El avance de la inteligencia artificial y la “delegación cognitiva”
DEL “NIDO DE RATAS” AL CONGRESO HEGEMÓNICO
O cómo la ausencia de alternativa puede convertirse en el mayor riesgo del poder.
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
Si me hubieran pedido diseñar el mensaje presidencial ante la Asamblea Legislativa del 1 de marzo, no habría dudado: el título debía ser el mismo que hoy resume la narrativa oficial. De un “nido de ratas” a “el Congreso más reformista de la historia”. Aunque el contraste es brutal no dudo que
políticamente es muy eficaz.
Lo que en diciembre de 2023 era una anomalía institucional —un presidente con minoría parlamentaria, sin gobernadores propios y con una estructura territorial inexistente— se transformó en diciembre de 2025 en una maquinaria legislativa aceitada. No por milagro ideológico ni tampoco por una súbita conversión doctrinaria del sistema político. Sino por el más viejo de los
métodos: negociación de voluntades, redistribución de poder, acuerdos pragmáticos, el siempre vigente “toma y daca”. Nada nuevo bajo el sol. Lo
novedoso es la velocidad y la profundidad del giro.
Sin embargo, cuando la política se consolida, la economía comienza a temblar. Y cuando el poder se ordena, la incertidumbre muta de lugar. Por eso, la pregunta ya no es si el Gobierno puede gobernar. La pregunta es si el modelo puede sostenerse. Y allí es donde conviene dejar de mirar la coyuntura
y acudir a la teoría.
“La Moral de la Tobillera: Congreso en modo ring y la República como hashtag”
Milei no fue al Congreso a “informar el estado de la Nación”. Fue a
certificar el estado del conflicto. La Asamblea Legislativa, esa liturgia republicana donde antes se disfrazaba la pelea con palabras largas, esa anoche se sinceró: el Presidente agarró el atril como si fuera micrófono de stand up y convirtió la institucionalidad en un vivo perpetuo. Un vivo con guion, sí, pero con la estética de la improvisación: interrupciones, apodos, gritos, y esa
pulsión adolescente de mirar a la tribuna para comprobar si el insulto pegó.
El título del discurso fue una confesión involuntaria: “La moral como política de Estado”. Pero su traducción operativa dice otra cosa: si estás en contra, no estás equivocado; sos inmoral. Y si sos inmoral, no merecés debate: merecés escarnio. De este modo la economía deja de ser economía (costos, ganadores, perdedores, tiempos), y pasa a ser catecismo. El ajuste no es ajuste sino es virtud y la oposición no es oposición: es pecado organizado.
En ese catecismo, el Kirchnerismo sigue siendo el demonio oficial —un demonio cómodo, de utilería probada—, con la novedad de que ahora el Presidente no sólo lo exorciza: lo humilla. “Me encanta domarlos”, dijo, como si gobernar fuera un deporte de contacto y la democracia una jaula con reglas elásticas. Sin embargo, el giro más interesante no estuvo en el repertorio anti-K, sino en el mapa ampliado del enemigo: empresarios “corruptos” que se quejan de la apertura, medios que “operan”, y “prejuicios ambientalistas” a los que habría que pasarles la motosierra para que la inversión llegue contenta. Ahí aparece la Argentina que Milei proyecta: lo dice con épica: “menos industria, más recursos naturales, más servicios, y un Estado reducido a garante del orden y del contrato, la malaria ha terminado”.
En definitiva, la pregunta no es si Milei fue “violento” (lo fue) ni si “tuvo pocos anuncios” (también). La pregunta política de fondo es otra: ¿para qué sirve este show? Sirve para consolidar una identidad: nosotros (los virtuosos) contra ellos (los saqueadores). Sirve para blindar el rumbo: cualquier costo social pasa a ser “sacrificio necesario” y cualquier crítica, “operación”. Sirve, sobre todo, para algo que ya se huele en el aire: abrir la campaña permanente bajo un formato nuevo. Milei no fue a inaugurar sesiones: fue a inaugurar un
método. Un método donde la moral reemplaza al argumento, el insulto
reemplaza al dato y la tribuna reemplaza al Parlamento.
La hegemonía y sus riesgos: de Sartori a Dahl
La ciencia política no es un conjunto de frases ingeniosas. Es una disciplina que ha estudiado durante décadas los sistemas de partidos y sus
efectos sobre la estabilidad democrática.
