El regreso de la fisión geopolítica y algo más a Latinoamérica
En América Latina existe una curiosa situación que con el tiempo se convirtió en una paradoja interestatal: bajo grado de confrontación, alto grado de desconfianza.
En efecto, en los últimos 150 años los choques entre Estados han sido pocos, no más de media docena, pero, a pesar de ello, el grado de desconfianza geopolítica entre los actores ha sido y se mantiene elevado.
No obstante ese bajo nivel de guerras entre Estados, no hay que olvidar que hacia dentro de los Estados la conflictividad, según los casos, ha sido muy alta, por caso, en Colombia, país donde la violencia se ha extendido por décadas y fue variada, desde contrabando de piedras preciosas hasta guerrillas, pasando por bandolerismo y grandes y pequeños carteles de drogas.
Pero aquella paradoja señalada resulta notable, y como dijo un antropólogo español: «en América Latina las heridas en las fronteras parece que nunca cicatrizan».
Es verdad que tempranamente hubo interesantes proyectos de complementación regional, pero sucumbieron ante los enfoques geopolíticos nacional-soberanistas, algunos de ellos de fuerte raigambre centroeuropea, por citar un caso, los que sostuvo en Brasil Everardo Backheuser, profesor en el Instituto Geográfico Militar, un geógrafo y pedagogo muy preocupado por las fronteras de su país. Su propuesta consistía en centralizar el poder, trasladar la capital al interior y fortalecer las fronteras restaurando el viejo sistema de provincias.
Ese tipo de enfoques, que rozaban la concepción organicista germana de ”fronteras vivas”, afianzaron un patrón geopolítico de fisión regional, en detrimento de cualquier intento de complementación o fusión regional, los que, hay que decirlo, existieron tempranamente en América Latina.
Los gobiernos militares poco hicieron para erradicar esas concepciones; por el contrario, más allá de retóricas aisladas de complementación, surgió una casta geopolítica militar «preocupada y ocupada» en el interés nacional y la neutralización de influencias cercanas, situación que se pudo apreciar en la competencia (o más apropiadamente rivalidad) entre Brasil y Argentina hasta bastante entrado el siglo XX.
La rivalidad y la desconfianza entre gobiernos militares con afinidades ideológicas fungió favorable para los intereses del hegémono continental, pues ese contexto de fisión evitó que la región se volcara hacia un modelo de complementación que habría aumentado la «masa crítica» regional. En su momento, Henry Kissinger llegó a decir que si Estados Unidos proponía a la Argentina de los años noventa sumarse al entonces NAFTA, se desintegraba el Mercosur.
No se pueden soslayar los exitosos esfuerzos de los actores del marco andino, los que lograron pactar ya en los años sesenta, aunque los grandes actores, Argentina, Brasil, Venezuela y México, el llamado «cuadrilátero» latinoamericano, sostuvieron el modelo basado en el «interés nacional primero».
Finalmente, la llegada de la democracia fue acercando a Brasil y Argentina, desactivándose o reorientándose así hipótesis de conflicto que por décadas separaron las fronteras.
Los años discurrieron, los vínculos se estrecharon, aunque nunca el comercio intrarregional se hizo fuerte como para soldar las fronteras y desmontar suspicacias (actualmente, dicho comercio ronda entre el 14 y el 16 por ciento del total de las exportaciones de la región, cifra que contrasta fuertemente con el 60 por ciento del comercio intraeuropeo, el 50 por ciento en el marco del T-Mec entre Canadá, Estados Unidos y México, y cerca del 35 por ciento dentro de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, ASEAN).
Que la orientación comercial sea fuertemente externa tampoco ha significado que se produjo un salto de crecimiento económico como para considerar un modo de integración desarrollista, es decir, primero el crecimiento interno, luego la “integración”, pues, el bajo crecimiento económico de los países, en parte debido al muy lento crecimiento de las exportaciones, explica la baja expansión regional en 2025 y en 2026, según las proyecciones del informe 2025 de la CEPAL.
Es decir, lejos estuvo la región de la integración, aunque la complementación (término mucho más apropiado) a nivel «business» fue importante y se mantiene hasta el presente.
Ahora bien, si en el pasado la construcción de poder regional no fue posible por la predominancia de posturas geopolíticas rígidas que alejaron las posibilidades de complementación, aun cuando existía un patrón ideológico mayormente convergente, y luego con el retorno de la democracia las construcciones regionales fueron gradualmente perdiendo fuerza en los años siguientes, hoy la marcada división ideológica que existe entre los gobiernos de los países latinoamericanos parece recentrar la segmentación.
Pero esta realidad implica otra situación que más aleja cualquier eventual esfuerzo de volver a pensar la complementación regional.
En un reciente análisis, el LISA Institute advierte que América Latina atraviesa profundas reconfiguraciones geopolíticas debido a que la creciente afirmación de gobiernos de derecha, unido a un renovado alineamiento con los Estados Unidos, está desplazando, precisamente, las posibilidades de lograr construir poder y autonomía regional a través de lógicas de complementación.
Según dicho análisis, “las victorias de las derechas no responden solo a factores internos. Las campañas ganadoras emplearon estrategias de comunicación, polarización y gestión de crisis que recuerdan mucho a las utilizadas en la política estadounidense, lo que apunta a algo más que una simple coincidencia ideológica entre ambos lados del continente. Analistas internacionales bautizan este nuevo enfoque de Washington hacia la región como la ´Doctrina Donroe´, una consecuencia de la histórica Doctrina Monroe adaptada por la administración Trump. A diferencia del discurso clásico centrado en la promoción de la democracia, este modelo se basa en un pragmatismo estrictamente comercial y militar”.
En este contexto, los gobiernos latinoamericanos ideológicamente afines aceptan el enfoque estadounidense transaccional relativo con relacionar muchas de sus cuestiones internas con la oferta que implican el tráfico de drogas, los movimientos migratorios, el crimen organizado, entre los principales. Ello quiere decir que dichos gobiernos se comprometen a combatirlos siguiendo mayormente lineamientos de Washington. Como contrapartida, reciben no solo reconocimiento político, sino también financiación preferencial y menor escrutinio ante posibles derivas autoritarias en la región.
El alineamiento posibilitará “reparos” de Estados Unidos hacia los gobiernos de la región que mantienen fuertes lazos con los dos poderes extrarregionales rivales de los Estados Unidos, Rusia y especialmente China, la potencia que siguiendo un modelo de proyección basado en el avance geoeconómico y geopolítico, en ese orden, se ha afirmado en varios países de Latinoamérica.
En otros términos, los países de América Latina que mantengan proyectos con China relativos con asentamiento de compañías chinas en sus territorios, deberán romper tales contratos, algo que los dejará expuestos a represalias comerciales por parte de China.
Además, considerando la baja “perfomance” de la región en materia de nuevas tecnologías, algo que influyó para que la región sufriera un fuerte declive en materia de posicionamiento estratégico a escala mundial, la misma podría quedar dentro de la esfera de influencia tecnológica de Estados Unidos.
En suma, la región ha superado en términos muy relativos sus sensibilidades geopolíticas, pues las mismas no fueron desterradas por los esfuerzos de complementación regional. Ahora no solo mantenemos en buena medida esta situación, sino que a la fragmentación ideológica (llevada en algunos casos a una crisis inadmisible, como la que tiene lugar entre Argentina y Brasil) se suma el despliegue por parte de Washington de una política que no solo podría terminar por disolver lo que pueda quedar de voluntad de complementación regional, sino convertir a la región en un apéndice o vasallo de los designios geopolíticos y estratégicos estadounidenses.
