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 El imperio Romano del siglo XXI y la rebelión de las máquinas
Columnistas

El imperio Romano del siglo XXI y la rebelión de las máquinas

10 noviembre, 2024

Adán Costa.
Abogado. Profesor universitario de Historia, Políticas Públicas y Filosofía (UCU-UNR). Trabaja en el Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales y es presidente de la Comisión de Derecho Indígena Latinoamericano e Interjuridicidad del Colegio de Abogados de Santa Fe.

Las corporaciones tecnológicas compiten con la camiseta de uno u otro país como si se tratara de un partido de fútbol que dura noventa minutos. Pero, ante la humanidad, ocupan el mismo lado. “Apple”, “Microsoft”, “Meta”, “Tesla” o “Amazon” se han apoderado de los casi ocho mil millones de mortales que navegamos por todo el mundo en apenas dos o tres decenios en su frenética disputa con las tecnológicas chinas como “Baidu” “Xiaomi” o “Huawei”, las indias como “Zoho” y las coreanas como “Samsung”.

La despapelización de los primeros años del siglo XXI fue un aparentemente inocuo, incluso ecológico y benéfico instrumento desde la cual se expandió la idea de lo digital para facilitar las cosas. El caballo de Troya que ideó Homero en la Ilíada hace tres mil años también era un regalo simpático. En apenas tres décadas, las tres primeras del siglo XXI, las tecnológicas lograron lo que Roma obtuvo en dieciséis siglos. Bien por ellas. ¿Bien para la humanidad?

La idea de Roma se extendió durante bastante más que los dieciséis siglos que duró su imperio. Una vez que llegó hasta Bizancio en el año 1453 el imperio turco otomano le clavó su frontera y le dijo “llegaste hasta acá”. Roma se derrumbó políticamente, sin embargo, perturbadoramente, siguió viviendo culturalmente. Su “civilización” siguió extendiéndose a los pueblos, a los que primero antes les había llamado bárbaros. Qué chiste del presente que Recep Tayyip Erdogan hace más de diez años que es presidente democrático de Turquía, y luce con ganas de quedarse hasta cuando quiera.

Los “ceos” de las tecnológicas y algunos líderes políticos se espejan en Roma. Aunque Roma fue un estado que consolidó un imperio sobre la base de sus generales, centuriones, alaes y legiones, a los “ceos” no le interesan ni creen en el valor de los estados. La guerra en Ucrania depende de 4.500 satélites desplegados por Elon Musk, quien, a su vez, con su red social “X” facilita todo tipos de informaciones falsas, supuestas conspiraciones, difamaciones, influyendo algorítmicamente en los resultados electorales. Musk perdió muchísima plata transformando “Twitter” en “X”, pero eso lo hizo en uno de los hombres más influyentes del mundo. Sin embargo, no deja ser un hombre solo, que presenta a la novia-robot del futuro. Y tiene una hija transexual, a la cual se refiere cándidamente diciendo “tengo un hijo muerto”. Detrás de su pensamiento, si uno rasca un poco la olla no nos equivocaremos si encontramos resentimiento e ira. Lastimosamente, la democracia popular, muy malherida, se encuentra en plena transición hacia una democracia de los algoritmos, por la cual, por su carácter predictivo, arroja un resultado antes que se abran las urnas.

Uno de los más importantes “ceos” de fondos vinculados a las tecnológicas es el alemán Peter Thiel. Se mudó al “Sillicon Valley” para radicar sus ideas. El “valle del silicio” es esa comarca de la Alta California, próxima a la gran San Francisco, antigua tierra de los indígenas “olhone”, surcada entre las ciudades entre San José, Palo Alto y Stanford. Es el lugar entre otras desde donde se apalancó la red social Facebook, en una prehistoria a lo que hoy conocemos como sociedad digital. Nació apenas hace veinte años, cuando fue lanzado como una red de estudiantes que compartían fotos de otros compañeros, aún sin su autorización, el 4 de febrero de 2004 por Mark Zuckerberg, Eduardo Saverin, Dustin Moskovitz, Andrew McCollum y Chris Hughes, durante sus años en la Universidad de Harvard. Hoy Facebook es Meta una corporación de tamaño descomunal en proporción a sus dividendos.

Thiel se dice de sí mismo y de otros como él, que los milbillonarios tecnológicos son especiales y no deben regirse por las leyes que nos rigen a todos. Postula que los males de occidente se iniciaron con la revolución francesa, es decir una idea de vivir en una sociedad con justicia y que la conducción de la humanidad tienen que ejercerla ese tipo de personas. Thiel siempre ha presumido de sus dotes de videncia. Primero, invirtiendo en los negocios: “PayPal”, “Facebook”, “Palantir”, “Airbnb”, “Spotify”. Ahora, al igual que Elon Musk, en la política. Se lo considera uno de los mentores del pensamiento de Trump. Es un individualista a ultranza, un ultraliberal, enemigo de cualquier control del gobierno. Repasemos sintéticamente como piensa. Escribió en 2009: “…Sigo comprometido con la fe de mis años de juventud: con la absoluta libertad humana como condición previa para el mayor bien. Estoy en contra de los impuestos, de los totalitarismos y de que la muerte sea inevitable para todo el mundo. Me sigo calificando como libertario. Pero debo confesar que he cambiado sobre cómo alcanzar mis objetivos. Lo más importante es que ya no creo que libertad y democracia sean compatibles…”

