LA MUNICIPALIDAD DE SARMIENTO DESARROLLA TALLERES DE CAPACITACIÓN LABORAL EN
¿Cómo quedó la sociedad argentina con el dólar libre?
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
Aunque nos parezca raro, por primera vez en mucho tiempo, hace dos semanas que la economía dejó de ser noticia alarmante, respirando una cierta y rara normalidad. Precisamente, una normalidad donde el dólar está dejando de ser noticia, donde los precios van cediendo al temido pasaje de la devaluación tras la salida del cepo y donde el resto de los mercados se van acomodando sin grandes novedades. Ello, junto a la dolorosa noticia del fallecimiento de nuestro Papa, nos ha colocado en un verdadero estado de “gracia”. Hasta la política dejó de ser protagonista en plena campaña electoral en la Ciudad de Buenos Aires.
En este contexto, me parece interesante rescatar un excepcional artículo de Guillermo Oliveto en el Diario La Nación, que nos permite analizar el modo en que los argentinos también nos vamos acomodando a esta nueva normalidad. Me refiero a cómo los argentinos quedamos ubicados en relación al dólar y que implica esta ubicación en el futuro inmediato.
Si tomamos una estimación de la cotización más baja del dólar, tras la salida del cepo, ella se ubicó el 21 de abril en $1100. Sobre esa referencia, la línea de la pobreza se encontraría ubicada en 960 dólares de ingreso.
Más allá del análisis y polémica, de si el dólar está sobrevaluado o no, la referencia, para lo que aquí nos interesa, nos sirve para describir la sociedad argentina de acuerdo a una pirámide de ingresos, en base a ese tipo de cambio impuesto por el mercado. Así, obtendríamos la siguiente estadística:
- 5% de la población se ubica en la “Clase alta” -ABC1- con un promedio de ingreso de 8600 dólares.
- 17% de la población se ubica en la “Clase media alta” -C2- con un promedio de 4100 dólares.
- 26% de la población se ubica en la “Clase media baja” -C3- con un promedio de 1900 dólares.
- 26% de la población se ubica en la “Clase baja superior” -D1- con un promedio de 1500 dólares y por encima de la línea de pobreza.
- 26% de la población se ubica en la “Clase baja” -D2- con un promedio de 635 dólares y por debajo de la línea de pobreza calculada en 960 dólares.
Los números y datos lejos de pertenecerme fueron publicados esta semana por el conocido Guillermo Oliveto en el diario La Nación.
¿Qué nos muestra la pirámide de ingresos de la sociedad argentina a la salida del famoso cepo cambiario? Nada más y nada menos que cuál es la configuración económica de la sociedad. ¿Cuál es nuestro ingreso promedio en dólares y que podemos hacer con ellos en la Argentina? Incluso podríamos preguntarnos, con ese mismo ingreso, ¿qué podemos hacer en cualquier otro país de referencia?
Si bien hasta acá solo tenemos una foto de la composición de la sociedad en base a sus ingresos promedio, la salida del cepo confirma otra consecuencia no menor: esta será una foto que permanecerá por mucho tiempo. Dicho de otra manera, la estabilidad exitosa de la salida del cepo cambiario para todos nosotros de carne y hueso se constituye como un modelo difícil de ser modificado en el corto tiempo, salvo la modificación por decisiones personales (nuevo empleo, un nuevo emprendimiento, etc). Es más, el Gobierno no tiene culpa de ello, dado que también aquí la herencia es determinante y lo único que nos promete, que no es poco, es estabilidad.
Para que se entienda, ni las paritarias libres ni el mercado anuncian una modificación sustancial de esta foto, que nos muestra la configuración económico social de la sociedad argentina. Esa es la más valiosa promesa del Gobierno: orden, previsibilidad y tranquilidad mientras la inflación seguirá cediendo. Es más, el Gobierno nada promete en materia de reconversión productiva de la Argentina al mejor estilo de las épocas menemistas. Todo dependerá del mercado y de las decisiones personales de cada uno de nosotros.
En esta foto, los argentinos decidimos un apoyo mayoritario al modelo económico frente al infierno que nos tocó vivir en los últimos años. Así lo demuestra nuestro voto por Milei eligiéndolo presidente y así lo demuestran los sondeos electorales que lo posicionan ganador en las próximas elecciones legislativas. Dicho de otra manera, desde esta foto, la sociedad argentina sigue manteniendo su esperanza de que el futuro sea mejor. Esta conclusión, lejos de ser una valoración es una mera descripción de lo que pasa. Sin embargo, nuestra pregunta, mi pregunta, es bien sencilla: ¿cuál es el premio por tanto sacrificio estoico?
Todos entendimos, aún los opositores, que el 2024 fue el año del ordenamiento económico. Salir de tamaño despelote no era ni fue fácil y la sociedad argentina acompañó como en ningún otro proceso histórico. Sin embargo, la estabilidad de las variables que se prometen para el 2025 puede complicar el ánimo de los argentinos. ¿Acaso nos conforma la foto, o no?
