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 EL PAÍS QUE JUEGA EN EL DESCUENTO
Columnistas Sergio Mammarelli

EL PAÍS QUE JUEGA EN EL DESCUENTO

12 julio, 2026

Contra Egipto, la Selección repitió sin saberlo una coreografía que la Argentina ensaya hace un siglo: el desastre a punto de consumarse, y la salvación llegando siempre un minuto después de lo razonable.

Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

Dos goles abajo

Hay un instante, alrededor del minuto sesenta, en que un partido de fútbol deja de ser un partido de fútbol y se convierte en una radiografía. El pasado martes ese instante llegó temprano y con nombre propio: Yasser Ibrahim primero, Mostafa Ziko después, y la Argentina, campeona del mundo hace apenas tres años, mirando el marcador como quien mira una noticia que no termina de creer. Dos a cero contra Egipto. Messi, encima, erró un penal, como si el guión necesitara, antes de la epopeya, humillar un poco más al protagonista. En las tribunas de Atlanta, y en cada living de este país, se instaló esa sensación tan nuestra, tan entrenada, de que lo peor no solo es posible: es lo esperable.

Y sin embargo…

El folclore de la resurrección

Cuti Romero descontó. Messi, redimido de su propio error, empató. Y Enzo Fernández, en el minuto noventa y dos, no noventa, no noventa y uno, noventa y dos, porque este país no hace nada con margen, cabeceó el tres a dos que mandó a la Argentina a cuartos de final. Una remontada. La palabra suena deportiva, pero es, en el fondo, una palabra profundamente argentina.

No hay país en el mundo que haya convertido la resurrección en tradición nacional con la constancia con que lo hicimos nosotros. Default en 2001 y década siguiente reconstruida a los ponchazos. Hiperinflación en 1989 y una estabilidad relativa que nadie hubiera apostado un año antes. Crisis tras crisis, gobierno tras gobierno, siempre la misma coreografía: el abismo a la vista, la sensación de que esta vez sí, esta vez no hay vuelta, y después —inexplicablemente, sin plan, casi por terquedad colectiva— la vuelta.

No es optimismo lo que nos sostiene. El optimismo cree que las cosas van a salir bien. Nosotros no creemos eso. Lo que tenemos es algo más parecido a la fe del jugador que seis minutos antes erró un penal y aun así se para de nuevo frente al arco: no la certeza de que va a entrar, sino la certeza de que no hay otra cosa para hacer más que intentarlo otra vez.

La fe del que no tiene con qué

Hay algo casi obsceno en la comparación entre un equipo de fútbol y un país, y este editorial no va a pretender que resolvió esa tensión. Un plantel tiene una final, un rival, un árbitro, un resultado que se conoce en noventa y cuatro minutos. Un país tiene generaciones, y sus finales no siempre llegan a tiempo para los que las jugaron. Pero hay un parentesco que no es forzado: la misma sociedad que discute con violencia a quién le echa la culpa del dos a cero —el técnico, la defensa, el árbitro, el propio Messi por errar el penal— es la que, minutos después, sale a la calle a festejar como si nunca hubiera dudado. Somos, al mismo tiempo, el pueblo que más rápido pierde la fe y el que más rápido la recupera.

Lo que el partido contra Egipto puso otra vez en escena, sin proponérselo, es esa costumbre nacional de vivir al borde: de gobiernos que se sostienen por un hilo y no caen, de instituciones que crujen y no se rompen, de una economía que cada dos por tres declara su propia defunción y sigue, tercamente, funcionando mal, pero funcionando. No hay heroísmo particular en eso. Hay, más bien, una intimidad muy vieja con el desastre, que nos volvió expertos en una habilidad rarísima: la de no resignarnos justo cuando resignarse sería lo razonable.

Kansas City, sábado

El sábado, en el Arrowhead Stadium de Kansas City, la Argentina se mide con Suiza por un lugar en semifinales. La memoria, terca como siempre, insiste en recordar la última vez: Brasil 2014, octavos de final, un gol de Di María en el alargue que evitó los penales y evitó, también, que esa historia terminara antes de tiempo. Once años después, el cruce se repite, y con él esa mezcla particular de esperanza y vértigo que solo entienden del todo los que crecieron viendo a este equipo jugar como si cada partido fuera, simultáneamente, una fiesta y una amenaza.

Este editorial se escribe sin saber cómo termina. Se publica el domingo, después del partido, pero se redacta antes —deliberadamente antes—, porque hay semanas en que la única noticia política que importa de verdad es la espera. No hay decreto, ni sesión legislativa, ni escándalo de turno que le gane, esta semana, al hecho elemental de que once personas con la camiseta celeste y blanca van a jugarse algo que todo un país va a sentir como propio, gane quien gane, dure lo que dure.

El descuento como destino

Quizás no haga falta resolver la metáfora. Quizás alcance con dejarla ahí, abierta, como quedó el partido contra Egipto durante ochenta y nueve minutos: perdiendo, pero no vencidos. Este país tiene una relación extraña con el tiempo reglamentario. Nunca resuelve nada a tiempo. Todo lo importante —las elecciones que definen, las crisis que estallan, los goles que salvan— nos llega en el descuento, cuando el árbitro ya casi guardó el silbato y la tribuna ya empezó, resignada, a retirarse.

No sé si eso habla bien o mal de nosotros. Sé que el sábado, otra vez, vamos a estar ahí, en el borde del sofá, esperando que el reloj llegue tarde una vez más.

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