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El mito del salvador externo: Estados Unidos, la épica doméstica y la Argentina real
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
Hay un hilo invisible que recorre la historia argentina: la convicción de que siempre hay un protagonista externo, poderoso, civilizado, que tarde o temprano vendrá a rescatarnos del pantano en el que solemos sumergirnos cada diez años. Cambian los nombres, cambian los presidentes, cambian las banderas; pero la expectativa de salvación permanece. A veces es Europa, otras veces China, de vez en cuando el FMI, y cada tanto, los Estados Unidos. Todo ese desfile diplomático convive con una certeza que nosotros mismos preferimos disimular: ninguna potencia internacional nos ha rescatado nunca de nada. Y no porque no quieran o porque nos desprecien, sino porque las naciones no hacen altruismo; hacen intereses.
Pero la política, sobre todo la argentina, es una maquinaria experta en transformar relaciones normales en epopeyas, y necesidades geopolíticas en gestas históricas. El alineamiento con Estados Unidos, que en términos prácticos es simplemente una relación comercial estable, razonable y acotada, se convierte en un símbolo. No de política exterior, sino de fe. De fe en que la solución está afuera. De fe en que, si nos ponemos “del lado correcto”, los países exitosos nos contagiarán la prosperidad por ósmosis. Andamos por la vida creyendo que la cercanía con la potencia de turno nos convertirá en potencia a nosotros, como si los sistemas productivos fueran contagiosos o los desarrollos tecnológicos se transmitieran por roce diplomático.
La política doméstica encontró en esta ilusión una nueva bandera. Una narrativa donde Estados Unidos deja de ser un socio más del podio comercial, después de Brasil, compitiendo con China y la Unión Europea, para convertirse en la llave del futuro. Y, sin embargo, cuando uno mira los números, la épica se disuelve como un globo pinchado.
Pero antes de ir a los datos, vale preguntarse por qué necesitamos tanto estas épicas. Porque en el fondo, como sociedad, nos resistimos a aceptar que nadie nos va a salvar excepto nosotros mismos. Y que para eso se necesitan ideas, desarrollo, estabilidad, instituciones fuertes y un proyecto que sobreviva a los humores presidenciales. Pedirle a un país extranjero que lo haga por nosotros es tanto una ingenuidad como un síntoma.
La ilusión de la potencia mundial
La frase circula con entusiasmo: “Si nos alineamos con Estados Unidos, Argentina puede ser una potencia en 20 años”. Potencia mundial. En 20 años. Y uno no sabe si reírse o preocuparse. No porque Estados Unidos no sea una potencia, sino porque para nosotros creer que la proximidad diplomática con el poder hegemónico nos convierte automáticamente en jugadores globales es como pensar que por sacarse una foto en la cancha de Boca uno pasa a jugar de 9 en la Selección.
El problema no es aspirar a grandes cosas; el problema es basar esas aspiraciones en fantasías. Potencia mundial no es un título honorífico que alguien te otorga por simpatía ideológica. Es una estructura completa: militar, tecnológica, científica, educativa, financiera, cultural. Es la capacidad de producir valor agregado alto, de innovar, de sostener cadenas de valor globales, de tener universidades competitivas, patentes propias, mercados desarrollados, industria, litio procesado aquí y no enviado en bruto para que otro lo convierta en baterías.
Nada de eso se logra por contagio diplomático. No existe el “efecto Marshall simbiótico”. No hay tal cosa como el “desarrollo por proximidad”. A nadie le funciona. Ni a México, ni a Colombia, ni a Egipto, ni a Turquía, ni a Arabia Saudita, ni a Filipinas. Todos ellos están mucho más cerca de Estados Unidos, geográfica, militar y comercialmente, que la Argentina. ¿Son potencias mundiales? No. Son países estratégicos, aliados, relevantes, incluso influyentes; pero no potencias.
Argentina no necesita alinearse para ser potencia: necesita ser potencia para que el alineamiento tenga algún sentido. Pero invertimos la ecuación: creemos que alineándonos mágicamente nos convertiremos en lo que no somos.
El alineamiento no te transforma: te ordena dentro del mapa de influencias. Punto. Y dentro de ese mapa, Argentina no es un jugador central. Es un país mediano, con recursos naturales extraordinarios, pero con instituciones frágiles y una economía pendular. Antes de pensar en las grandes ligas, deberíamos preguntarnos si tenemos siquiera una liga estable en casa.
Historia reciente de nuestras dependencias
Argentina ha probado todas las fórmulas externas imaginables. Las hemos ensayado todas. Todas. Sin excepción.
Los europeos fueron durante un siglo nuestro modelo civilizatorio: educación, ferrocarriles, inmigración, códigos jurídicos, partidos políticos, sistemas culturales. Después vino la fascinación por Estados Unidos y su idea de modernización capitalista. Más tarde, la ilusión soviética y china en ciertos sectores políticos. Y cuando la economía crujía, recurrimos a la línea directa del FMI, como quien llama al 911. Cada ciclo económico argentino tiene un tutor externo distinto, pero el final es siempre parecido: seguimos en el mismo punto.