La primera consecuencia que nos refiere Guillermo Oliveto en su artículo del diario La Nación, nos tiene que movilizar a pensar: “el espejo del consumo refleja una sociedad donde se coagula la fragmentación”, afirma Oliveto.
Por un lado, las ventas de autos e inmuebles duplican las del año pasado. Lo mismo sucedió con la cantidad de turistas que viajaron al exterior. Pero, ¿a cuántos y quiénes favoreció? Fundamentalmente, a los integrantes de la clase alta y la clase media alta, es decir al 22% de la pirámide mostrada en la foto. Ese 22% en términos sociales y económicos son todos aquellos que tienen un buen empleo en blanco en el sector privado, ya sea en relación de dependencia o como autónomos, donde sus ingresos empatan o le ganan a la inflación, se duplicaron o más, en dólares, en apenas 15 meses, tienen pleno acceso al crédito y, poco o mucho, pueden ahorrar. Claramente, son las clases privilegiadas de la Argentina, pero también del modelo.
Pero apenas descendemos un poco, nos encontramos con el 78% de la sociedad, que, lejos de comprar autos o inmuebles o viajar al exterior, solo se contentan con lo que se denomina el consumo frecuente, el de todos los días. Son la clase de productos de consumo masivo – alimentos, bebidas, cosmética, limpieza–. Ellos insumen mucho más del 50% del presupuesto hogareño y en muchos casos ni siquiera alcanzan a cubrirlos.
Cuando contrastamos la pirámide con los hábitos de consumo, es dónde se explica la fragmentación, en especial, en la propia clase media, sobre la que quiero detenerme particularmente.
Varias veces expresé que la clase media en nuestro país es una construcción mítica aspiracional. “Todos somos clase media”, cuando se nos pregunta a qué aspiramos o bien cómo nos reconocemos dentro de la sociedad. Nadie quiere ser pobre u obrero en nuestro país. Ser clase media significa “no ser pobre”. De ahí, gran parte del fracaso del mensaje de la dirigencia sindical, insistiendo en esa palabra vetusta de “clase obrera o trabajadora”.
La idea de Oliveto, partiendo de estas premisas, es ver la relevancia que tiene el consumo para la gestación y la consolidación de esta identidad. “Las marcas marcan. Las marcas te marcan”, resume Oliveto. En última instancia es la más simple explicación de “La saladita” y la proliferación de las “marcas truchas”.
El consumidor de clase media es, entonces, naturalmente aspiracional. Sus logros como consumidores nutren su poder y su seguridad. Dicho en términos más simples, es la primera y más básica comprobación del denominado “progreso y ascenso social”. Absolutamente todos los argentinos vemos en esa simple ambición de consumo, el primer signo de progreso. Es la ratificación del sueño del ascenso social. A través de este simple hábito, las cosas que consumimos son la primera señal sólida y verdadera que nos ubica en alguna de las posiciones de la estructura social que nos resume la foto y la estadística.
Todos vemos en un modelo de zapatillas o en el modelo de celular, en la marca de la vestimenta, en el lugar donde vamos a comer, el auto que tenemos, el barrio donde vivimos, el lugar dónde vacacionamos, las marcas de los alimentos que compramos, una ubicación dentro de la estructura social. En cada uno de esos gestos y en cada uno de esos actos, además de consumidores, nos juzgamos permanentemente si vamos para arriba o para abajo.
Como clase media, nuestra aspiración se resume a una calidad de vida “razonable” o “vivir bien”, que, si bien son frases absolutamente subjetivas, nos determinan todos los días y marcan nuestro estado de ánimo. La sentencia es fácil de advertir: ¿vivo peor o mejor que el año o el mes pasados?
Cuántas veces hemos escuchado que, si algo caracterizaba a nuestro país, era la movilidad social ascendente. Nuestros hijos siempre estuvieron mejor que sus padres. Sin embargo, ese rasgo hace mucho tiempo que ya no se cumple.
El verdadero éxito del plan económico de Milei sucederá cuándo todos los argentinos o su mayoría recobremos en la realidad de todos los días, la síntesis aspiracional de “ser todos clase media”. ¿O acaso no es eso lo que buscan nuestros jóvenes cuando deciden irse del país y nosotros orgullosos le decimos a nuestros amigos que ahora están mucho mejor? Todos nosotros, que entendemos poco o nada de economía, utilizamos este termómetro personal o familiar para valorar el éxito del modelo: ¿estoy mejor o peor que el año o el mes pasados? ¿Puedo sostener o no mi calidad de vida, sea cambiar el auto, pagar el alquiler, la cuota del colegio o simplemente comer?
Por ahora, estamos muy lejos de que ello ocurra en el corto tiempo y la aburrida normalidad que comenzamos a respirar incluso conspira contra nuestra cotidiana ambición de progreso. Recién cuando esa sensación se recupere, podremos sentir por fin que todo este sacrificio valió la pena y recién ahí, le podremos reconocer a Milei, que fue el mejor gobierno de la historia.
