismo peronista que justifique convalidar que la argentina desgraciada de estos últimos años continúe un día más. Uno puede comprender el fanatismo, sin embargo, otra cosa es transformarse en un suicida.
En la otra esquina del ring está Milei. El triunfador de agosto con grandes posibilidades de ganar el domingo. Él supo canalizar la bronca de los argentinos como nadie. Su oferta se sintetiza en ruptura, discontinuidad, pero teñida de una peligrosísima irracionalidad y desequilibrio emocional. Sus palabras mágicas han sido dolarización y motosierra, como síntesis de una refundación basada en la destrucción. Nos ofrece transformarnos en leones, pero para comernos unos a otros en un país devastado.
No dudo que Milei es la oferta más idónea para alguien que tiene bronca, prometiendo lo que quiere un “enojado”. Simplemente romper con todo. Su personalidad psicopática nos ofrece furia para alguien que está furioso. Y aunque paradójico, Milei nos ofrece también un nuevo kirchnerismo ahora libertario. Nos ofrece una nueva idea mesiánica de un pueblo feliz, de un pueblo puro: el pueblo anti casta. Pero para esa refundación hay que dinamitar el estado. Un nuevo autoritarismo irracional y mágico basado en la libertad como nueva mentalidad. Así como el fascismo se apoyó en la idea de la patria, el franquismo en la fe, el nacionalsocialismo en la raza, el kirchnerismo en venimos por todo, ahora la idea mágica es la libertad.
Fuera de esas certezas todo el resto en Milei son preguntas sin respuesta: ¿Podrá fiscalizar la futura elección? ¿Cómo hará para gobernar? ¿Tiene equilibrio emocional?, Tiene, acaso, un plan? ¿Va a dolarizar? ¿Cuándo lo va a hacer?¿ Irá a fondo como promete o será un nuevo gradualismo fracasado? ¿Tendrá soporte político y social para los cambios? ¿Quiénes serán sus aliados políticos? ¿Está verdaderamente en contra de la casta o simplemente nos impondrá una nueva construida con lo peor de la vieja?
No puedo ocultar lo peligroso de votar a Milei. La sola idea de crear un nuevo sentido de pueblo sobre la base de una mágica felicidad que nos traería la libertad me asusta tanto o más de lo que vivimos hasta ahora. Y lo peor es que esa mágica libertad difícilmente se pueda concretar desde el punto de vista institucional. No existe ningún gobernador que pertenezca a su espacio o defienda sus ideas. Tampoco ningún intendente. Si tiene mucha suerte solo tendrá menos de 1/3 de las cámaras del Congreso. No tiene siquiera un equipo de gobierno que pueda hacerse cargo de las áreas más estratégicas. Será, si gana, el presidente más débil de la historia democrática argentina juntando tras de sí lo peor que nos puede pasar a todos los argentinos: nueva fragmentación de la sociedad, un amateurismo extremo (jamás tuvo experiencia de gobierno) y un divorcio absoluto entre la sociedad y la política. ¿Alguien piensa con cierta racionalidad o sentido común que nos puede ir bien? ¿O algo peor, esta opción es votar bien?
La oferta del domingo termina con Bullrich. El cambio es todo o no es nada con la promesa de un país ordenado. Lamentablemente sin quererlo Patricia quedó en el medio en términos de moderación, pero también quedó primera en sentido común. Frente a los extremos nos ofrece un país normal que se parece mucho a los países donde nosotros emigraríamos para escapar de esta insoportable Argentina. Nos habla de orden y no caos, nos habla de una educación igual a la que muchos de nosotros supimos tener, nos habla de un país donde la austeridad vuelva a ser un valor y donde la corrupción no tenga lugar y una economía razonable para que podamos trabajar y vivir todos los días con un equipo económico que se muestra como el más sólido de la oferta electoral.
Nada de lo que dice Bullrich es novedoso, pero tampoco destructivo ni irrespetuoso del que piensa distinto, solo nos ofrece normalidad de lo que alguna vez fuimos, que hoy se convierte en una verdadera posibilidad revolucionaria. Es lo que soñamos todos los argentinos que ocurra, aunque la propuesta sea la más aburrida de la oferta electoral.
Alguien hace mucho tiempo dijo que Bullrich tenía lo que había que tener y no tenía lo que no se debía tener. Lo que había que tener es coraje. Lo que no hay que tener son compromisos. Creo que esta idea es la mejor síntesis de la opción que representa. Veo en Bullrich la firmeza de un liderazgo razonablemente inquebrantable con manos limpias. No tiene compromisos ni económicos ni políticos que nos hagan sospechar de su personalidad austera, que nos recuerda a la famosa Canciller alemana Angela Merkel. Su propuesta se despliega en un espacio político denominado Juntos por el Cambio, que constituye una coalición de Partidos Políticos, que, más allá de sus diferencias, lograron mostrar una coalición política con capacidad de gobierno. Su propuesta sin ser brillante es razonable y fundamentalmente creíble de poder ser llevada a cabo. Nadie en ese espacio nos promete un paraíso, pero si un cambio con lo que está.
La propuesta de Patricia no brilla y hasta podría decir que tiene dificultades para contagiar, pero es la única con capacidad de ofrecernos una Argentina normal. Ya eso es muchísimo más de lo que tenemos y tal vez ahí esté la clave de la esperanza.
Para llegar a esta conclusión sigo como todos los argentinos apelando a mis emociones solo que intento apartar de ellas las más violentas porque como siempre, tarde o temprano, me arrepentiré de ellas. La ira, la bronca, solo satisface mi venganza, aunque sepa que al otro día voy a estar mucho peor pero desahogado. En cambio, solo quiero sentir el domingo una sensación de esperanza que me transmita el placer de tener fe que mañana puede ser mejor. Mi voto, que ahora confieso, carece de racionalidad, pero está guiado por el sentido común y nada más.
Patricia Bullrich, en mi opinión, es la única candidata que permitirá que nuestra bronca y nuestro hartazgo se convierta en una oportunidad, no para destruir sino para volver a creer en una Argentina que se parezca a lo que alguna vez fue, la que eligieron mis abuelos cuando vinieron sin nada en busca de un refugio y de bienestar y permitieron que al nacer en este suelo me sienta orgulloso de ser argentino.
Votar bien, como nunca, necesita de la buena decisión del otro, para que todos juntos podamos construir algo que valga la pena para nuestros hijos, amigos, padres o hermanos o para el retorno de nuestros afectos que tuvieron que huir en busca de un futuro mejor. Por todos ellos y en forma egoísta por nosotros mismos, no nos permitamos desperdiciar esta oportunidad.