¿Por qué? Porque siempre confundimos influencia con desarrollo.
Las potencias no te desarrollan: te ubican. Te ordenan. Te asignan un rol. Ese rol puede ser más ventajoso o más miserable según tu capacidad propia. Pero la decisión de fondo, qué país querés ser, siempre recae en vos. Y ahí es donde Argentina falla una y otra vez.
La Radiografía del intercambio con Estados Unidos
Aquí conviene ir a los números, porque son un baño de realidad frente al exceso de retórica. Los datos centrales son sencillos: El comercio bilateral total (bienes + servicios) con Estados Unidos ronda los USD 26.000 millones anuales. Es mucho, pero está lejos de los grandes socios comerciales estadounidenses. Argentina le vende a EEUU unos USD 6.200–6.500 millones al año. Eso representa 7–9 % de nuestras exportaciones. Cuando miramos el ranking argentino, Estados Unidos está entre el segundo y tercer destino, según el año, compitiendo con Chile, China y la UE. La medalla de oro sigue siendo Brasil.
La serie histórica muestra que esto no cambió demasiado en 15 años. Pasamos de exportarle 5 % a exportarle 7–9 %. Un crecimiento razonable, no una revolución.
Importamos más de lo que exportamos: insumos industriales, tecnología, equipos, combustibles refinados, maquinaria. Esto genera un déficit comercial persistente con los estadounidenses. Les vendemos primarios, les compramos valor agregado alto. La conclusión es obvia: la relación es importante, pero no es estructuralmente transformadora. No está mal, pero está lejos de la épica.
Pero alinearse no es firmar una declaración de amistad. Alinearse significa: aceptar que la potencia hegemónica tiene intereses y que vos decidís estar cerca de esos intereses; acompañar ciertas posiciones estratégicas; articular tu economía en esquemas afines a la potencia; recibir ciertos beneficios a cambio y aceptar ciertas limitaciones.
Pero alinearse no significa en modo alguno: que la potencia va a desarrollar tu industria; que te va a abrir mercados sin condiciones; que va a financiar tu bienestar; que va a convertirte en potencia por simpatía política; que va a compartir su tecnología sensiblemente; que va a modificar su política comercial pensando en vos.
Las potencias buscan aliados que fortalezcan su posición, no que compitan con ellas. Creer que una potencia mundial va a construir otra potencia mundial por amistad es desconocer cómo funciona la geopolítica desde hace 300 años.
Argentina puede estar más cerca de Estados Unidos si le conviene. No está mal. Es parte del juego internacional. Pero vender ese acercamiento como un salto civilizatorio es un abuso intelectual. Es marketing. Y cuando el marketing se despega de la realidad económica, termina convirtiéndose en política ficción.
Mientras la política se entusiasma con el fulgor diplomático, la economía real de los argentinos transita otro carril. La brecha entre la épica externa y la vida doméstica es demasiado grande como para que pase inadvertida. Los salarios reales retroceden hace años. La clase media se achica como un paño mojado. Los jubilados sobreviven como pueden. El consumo se volvió un lujo. Las pymes viven en “modo resistencia”. La inflación baja, pero no baja la angustia. La macro muestra orden, pero la heladera de la gente no siempre coincide con el Excel del ministro.
Y en ese clima, el relato del alineamiento internacional aparece como un consuelo: algo grande está por venir, algo mejor nos espera, la salvación está en camino. Pero la economía cotidiana no se construye con épica. Se construye con trabajo, inversión, productividad, estabilidad institucional y políticas concretas. Ninguna potencia extranjera puede reemplazar eso.
La ilusión del alineamiento funciona como un placebo emocional: nos permite creer que estamos en la antesala del desarrollo, mientras la realidad nos recuerda silenciosamente que todavía no resolvimos ninguna de las causas estructurales de nuestro estancamiento.
Argentina no necesita un salvador externo. Necesita un proyecto interno. No necesita mimetizarse con una potencia. Necesita entenderse a sí misma. No necesita discursos grandilocuentes; necesita planificación. No necesita épica; necesita política pública. El problema no es estar cerca de Estados Unidos. El problema es creer que eso basta. Ningún país se convierte en potencia por contagio. Y ninguno se hunde por no alinearse automáticamente.
La pregunta profunda para la Argentina no es con quién nos alineamos, sino quién queremos ser. Y mientras no tengamos esa respuesta, seguiremos saltando de tutor en tutor, de ilusión en ilusión, de potencia imaginaria en potencia salvadora. Alinearse con Estados Unidos no es malo. Lo malo es creer que con eso alcanza. Porque si algo nos enseñó nuestra historia, es que el verdadero desarrollo no viene de afuera. Viene de adentro. Y llega cuando la política deja de vender humo y empieza, por una vez, a tomarse en serio el país que tenemos y el país que podríamos construir.