Giovanni Sartori advertía que los sistemas con partido predominante
generan, en el corto plazo, estabilidad; pero en el largo, tienden a erosionar los mecanismos de alternancia. Robert Dahl, al hablar de “poliarquía”, insistía en que la esencia de la democracia no es sólo la competencia electoral, sino la
existencia real de opciones viables de reemplazo.
Dicho en lenguaje común: la alternancia no es un capricho ideológico,
es un mecanismo de contención del poder.
Cuando una fuerza política logra imponer su agenda con escasa
resistencia estructural, el sistema pierde tensión. Y la tensión —en democracia—
no es sinónimo de conflicto destructivo. Es sinónimo de equilibrio dinámico.
El presidencialismo argentino, históricamente inclinado a la
concentración, encuentra ahora un Congreso alineado con la agenda reformista.
La paradoja es evidente: mientras más gobernabilidad, menos contrapeso.
¿Es esto necesariamente malo? No. ¿Es necesariamente saludable? Tampoco.
La historia argentina demuestra que los ciclos de hegemonía política suelen incubar su propia fragilidad. No porque el poder sea ilegítimo, sino
porque la ausencia de alternativa visible reduce los incentivos a la prudencia.
El “plan B” como variable institucional
Los sistemas bipartidistas clásicos —Estados Unidos, Reino Unido, incluso España en su etapa previa a la fragmentación— ofrecían algo esencial: certeza de reemplazo. Saber que frente al fracaso de un programa existe otro preparado para asumir, genera previsibilidad institucional. Esa previsibilidad reduce el riesgo sistémico.
Cuando el ciudadano percibe que sólo hay una dirección posible, el voto pierde capacidad disciplinadora. El premio y el castigo son la esencia del
contrato democrático.
Si no hay alternativa competitiva, el oficialismo no compite: administra hegemonía . Y administrar hegemonía exige una virtud escasa en la política
argentina: autocontención.
Montesquieu no diseñó la división de poderes para embellecer manuales constitucionales. Lo hizo porque sabía que el poder, cuando no encuentra
límites externos, termina generando sus propios excesos.
En ese sentido, la consolidación política que hoy celebra el oficialismo
puede convertirse en su principal riesgo estratégico.
Milei y la estanflación: la épica moral frente a la aritmética cruel
La palabra maldita —estanflación— combina lo que ningún gobierno
quiere administrar al mismo tiempo: recesión + inflación alta. Es el peor de los mundos porque el remedio para una suele empeorar la otra. En ese ring subió Javier Milei en la Asamblea Legislativa con una narrativa de “moral como política de Estado” y un programa de shock que promete orden fiscal hoy
para prosperidad mañana.
Qué es la estanflación (y por qué duele tanto)? Lo primero que significa, es actividad en caída con consumo deprimido, inversión cautelosa, empleo en tensión.La segunda característica, son precios persistentes con inercia
inflacionaria, recomposición de tarifas, pass-through cambiario. El resultado del combo son expectativas frágiles. Argentina ya conoció esta combinación en los
’70 y la arrastró, con matices, en distintos episodios posteriores.
El discurso: moralizar el ajuste
En su mensaje, Milei encuadró el programa como una cruzada ética:
equilibrio fiscal y restricción monetaria como virtudes cardinales. Todo el resto, es “pecado” (casta, privilegios, “operaciones”). La jugada retórica es potente: si el ajuste es moral, el costo social es sacrificio redentor.
Sin embargo, el problema de la estanflación es que no se derrota con épica. Se derrota con coordinación fina entre ancla fiscal, ancla monetaria y manejo de expectativas. La moral puede entusiasmar, pero la economía exige timing.
Sobre esa base, hubo coincidencias y tensiones entre discurso y
realidad. El discurso se dirigió al ancla fiscal, una señal monetaria dura y un duro reordenamiento de precios relativos. En cambio, la realidad mostró sus tensiones con recesión profunda, con una inflación que puede desacelerar, pero que el salario real tarda en recomponerse.
En el relato, “la malaria terminó” pero la restricción es que la
estanflación no termina por decreto, sino que termina cuando la inflación baja y la actividad vuelve a crecer de manera sostenible.
