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¿El orden internacional antártico en curso de colisión?
Por Alberto Hutschenreuter
Doctor en Relaciones Internacionales. Ha sido profesor en la Escuela Superior de Guerra Aérea, en la UBA y en el Instituto del Servicio Exterior (ISEN). Su especialidad es la geopolítica. Su último libro, publicado por Editorial Almaluz en 2023, se titula «El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre».
La reciente noticia relativa con posibles actividades rusas en el Polo Sur que van más allá de lo que permite el Tratado Antártico o más ampliamente el Sistema del Tratado Antártico (STA), que comprende el conjunto de tratados que actualizan y refuerzan el pacto original, ha colocado al sexto continente en el núcleo de reflexiones sobre posibles impactos que pueda sufrir el orden internacional que rige allí.
Es interesante destacar que, en un entorno de falta de orden internacional y afianzamiento de un desorden internacional confrontativo, la configuración internacional antártica se muestra como una curiosa excepción, siendo difícil que tal orden vaya por ahora a sufrir impactos que provoquen su disrupción.
Sin embargo, una serie de hechos y «nuevas realidades» que vienen teniendo lugar en la Antártida merecen mucha atención, pues podrían crear situaciones de conflicto entre las partes, es decir, los Estados allí presentes y garantes del STA.
La principal amenaza no tiene lugar en la Antártida sino en la externalidad negativa que pueda tener en el continente polar el cuadro de discordia y de casi confrontación que existe a escala mundial entre los poderes preeminentes. Dicho cuadro se completa con la predominancia del interés nacional, el fortalecimiento de la autoayuda, es decir, de las capacidades, la casi desaparición de la cultura estratégica, y, como consecuencia de ello, el sensible retroceso del multilateralismo y los regímenes internacionales.
Es la primera vez que las relaciones internacionales, en tanto tienen lugar en un espacio mundial completo y con múltiples poderes que han ascendido, atraviesan una situación así. Ello explica que el índice de riesgos globales contenga tantas cuestiones, las que en un marco internacional ordenado también existirían, pero habría entonces un patrón de gestión y amortiguación.
El estado de desorden internacional confrontativo tiende a afirmar todas aquellas situaciones en el mundo en las que los poderes puedan lograr ganancias de poder y afectar los propósitos y hasta capacidades de otros.
Además, como bien sostienen Benjamín Sacks, Marigold Black y Peter Dormants, la guerra en Ucrania ha desmoronado el mito relativo con que las regiones polares son de alguna manera inmunes a las consecuencias de la geopolítica. La suspensión de la cooperación con Rusia por parte del Consejo del Ártico en marzo de 2022 fue la primera manifestación de ello.
La situación de desorden internacional y rivalidad interestatal explica en buena medida el despliegue por parte de China de políticas relativas con las necesidades que requiere su ascenso y jerarquía internacional, sobre todo en clave suave, pues se trata de un actor que conjuga poder con tiempo, paciencia, engaño y persistencia. Así, Pekín fue creando un sistema de “postas estratégicas” a través de la extensión costera surasiática, también en zonas de África, e impulsó una (nueva) configuración geopolítica terrestre entre Asia y Europa.
Ahora lo está haciendo en la Antártida a través de un creciente despliegue de actividades científicas y “postcientíficas”. Estás últimas son las que provocan inquietud, pues suponen esfuerzos que podrían alterar el orden internacional que rige allí, es decir, impactar en la misma fórmula sobre la que descansa el orden antártico: el no reconocimiento de soberanías y la prohibición de tareas de exploración de recursos, como así del establecimiento de capacidades estratégicas militares.
Por las actividades “a escondidas” que realiza en la Antártida, hoy China es señalada como el principal actor prodisruptivo del orden en ese territorio. En este sentido, según los autores citados, la evidencia sugiere que el Ejército Popular de Liberación está cooperando con científicos antárticos chinos, instalando “radares, dispositivos de seguimiento satelital, telemetría y estaciones de comando en las posesiones antárticas chinas”.
Desde esto último, el despliegue chino en la Antártida también podría considerarse una respuesta o contrabalanceo a la política de contención activa al gigante asiático que Occidente impulsa en la zona del Índico-Pacífico a través de la creación de alianzas y la negación de mercados regionales a la economía china.
De hecho, las actividades chinas de inteligencia en la Antártida desde su estación permanente de monitoreo Qinling (recientemente abierta en la costa del Mar de Ross), estarían dirigidas, entre otras, a interceptar las comunicaciones de Australia y Nueva Zelanda, dos de los actores más importantes dentro de aquella estrategia de contención que lleva adelante Occidente para contener la expansión de Pekín en la placa selectiva del Índico-Pacífico.
Vemos, entonces, que hay actividades que tienden a erosionar la fórmula del Tratado Antártico, pues, por cuestiones en parte ajenas al continente, desde el mismo continente se llevan adelante actividades reñidas con su normativa. Y aquí no solamente China esconde actividades: Rusia también despliega actividades relativas con el uso dual de la tecnología; asimismo, también podríamos considerar que sus posibles actividades escondidas en la Antártida implican una práctica de “reparación estratégica” frente a Occidente.
Además, ambos países han conseguido restringir las intenciones de los demás actores antárticos relativas con la protección, por razones de conservación y medioambientales, de la totalidad del Mar de Ross; de esta manera, se aseguran continuar con sus actividades pesqueras y posibles actividades exploratorias.
En breve, no se puede decir que el orden internacional antártico se encuentra ad portas de una disrupción, pero no hay que mirar el sexto continente en clave romántica, sino como un territorio con enormes recursos. Y sabemos que todo territorio con recursos estratégicos activa el instinto de interés y reclamo de los poderes preeminentes. Por ello, el conocimiento y la tecnología son los factores que posicionan a los actores en el Polo Sur.
La Antártida es el último territorio virgen del planeta, pero no es un territorio libre de conflictos. En paralelo a los (siete) reclamos de soberanía que se consideran en el Tratado, se han ido levantando realidades geopolíticas derivadas del enfoque de la Antártida como “nueva frontera estratégica”, según el concepto que utiliza China en sus documentos relativos con planes de acción para la Antártida.
Y no solo China la considera desde esos términos, pues otros, por caso, Reino Unido, sin llegar a utilizar esos términos, despliega por el mundo lo que denomina “diplomacia de defensa”, una forma suave de poder que implica alta responsabilidad y capacidades para proteger determinadas áreas, pero que encierra una lógica de posesión soberana sobre ellas.
Por ello, no se pueden ni se deben descartar escenarios de disrupción de dicho orden basados en reclamos de soberanías con base en el ejercicio, la promoción y el amparo de aquellos factores de poder.
