Ola Rada Tilly 2026 consolidó una propuesta integral con más
Comenzaron a saltar algunas alarmas de cansancio de los argentinos que apostamos por el cambio.
El domingo pasado, Piero Ghezzi, economista peruano y referente del proceso de estabilización del país hermano, realizó un comentario preocupante: “La experiencia de Perú muestra que una macro ordenada no basta para incorporar a muchísima gente a la formalidad”. Y siguió diciendo: “La estabilización macro y la apertura van a tener un impacto importante en el crecimiento de la economía argentina pero no va a bastar”. Su fundamento, simple, “Una macro sólida y estable es una condición necesaria para tener un proceso de crecimiento sostenido, pero no va a ser suficiente”, debido a que la política macro, es transversal y no alcanza”.
Para los que no saben, como es mi caso, Perú tenía una inflación del 7.600 por ciento anual y realizó un ajuste monstruoso y mucho más profundo que el que nos vende Milei como el ajuste más grande de la historia. Luego de más de dos décadas, hoy con una inflación anual más baja que la alcanzada por Milei en un mes, en Perú el 70% de los trabajadores lo hacen en la informalidad. Dicho de otro modo, sin acceso a la salud ni a ningún sistema jubilatorio formal y en situación de precariedad.
Aunque no me digan lo que están pensando, seguro sería algo así al mejor estilo argentino: ¿cómo nos vas a comparar con Perú? ¡Nosotros somos ricos y los peruanos pobres! Ellos no tienen un Milei como nosotros o simplemente al mejor estilo Duhalde, nosotros estamos condenados al éxito. Sin embargo, aquí lo único que me importa resaltar es que Perú estaba peor que Argentina y tardó más, pero logró lo mismo, sin un salvador mesiánico como Milei, pero lo que asusta es que, si hoy tenemos casi 50% de informalidad, ¿qué nos sucederá dentro de una década? Hoy los analistas del mercado laboral advierten la suba de la desocupación (superior al 7%) pero también de la informalidad y la precarización. El interrogante que intento dejar sería el siguiente: sirve una Argentina sin inflación, con cuentas públicas ordenadas y 70% de informalidad laboral y pobreza estructural que supera el 52% e indigencia el 28%? Y en tal caso, ¿a quién le sirve? ¿Quiénes serían los privilegiados de la nueva Argentina? ¿Acaso los mismos que disfrutaban la Argentina del progreso en 1890? Nadie sabe y nadie contesta.
La semana pasada Jorge Fontevecchia escribió en su periódico: la economía no es todo sino apenas una consecuencia de la política, afirmando que es imposible realizar una transformación profunda sin diálogo y sin procurar un consenso porque los únicos cambios sustentables en países que salieron de sus crisis, desde Israel hasta España, pasando por Brasil, fueron con acuerdos entre oficialismo y oposición.
Esa observación, a la que adhiero, tiene comprobación práctica en las escasas o nulas inversiones en nuestro país, o algo peor, el arrepentimiento antes de verificarse como ocurrió con PETRONAS. Según Clarín la poderosa petrolera evalúa desistir de invertir con YPF, que involucraba la friolera de U$S 30.000 millones y según muchos se trataba de la más grande inversión de Argentina. Las aparentes razones del desistimiento es que dudan sobre cuestiones de la “macro” ytambién los espanta la grieta entre los políticos argentinos además de la escandalosa pelea por la ubicación del proyecto.
Tenemos que entender que los inversores y el mundo no quieren que cambie un presidente, sino que cambie la Argentina en su conjunto, y para eso es indispensable un acuerdo y para realizar un cambio perdurable es necesario un amplio acuerdo político sobre temas fundamentales que presente a la Argentina como un país estable ante los inversores y la comunidad internacional. No produce confianza un equilibrio fiscal que se mantiene porque el Presidente veta las leyes que aprueba el Congreso, y compra diputados para conseguir una minoría que impida la insistencia en la ley. Tampoco produce confianza un presidente que, a un año de gobierno, todavía no tiene una estructura partidaria que lo apoye, ni sectores influyentes que estén comprometidos con su proyecto. No olvidemos que ganó las elecciones en segunda vuelta y gracias al famoso voto “descarte”.
Pero el verdadero ruido de la semana ocurrió en el terreno de las encuestas y la aparición en ellas del comienzo de un cambio de clima. Cinco nuevas encuestas analizadas por el diario Clarin, muestran una caída de Javier Milei en septiembre. ¡Serán todos profetas del odio!
Federico Aurelio, de Aresco, uno de los encuestadores que consulta el Gobierno, fue entrevistado por el diario Perfil, afirmando que todavía en sus números los rechazos y apoyos al Presidente están equilibrados, porque la imagen positiva de Milei cayó seis puntos y la negativa creció otros seis. Shila Vilker, de Trespuntocero, venía observando un equilibrio casi perfecto entre la imagen positiva y la negativa del Presidente desde enero, pero este mes detectó una imagen negativa del 54,2% y una positiva diez puntos menores. Esta percepción se complementa, con igual tendencia, con la caída del interés en la transmisión televisiva y en la reproducción en las redes sociales del discurso presidencial de presentación del Presupuesto 2025 frente a la inauguración del período de sesiones ordinarias de marzo. Por último, según Mora Jozami, la aceptación empieza a ser descendente y se cruzan en agosto: 39% negativa contra 38% positiva. Un mes antes, en julio, el 43% pensaba que iba a estar mejor y el 38% pensó que iba a estar peor. Ahora se igualaron y hacen juego con los otros números, con las dificultades para salir de la recesión.
