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 El modelo Milei: entre la motosierra y la fe ciega, sin plan y sin red de contención por ahora
Columnistas Sergio Mammarelli

El modelo Milei: entre la motosierra y la fe ciega, sin plan y sin red de contención por ahora

10 agosto, 2025

Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

Como suelo reconocer, mis conocimientos en economía son más que escasos. Sin embargo, ese déficit no impide que intente interiorizarme de lo que sucede a través de los que saben, sean mandriles o no.

Mi mayor preocupación es la conclusión a la que arriban los principales economistas del país:” la economía del ajuste sin plan”.

Mientras el Gobierno exhibe una baja inflacionaria como trofeo, economistas de distintas tribus –Dal Poggetto, Llach, Melconian y Arriazu– coinciden en algo: el equilibrio fiscal sin reservas ni crédito es un espejismo que se sostiene por fe, no por plan. Precisamente, frente a mi confesada ignorancia, me apoyaré en los que más saben para algunas conclusiones, ya no desde lo económico, sino desde lo político.

En la Argentina 2025, pareciera que hablar de plan económico suena casi anacrónico. Lo que hay es relato y nada más, condimentado con insultos presidenciales y alguna planilla de Excel pasada por Inteligencia Artificial. Pero lo más inquietante no es la forma, sino el fondo: no hay plan. Y esto ya no lo dice la «casta», ni los jubilados que comen una vez al día, ni los gobernadores en modo mendigo. Lo dicen los economistas más escuchados del país. Lo dicen desde distintos lugares ideológicos. No alcanza con el ajuste. No alcanza con el cepo. No alcanza con creer que el mercado viene solo si uno se arrodilla lo suficiente. La economía no se disciplina sola. El mercado no derrama si no se lo ordena. El ahorro no regresa si no hay futuro.

Melconian, el liberal desilusionado, sostiene que el dólar es «dibujado«. No hay tipo de cambio libre, hay ficción cambiaria sostenida con deuda. Y lo peor: no hay plan. «Hay show», dice, con la claridad de quien alguna vez ofreció uno. Y esa ficción, como toda ficción en la Argentina, estalla con ruido o se licúa en silencio. Está caro el país en dólares, advierte. Y encima, sin narrativa productiva. Solo narrativa.

Ricardo Arriazu, consultor que Milei escuchó alguna vez antes de cancelarlo, le pone números al problema: quedan USD 2.000 millones reales en el BCRA. El resto son swaps, encajes, o fantasías. Para evitar la devaluación, el Gobierno hará «lo que sea». Es decir, seguir achicando la demanda interna, matar el crédito, congelar la economía real. Todo por el maldito número.

Lucas Llach, el más polite de los analistas, reconoce una reactivación incipiente, pero pone el foco donde duele: sin crecimiento sostenido, sin plan plurianual, sin política pública continua, no hay futuro. Propone menos épica y más racionalidad, aunque sabe que la épica garpa más likes.

Y Marina Dal Poggetto, acaso la voz más aguda de este cuarteto, lo dice sin rodeos: sin reservas no hay milagro. La inflación baja, sí, pero con cepo, recesión y atraso cambiario. El equilibrio fiscal se logró, pero a costa de licuar jubilaciones, salarios y transferencias. Y el déficit externo sigue ahí, esperando que alguien lo financie. Pero… ¿quién financia a un país sin programa?

Dicho de otro modo, más simple. Pareciera que la Argentina de Milei es un anarcoliberalismo de emergencia, sostenido con parche, deuda y narrativa. El ajuste brutal no vino acompañado de una modernización del Estado ni de una reforma fiscal seria. La inversión no llega. El empleo no repunta. El crédito no aparece. La política no conduce, estorba. Pero más allá de la opinión técnica, lo que emerge es una sensación ética mucho peor. Se está jugando con la vida de millones como si fueran planillas.

Como en los ’90, hay fe ciega en el mercado, subordinación de la política, endeudamiento como soporte y crecimiento desigual como efecto colateral. La diferencia es que Menem tenía partido, territorio, sindicalismo domesticado y paz social. Milei tiene solo Twitter. Y ni siquiera es tendencia todos los días. Y nuestro verdadero dilema es definir si el legado será una repetición del Menemismo o una refundación institucional. Hasta ahora soy pesimista pero la esperanza es lo último que se pierde.

Todos advierten lo mismo desde lugares distintos: que el «modelo Milei», si es que existe como tal, no termina de cuajar en un plan económico coherente, que articule metas fiscales, monetarias y cambiarias con un horizonte de crecimiento inclusivo. En términos más simples, es lo mismo que decir que la motosierra no alcanza y que la licuadora tiene un límite, o que el mercado no obra milagros cuando las reservas son finitas, el crédito se esfuma y el tipo de cambio es una ficción contenida por pinzas.

Toda esta síntesis desde la economía tiene un verdadero correlato político. Y es que la política no aparece como conducción del proceso, sino como obstáculo, enemigo o demonio. Y pienso que es éste el verdadero problema.

Bajo esta óptica, entonces, las preguntas sobran: ¿cuánto puede durar un modelo que vive desmintiendo sus propias premisas? ¿Cuánto puede sostenerse un presidente sin plan, sin partido, sin Congreso, sin territorio y sin reservas?

Argentina puede haber inventado, como tantas veces, una nueva categoría de organización económica: el anarco liberalismo de emergencia con déficit de empatía. Pero su símbolo ya no es la motosierra, sino la brújula rota. Y esto es sumamente peligroso.

 ¿Hasta cuándo puede durar un modelo que genera crecimiento para pocos y desesperanza para muchos, sostenido por deuda y marketing?
La respuesta, por ahora, es simple. No hay plan económico, sino un conjunto de actos aislados. No hay rumbo, sino fe.

Lo que emerge de todo, es justamente la ausencia de política económica como ejercicio racional de gobierno, es decir, como construcción institucional, estratégica y deliberada para domesticar el funcionamiento de la economía al servicio del interés general y la estabilidad democrática. En rigor, lo que falta no es solo un plan económico: falta política económica. Esa que pone al mercado al servicio de la sociedad, no al revés. La que disciplina la economía con reglas, instituciones y prioridades públicas. La que construye estabilidad democrática, no euforia financiera. Porque gobernar no es ajustar: es ordenar con sentido, articular con legitimidad y proyectar con mirada de país. Y nada de eso se ve hoy.

Del rebote al abismo o al desarrollo: el tercer año, el verdadero examen.

El tercer año de gobierno es, según Carlos Melconian, “el verdadero año de la verdad”. Ya no hay margen para culpar a la herencia, ni para adornar la crisis con épica libertaria. Y todos los economistas analizados coinciden en estas variables duras:

  • Reservas en rojo, con un tipo de cambio pisado y un mercado lleno de cepos camuflados.
  • Déficit cero en pesos, sí, pero financiado con deuda creciente, y sin inversión pública ni privada que lo respalde.
  • La brecha social se ensancha entre sectores exportadores ganadores (agro, energía, minería) y los perdedores crónicos (industria, turismo local, construcción), donde el desempleo juvenil hace pie como una nueva normalidad.

La conclusión: ¿Esto es sostenibilidad o apenas un año sabático de la catástrofe? Ojalá me equivoque, pero como todo argentino, ya estoy cansado de vivir de apuestas y promesas.

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