Del bolsillo al tejido social: la caída de los ingresos ya impacta en la vida cotidiana
Especial para InfoSur
Alejandro Jones, economista, y Horacio Avendaño, docente y sociólogo, en diálogo con InfoSur Radio, que se emite por Petroleros Jerárquicos, analizaron desde dos perspectivas complementarias el deterioro económico y social de los últimos años. Jones mostró una serie sobre la evolución de los ingresos reales que ubica actualmente a Chubut por debajo de los niveles de comienzos de siglo, mientras Avendaño advirtió que detrás de esos indicadores aparecen consecuencias que exceden al bolsillo: desigualdad, debilitamiento de los vínculos, dificultades educativas y culturales, incertidumbre laboral y un creciente impacto sobre la salud mental.
La propuesta fue deliberadamente diferente a una columna tradicional de economía.
Jones llevó los números.
Avendaño intentó ponerles rostro.
El punto de encuentro fue una pregunta: ¿qué significa para una familia, un barrio o una ciudad que durante años se deteriore el poder adquisitivo de sus habitantes?
De un pico en 2017 a niveles inferiores a los de 2000
Jones presentó una construcción estadística que compara la evolución de los ingresos en términos reales, es decir, descontando el efecto de la inflación.
La serie que mostró durante el programa comienza en 2000 y llega hasta junio de 2026, con datos nacionales y de Chubut.
Tomando el año 2000 como base 100, explicó que durante la crisis de 2001-2002 se produjo un fuerte deterioro.
Posteriormente comenzó una recuperación que tuvo características particularmente favorables para Chubut.
Según el análisis presentado por Jones, la provincia llegó a ubicarse alrededor de 20 puntos por encima de la evolución nacional durante parte de ese período.
Petróleo, aluminio y lana fueron algunos de los componentes que mencionó para explicar aquella situación diferencial.
El mejor momento de la serie provincial aparece en 2017.
“Éramos felices y no nos dábamos cuenta”, ironizó durante la conversación.
Desde allí, la tendencia cambió.
“Estamos peor que en el 2000”
Jones sostuvo que desde 2017 comenzó una caída persistente de los ingresos reales, con períodos de menor intensidad pero sin una recuperación que permitiera regresar a los máximos anteriores.
En el índice que presentó, Chubut había alcanzado aproximadamente 140 puntos en su mejor momento.
Actualmente se encuentra alrededor de 90.
“Estamos peor que en el 2000”, afirmó.
Incluso realizó una comparación con 2001: según la serie expuesta durante el programa, Chubut se ubicaba entonces alrededor de 94 puntos y actualmente estaría cerca de 89.
La conclusión de Jones es que el poder adquisitivo provincial recorrió durante años una trayectoria ascendente, alcanzó su máximo hacia 2017 y luego sufrió una caída que lo devolvió a niveles comparables —e incluso inferiores— a los de comienzos de siglo.
Qué cambia dentro de una casa cuando cae el ingreso
El dato económico comienza a adquirir otra dimensión cuando se observa qué decisiones toman las familias frente a una reducción sostenida de sus recursos.
Primero pueden desaparecer gastos vinculados con ocio, vacaciones o entretenimiento.
Después aparecen modificaciones en los consumos cotidianos.
Jones mencionó como ejemplo la sustitución de productos alimentarios por alternativas de menor precio o calidad.
A eso se agrega otro fenómeno que viene siguiendo en sus columnas: el endeudamiento.
Durante la entrevista anticipó que un indicador actualizado volvió a mostrar un incremento y sostuvo que aproximadamente el 60% de la población considerada en esa medición presenta algún tipo de endeudamiento.
El detalle de ese nuevo relevamiento quedó planteado para una próxima columna, por lo que la entrevista no desarrolla todavía sus características metodológicas ni su composición.
Avendaño: las desigualdades empiezan a combinarse
Avendaño tomó esos números para avanzar sobre una dimensión menos visible.
Una crisis económica prolongada, sostuvo, no afecta únicamente la capacidad de consumo.
“Las desigualdades se empiezan a combinar”, explicó.
La desigualdad económica puede interactuar con dificultades para acceder a educación, cultura, formación y espacios de participación.
Y allí comienza a deteriorarse lo que desde la sociología se denomina lazo social: el conjunto de relaciones, acuerdos y mecanismos que permiten organizar la vida en común.