Qué quiere decir todo esto.? A mi juicio, el 38% que dice que lo seguirán bancando no es otro que su voto cautivo de las Paso y la primera vuelta. Ellos son los libertarios puros, los que bancan a Milei sin condicionamientos y con entusiasmo. Son la Cámpora de Milei. Los que comenzaron o comenzamos a flaquear están en aquellos que lo votaron en la segunda vuelta. Muchos de estos, ya dicen que no saben qué van a hacer o bien aseguran que, si la economía no mejora, no lo van a apoyar más.
Si lo queremos expresar en términos de la calle simplemente cambian las expectativas de la gente y sus problemas. Es lo que pasó con la inflación, hoy un asunto menor, porque se está solucionando, mientras que ahora la angustia está en todo lo que rodea al empleo y la pérdida de capacidad adquisitiva. Y es perfectamente lógico que eso suceda.
Sin embargo, no todas son malas noticias para Milei. Justo en la semana el Presidente se topó en el camino con el conflicto ideal con los sindicatos de Aerolíneas Argentinas y Máximo Kirchner reapareció en el estadio Atenas, de La Plata para tenderle una mano. “Ni Karina hizo tanto por Milei como los gremios aeronáuticos”, escribió en Twitter el politólogo Andrés Malamud.
Pero también existió una colaboración celestial a Milei. Fue nada más y nada menos que del peronista Bergoglio. Dicho en modo más técnico. Francisco es un hombre de la fe para el resto del mundo, pero en Argentina es un hombre de la política. Siendo ello así, nadie puede sorprenderse y menos la Ministra Pettovello, que ingresó a Santa Marta apenas se habían ido 12 jefes de la CGT. No seas “inocente”. Y que el jefe piquetero Grabois llegó cuatro días después. Es que Bergoglio es Perón y el Vaticano, Puertas de hierro y ningún político argentino concurre allí sino es por un exclusivo interés político. Del mismo modo, “el Pocho sabe que es así pero igual te llevas un rosario de regalo para disimular”. Como señaló Carlos Pagni esta semana. “El enfrentamiento del Papa con Milei es la pugna entre un líder espiritual, que para los católicos fue puesto en la sede de San Pedro por el Espíritu Santo, y un presidente que dice estar impulsado por las Fuerzas del Cielo. Es una pelea compleja de entender para quienes miran la política con ojos profanos, un ajedrez que se juega en otro lado”.
El Presidente Javier Milei subió este martes al atril de las Naciones Unidas en New York y con un durísimo discurso ante los jefes de Estado y de Gobierno del mundo despotricó contra el multilateralismo. Dijo cosas tan duras como que la ONU promueve políticas “socialistas” y que es “incapaz”, “impotente para brindar soluciones a conflictos globales”. Si algo quedaba por decir, anunció que «la Argentina abandonará la posición de neutralidad histórica que siempre la caracterizó” y estará ahora «a la vanguardia de la lucha por la defensa de la libertad«. Algo así como “tiemblen gorilas, que Tarzán es peronista”.
En solo 15 minutos y fiel a su estilo, al que aborrezco, Milei debutó ante las Naciones Unidas disparando sobre buena parte de las iniciativas del mundo. Las repercusiones fuera y dentro de casa, fueron similares: Con matices, exfuncionarios y diplomáticos de distintas vertientes afirmaron que la pelea frontal contra la organización internacional “no trae beneficios” al país, y de hecho lo vincula, aun involuntariamente, con Rusia o Nicaragua, países igualmente críticos, aunque por otras razones, de planes como el Pacto del Futuro.
La marcha del país y la personalidad y gestión de Milei, solo hacen que profundice mis contradicciones, propias de uno de tantos argentinos que eligió por descarte “a alguien que por convicción jamás hubiera votado”. Por un lado, me disgusta profundamente esa personalidad de Milei, y no lo disimulo, que se cree encomendado por el propio Dios para salvar al mundo del Maligno, viendo al demonio en cada presidente al que acusa de comunista, pavoneándose en cada lugar que visita, que es el político más importante y el mayor referente internacional de la libertad como se dio el gusto de decir ante la ONU. Me disgusta que agreda cada vez que habla, que insulte a quien piensa distinto, o cariñosamente los trate de “nido de ratas” a quienes la sociedad votó como sus representantes en el Congreso. Me disgusta que festeje burlonamente sus medidas de ajuste frente a quienes las sufren en forma directa, me disgusta que descalifique a sus colegas economistas que no están tan convencidos de que esté haciendo las cosas bien. Me disgusta que recientemente trate de “virus” a una corriente política que representa a un porcentaje importante de la sociedad, que perdió las elecciones últimas, pero constituye más del 40% de la Argentina. Me disgusta que rechace las preguntas de los periodistas que no piensan como él y que, además, utilice la asimetría de su cargo para destrozarlos por las redes. En fin, seguramente no me gustan muchísimas cosas más, pero los ejemplos alcanzan para entender a dónde se dirige mi rechazo.