Pocos apostaban por Donald Trump antes de la campaña que terminó ganando esta semana, quien había perdido su posibilidad de reelección hace cinco años. Thiel donó millones de dólares a su campaña, aun no siendo el favorito. En un reciente artículo de opinión el periodista español Carlos Sánchez publicó en el diario “ABC”: “…los libertarios como Thiel quieren escapar a cualquier imposición, por eso buscan territorios utópicos en los que refugiarse. Es decir, territorios donde el Estado no exista o no pueda alcanzarlos”. “Como no queda ningún lugar libre en nuestro mundo, he centrado mis esfuerzos en tecnologías que puedan crear un nuevo ámbito de libertad: Internet, la colonización del espacio exterior y la ocupación de los océanos”. Es éste el mito, es en lo que creen las tecnológicas, y evidentemente están dispuestos a avanzar. Creen en la gobernanza global de sus empresas de los destinos humanos.

Como muestra de la pequeñez de los estados nacionales tenemos al fondo de inversión “Blackrock” donde su tamaño económico es sólo superado por el PBI de los Estados Unidos y China. Hoy las tecnológicas son quienes más concentran la economía del mundo. ¿Para qué más? ¿A que le temen? ¿Buscan la supremacía cultural como los romanos después del año 1453? Ahora, si Thiel y Musk no creen en el estado, y siendo Trump, como ellos un empresario: ¿Por qué invierten y despliegan tecnología digital para conducir el estado de los Estados Unidos? La idea de que “vino un topo a destruir el estado desde adentro” comienza a verse con más sentido, aunque se trate de la Argentina.

En 2024 el filósofo coreano Byung Chul Han piensa que “las cosas se han muerto”, con la misma densidad filosófica que Nietzsche dijo en 1882, en la Gaya Ciencia, que “dios ha muerto”. Quizá, sin contradecir al filósofo de Seúl, incluso homenajeando su sentido, debamos pensar en reponer más una economía de las cosas, y menos una economía de plataformas. No en el sentido de un pasado analógico perdido, sino en el sentido de las cosmovisiones originarias, que hablan del pasado como futuro y como memoria viva. En Argentina, el historiador Roberto Azzareto recupera un texto de Emilio Hardoy, que de 1986, quien en modo orwelliano, predecía la sociedad digital asociándola a la idea del “desquite de las elites”. ¿Qué es lo que no nos perdonan?

El filósofo Zygmunt Bauman alcanzó a advertir antes de morir en 2017 que el concepto de obsolescencia programada que se aplica a la industria tecnológica vale, también a las relaciones humanas. El “amor líquido”, la “sociedad líquida” y el “sexting” dan sobrada cuenta de ello. La pandemia del covid 2019-2022, que confinó el bullicioso y multicultural espacio de lo público a los hogares repletos de silenciosas soledades individuales, consolidó su supremacía absoluta y aumentó el carácter de dependencia de la sociedad a las tecnologías digitales. Si necesito comprar algo, no voy y camino en busca de ello, lo pido y me lo traen en “Rappi” o “Pedidosya”. Y se transforma, al mismo tiempo, el carácter del comprador y también el del trabajador, que dejó de sentirse un trabajador.

La inteligencia artificial es el producido más elaborado de la sociedad digital y hoy se presenta, aún en los pañales como está, una ameba, como el paso superador de la propia humanidad. El historiador Yuval Harari se pregunta bien: ¿Qué pasará cuando llegue a T-Rex? Ya sabemos que un algoritmo se independizó de la mano del hombre y se auto-creó. El filme “Maximum Overdrive”, también conocido como “La rebelión de las máquinas” es una película estadounidense de 1986 escrita y dirigida por Stephen King. El cine, en tanto arte, siempre anticipa a la ciencia. Y esa anticipación no es, mirando el diario del lunes, nada distópica.

Las tecnológicas son cada vez más ricas, y el ser humano cada vez está más solo, con una sociabildad emulada. Aunque estas líneas fueron escritas en un procesador de texto bajo los parámetros del imperio romano del siglo XXI, no nos olvidamos que cuando Neanderthal bajó de los árboles y se hizo Sapiens entendió que solo no iba a poder sobrevivir. Y encontró el fuego y el fuego permitió el abrigo y el alimento. Y aprendió la noción de comunidad. Una sociedad que no ha podido resolver sus orígenes no puede siquiera presumir de su futuro. De ser así, no seremos sociedad, ni mucho menos comunidad, más bien apenas una aplicación más de las tecnológicas.

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