“Comerse la curva”: el síndrome del éxito
En economía política existe un fenómeno recurrente. Cuando un gobierno logra estabilizar variables macroeconómicas y consolidar poder
parlamentario, tiende a sobreestimar la robustez del modelo. En este sentido, el superávit fiscal, la disciplina monetaria y el orden normativo del Gobierno,
generan una sensación de invulnerabilidad.
Sin embargo, la microeconomía —la vida real— opera con otras reglas. Las pequeñas y medianas empresas cierran. El consumo interno se retrae. El
crédito es escaso. La informalidad no cede.
El modelo puede ser coherente en términos teóricos pero si el ajuste estructural no logra traducirse en crecimiento palpable, el respaldo político
puede evaporarse con la misma rapidez con la que se consolidó.
Historia argentina: el espejo incómodo
Cada vez que Argentina concentró poder político con amplio respaldo legislativo, el desenlace fue ambiguo. Hubo reformas profundas, pero también hubo ciclos de sobre confianza. Recordemos que la convertibilidad comenzó como un programa técnico exitoso y terminó como un corsé inflexible. La hegemonía kirchnerista consolidó mayorías parlamentarias y derivó en
tensiones institucionales crecientes. Dicho de otro modo, el problema no es la
reforma. El problema es la ausencia de corrección.
La economía como variable crítica
La sustentabilidad del modelo no depende sólo del equilibrio fiscal. Depende de su capacidad de generar crecimiento sostenido con inclusión
productiva. Si el tipo de cambio se mantiene artificialmente contenido mientras la economía real se contrae, el riesgo es doble: pérdida de competitividad y deterioro social. El orden macro es condición necesaria pero nunca fue
condición suficiente.
La ilusión del reformismo permanente
Denominar a este Congreso como “el más reformista de la historia” puede ser un acierto comunicacional. Pero el reformismo no se mide por la cantidad de leyes aprobadas, sino por su capacidad transformadora. En este sentido, la hiperactividad legislativa puede ocultar un vacío estratégico. Reformar no es desmontar. Reformar es rediseñar. Y rediseñar exige visión de
largo plazo, no sólo disciplina parlamentaria.
La democracia sin alternativa
El mayor temor no es la reforma. Es la uniformidad. La democracia
necesita fricción. Necesita oposición real. Necesita debate técnico serio. Cuando
el debate se reemplaza por la adhesión, el sistema pierde profundidad.
Para entender, la estabilidad democrática no es la ausencia de conflicto; es la existencia de conflicto canalizado institucionalmente.
Sin oposición viable, el oficialismo no enfrenta competencia. Enfrenta su propio reflejo. Y los espejos, cuando no muestran fisuras, suelen
ocultar grietas estructurales.
El desafío verdadero
El Gobierno ha demostrado habilidad política. Ha aprendido a negociar. Ha construido mayoría donde antes había marginalidad. Eso merece
reconocimiento. Pero la pregunta crucial no es si puede aprobar leyes. Es si puede sostener el modelo cuando la microeconomía exija resultados concretos. La hegemonía es un recurso poderoso, pero también es una carga. Porque
cuando todo depende de uno, ya no hay excusas.
La Argentina parece haber pasado del Congreso ingobernable al Congreso disciplinado. Del bloqueo al alineamiento. Del caos a la eficacia. Pero
cuidado.
Nunca me canso de confesar y reconocer que soy uno de los tantos ciudadanos que votó a Milei en la segunda vuelta no por convicción sino por
supervivencia.
Hoy lo que más me preocupa es llegar al 2027 y no tener otra opción que votar. Sigo sin convicción y mi incertidumbre de sustentabilidad necesita otra opción que me tranquilice en la existencia real de un “Plan B”. Y como mi caso, muchísimos argentinos deben estar sintiendo algo parecido. Para los que
cargamos años, nos pasó lo mismo con Menem y también durante la era Kirchnerista. Y todos sabemos cómo terminó. Muy mal.
La historia enseña que los sistemas sin alternativa visible tienden a creer que el rumbo es irreversible. Y en política, nada es irreversible. La verdadera
prueba no es gobernar con mayoría. Es gobernar sabiendo que puede
perderse. Porque cuando el poder deja de temer a la alternancia, comienza a temerle a la realidad. Y la realidad —esa sí— nunca negocia.