Todo ese disgusto, sin embargo, no me impide reconocer que si Milei no fuera como es, un 30% de los argentinos no lo habría votado dos veces (en las PASO y en las generales) y un 26% no se habría sumado en el balotaje. En ese último porcentaje estoy nada más y nada menos que yo. En tal caso, hubiera triunfado el candidato Massa y seguramente estaríamos peor e incluso tal vez, ya no viviría en Argentina. Es raro, pero no puedo quitar esa contradicción de mi cabeza, que seguramente será compartida por muchos argentinos y resultará determinante a la hora de votar el año próximo en las elecciones de medio término.
Mi resignación a esta altura es una síntesis a esa contradicción, que lamentablemente creo no aparecerá nunca. Que simplemente se quedará como fruto de mi imaginación. Un presidente despojado de sus rasgos delirantes y patologías violentas y por sobre todo despojado de transformarse en un artefacto de destrucción masiva de ese sistema de creencias que todos los argentinos tenemos y que denominamos democracia. Esa misma síntesis quiere ver un presidente decidido a aplicar un plan de achicamiento del Estado, de desregulación normativa, de equilibrio fiscal, pero en un ámbito más razonable y un interesante debate que incluso podría derivar en que el oficialismo contara con más votos legislativos de los que lo suelen acompañar. Que mejor que un presidente que explicara su premisa de déficit cero para eliminar la inflación y generar crédito y crecimiento, ¿sin calificar de “degenerados fiscales” a los que no piensan exactamente igual? Las ideas de Milei pueden ser total o parcialmente rebatibles al igual que sus números que las sustentan total o parcialmente cuestionables. Sus ideas simplemente son opinables y pueden y deben recibir todo tipo de crítica, pero dichas sin violencia ni extremismos anarquistas. Si ello fuera así creo que hasta sería posible alcanzar algún tipo de consenso sustentable.
El verdadero problema es que las formas siempre son un fiel reflejo de lo que hay en el fondo. Es cierto, que hoy, el éxito o el fracaso de un gobierno se mide en internet: la opinión de la gente interconectada. Así Milei ganó las elecciones y ha gozado de un prolongado respaldo popular que, pese a las alertas amarillas, lo mantienen como un comunicador excepcional para estos tiempos. Sin embargo, la realidad del poder genera siempre las mismas cosas: perder contacto con la gente, perder sensibilidad, excederse en el autoritarismo y cometer “tonterías del palacio” y rodearse de aduladores.
Los ejemplos comienzan a brotar por todos lados. ¿Cómo un presidente va a impedir que los jubilados reciban una mínima suma que sabemos que ni siquiera alcanza para llegar a la mitad de la canasta de subsistencia? ¿A quién le importa el déficit cero si se sabe que por conseguirlo un jubilado se ha suicidado porque no pudo pagar el alquiler? Peor aún, Milei organizó un festejo del veto a través de un asado en la quinta presidencial y con ello armar una comedia donde se pagaban veinte mil pesos por un gran asado que parecía costar cincuenta veces más.
Todavía falta el anunciado veto en contra del presupuesto para la educación que sin duda nuevamente será un nuevo golpe para el Gobierno. La mayoría de los argentinos quiere universidades para sus hijos. El ponerlas en peligro, será otra oportunidad para el desgaste. Yo soy uno de ellos y sigo insistiendo con la educación de nuestros jóvenes, ¿Por qué? No es fácil crear trabajo productivo y estable para quienes están marginados de la educación. No habrá en el futuro cercano ningún buen salario en aquellos trabajadores que basen sus prestaciones en el tradicional capital físico, si es que ya no fueron reemplazados por un robot, máquina, etc. Es el único sistema conocido que nos permite eliminar las desigualdades que dependen del nivel socioeconómico de sus familias. Si no es así, justicia social es simplemente retórica y las únicas vías de ascenso socio económico son la “timba, el juego o la delincuencia” (no quise mencionar la política, porque me pareció demasiado duro).
Desde que asumió Milei sigo haciéndome la misma pregunta: dónde está el umbral del dolor de los argentinos? Solo un estúpido puede pensar que no hay límite. Vivimos una sociedad líquida en la que todo es fugaz. Hoy, Alberto Fernández tiene solo un 3% de imagen pasable o digerible, cuando supo ganar primero las elecciones presidenciales a Macri y luego pasar a tener un 68% de imagen positiva. ¿Acaso hay alguna razón objetiva para que Milei no termine igual o peor? Su personalidad, su carácter y su excentricidad nos acerca a un final complicado. Por eso, no puedo solucionar mis contradicciones, al menos todavía.