Para Avendaño, el escenario actual presenta señales de alarma porque determinadas dificultades comienzan a comprometer derechos que deberían estar garantizados.
“Estamos ya con esas luces rojas encendidas”, advirtió, particularmente al hablar de las infancias.
Cuando perder el trabajo también afecta la identidad
Uno de los puntos más fuertes del análisis apareció al abordar las consecuencias de la inestabilidad laboral.
Avendaño sostuvo que el trabajo no representa exclusivamente un ingreso.
También estructura rutinas, relaciones, conocimientos, expectativas y una percepción sobre el lugar que cada persona ocupa dentro de la sociedad.
Por eso una pérdida prolongada del empleo puede producir efectos que exceden largamente la dimensión económica.
Habló de “identidades astilladas” para describir procesos en los cuales una persona deja de encontrar continuidad entre aquello que sabía hacer, su experiencia laboral y las posibilidades que encuentra en el presente.
“La consecución de la falta de trabajo, la idea de no sentirte útil respecto de algo que puedas hacer, la idea de lo descartable, la idea de lo flexible, repercute a nivel identitario, subjetivo”, explicó.
Es allí donde un indicador de desempleo o pobreza comienza a esconder historias individuales que las estadísticas por sí solas no muestran.
Salud mental y una trama que se debilita
Avendaño vinculó ese deterioro social con una preocupación particularmente sensible para Comodoro Rivadavia.
Se refirió al crecimiento de problemáticas de salud mental y mencionó especialmente el suicidio como un fenómeno que requiere ser interpretado desde una perspectiva multicausal, evitando explicaciones individuales o lineales.
Para el sociólogo, detrás de estas situaciones pueden combinarse variables del mundo laboral, económico, vincular y subjetivo.
También mencionó cuadros de depresión, aislamiento y pérdida de expectativas.
Su planteo central fue que una crisis económica profunda puede terminar deteriorando también las redes sociales y comunitarias que ayudan a sostener a las personas.
Por eso sostuvo que determinados indicadores deben leerse junto con aquello que sucede concretamente en los hogares y en las relaciones sociales.
No se trata de establecer una causalidad automática entre dificultades económicas y situaciones de salud mental, sino de comprender que el contexto social forma parte de un fenómeno mucho más complejo.
El presupuesto también define qué ciudad queremos
El diálogo desembocó finalmente en el papel de la política.
Jones puso como ejemplo una herramienta concreta: el presupuesto público.
“El presupuesto es la herramienta que refleja toda la política de gobierno”, sostuvo.
Allí se define cuánto se destina al transporte, la recolección de residuos, los salarios públicos, los espacios urbanos y diferentes servicios.
Pero también se determina cómo se financiarán esas decisiones y qué participación tendrán impuestos y contribuciones.
Para Jones, discutir el presupuesto significa discutir prioridades.
Avendaño coincidió en que las transformaciones sociales necesitan respuestas políticas, aunque advirtió que no siempre sirven las herramientas utilizadas frente a crisis anteriores.
Si cambió la sociedad, sostuvo, también deben cambiar los modos de intervención.
“Esto se resuelve con más política, no con menos política”
La conclusión compartida fue que el deterioro no puede analizarse únicamente a través de indicadores macroeconómicos.
Jones sintetizó esa mirada con una definición: “Esto se resuelve con más política, no con menos política”.
Avendaño llevó el concepto hacia la necesidad de reconstruir el sentido de lo público y colocar nuevamente a las personas en el centro de las decisiones.
Para ambos, además, existe una responsabilidad que excede a quienes ocupan cargos: profesionales, universidades, organizaciones y ciudadanía deben participar de las discusiones sobre cómo se distribuyen los recursos y qué modelo de comunidad se pretende construir.
El gráfico de ingresos permite mostrar una curva.
Pero debajo de esa curva aparecen familias que reducen consumos, personas que se endeudan, trabajadores que pierden certezas y jóvenes que encuentran mayores dificultades para proyectar su futuro.
Ese fue, finalmente, el punto de encuentro entre economía y sociología durante la conversación: los números describen una parte de la crisis; entender qué producen esos números sobre la vida de las personas permite comenzar a dimensionar el resto.