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 El necesario fin de una guerra innecesaria
Columnistas

El necesario fin de una guerra innecesaria

14 febrero, 2025

Por Alberto Hutschenreuter
Doctor en Relaciones Internacionales. Ha sido profesor en la Escuela Superior de Guerra Aérea, en la UBA y en el Instituto del Servicio Exterior (ISEN). Su especialidad es la geopolítica. Su último libro, publicado por Editorial Almaluz en 2023, se titula «El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre».

Todo parece indicar que 2025 será el «año estratégico» para la costosa guerra ruso-ucraniana, la que ya cursa su tercer largo y sangriento invierno.

Las esperanzas de Kiev en la confrontación están muy sujetas a una asistencia aumentada de capacidades y dinero por parte de Occidente, al punto que se especulaba con lanzar una gran ofensiva durante este año para hacer retroceder a las fuerzas rusas en el este y sur de Ucrania.

La intervención de soldados ucranianos en la región rusa de Kursk, en agosto de 2024, formaba parte de esa estrategia, pues la misma tuvo como propósito que Moscú desplazara fuerzas de Ucrania hacia esa región de la Federación Rusa, plan que fracasó al utilizar Rusia refuerzos de otras partes del país, a los que se habrían fumado efectivos norcoreanos.


La intervención en Kursk también habría tenido como objetivo lograr una posición de fuerza por parte de Kiev de cara a posibles conversaciones  con Moscú, es decir, mantenerse allí para, eventualmente, negociar territorios (hasta el momento Ucrania ha tenido éxito, pues Rusia no logró expulsar sus fuerzas de la región).


Pero la fatiga de la guerra hace que los dos contendientes busquen, al menos, una tregua. Sobre todo Ucrania: la infraestructura energética se encuentra devastada, tiene que sostener dos frentes, la crisis humanitaria es tremenda, los recursos de guerra disminuyen, aumenta la reluctancia de los aportantes y el tiempo no corre a su favor, pues la guerra no se halla en un punto muerto, sino que Rusia se ha hecho fuerte en las «Nuevas Regiones» incorporadas a la Federación, lentamente ha avanzado y su industria militar le asegura recursos para continuar la campaña.


En estos términos, el riesgo de desmoronamiento de Ucrania es mayor, de modo que tendrá que aceptar aquello que nunca habría de lograr: tratar de someter geopolíticamente a Rusia, es decir, desafiarla y doblegarla en sus áreas selectivas de seguridad. En otros términos: aquellas zonas que no están en Rusia pero que son de interés vital ruso, esto es, territorios por los que Rusia no vacilará en ir a la guerra si alguna decisión afectara el statu quo de las mismas, por caso, si Bielorrusia o Ucrania o Georgia  Armenia adoptaran una medida (digamos, ser parte de una liga o Alianza político-militar de la que no fuera parte el actor regional fuerte o hegémono) que quebrantara el principio de la seguridad indivisible regional.


Aquí radica en gran medida la clave de bóveda para comprender la guerra innecesaria entre los dos pueblos eslavos; pues la ampliación de la OTAN ad infinitum puso en riesgo aquel principio, cuyo colapso habría implicado que la Alianza incrementaría su seguridad en detrimento de la seguridad de Rusia.


Además, conforme al «genoma» geopolítico protohistórico ruso, siempre que se aproximen poderes externos a su frontera la reacción será una y otra vez la misma: la “contraofensiva defensiva”.


¿Hubo una acción deliberada por parte de Occidente, es decir, de Estados Unidos, para contener y vigilar a Rusia en sus mismas fronteras para así restringir los movimientos de guerra híbrida o liminal antioccidental por parte de Moscú? Más todavía, hubo una acción deliberada para llevar a Rusia a la trampa de la guerra para que allí se debilitara militar, económica y políticamente?


En clave de política de poder, es decir, de la política habitual entre Estados que rivalizan y buscan obtener ganancias de poder entre sí, es posible que haya sido así.


Sí efectivamente fue así, la guerra ruso-ucraniana pasará a la historia como un caso de error o fracaso en política internacional, pues no sólo no se alcanzaron los resultados buscados, sino que se produjo un sensible descenso de la seguridad regional, continental y mundial, un creciente armamentismo y un notable ascenso de las políticas basadas en la primacía del interés nacional.


En esta línea de razonamiento, sobre la Unión Europea recae buena parte de la responsabilidad, pues no pudo, no quiso o no supo ejercer su principal activo como potencia institucional: la diplomacia.


Tratándose de una amenaza de guerra en su territorio, la UE actuó como un diletante cuando tenía los instrumentos para evitar la intervención rusa el 24 de febrero de 2022. Pero optó por seguir el guion estratégico atlántico y no asumir una condición propia.


Los recientes diálogos entre Trump y Putin abren expectativas, al menos para detener la muerte y destrucción.


Las negociaciones serán complejas y seguramente Ucrania tendrá que afrontar con sacrificios su innecesario desafío de haber colocado a Ucrania en una vía política y de seguridad única, la de marchar hacia la OTAN cuando contaba con varias opciones propias de un actor que no siempre puede ejercer lo que el estadounidense Stephen Krasner denomina “soberanía westfaliana”, pues le ha tocado coexistir con un vecino poderoso, inseguro y reactivo. La diplomacia de deferencia entre Estados cuenta con la experiencia en la política internacional, pero Kiev decidió ignorarla.


Y la OTAN deberá poner punto final a continuar con los dividendos de la victoria en la guerra fría, pues, como advierte Carl von Clausewitz, hay que evitar rebasar los límites de la victoria.


Por último, es posible que el mundo no sea más seguro tras las negociaciones, pues las heridas y las desconfianzas entre los cuatro contendientes, Rusia, Ucrania, Estados Unidos y la UE, tardarán mucho tiempo en ser reparadas.

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