Argentina, fin de año: entre la plata, el experimento y el silencio
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
Llegamos a fin de año con una sensación que no termina de acomodarse. No es euforia, no es angustia plena, no es esperanza nítida. Es algo más incómodo: la percepción de que la Argentina no está atravesando un cambio de época, sino apenas, y no es poco, un cambio de mando. Y conviene decirlo con todas las letras, porque no es lo mismo. Un cambio de época transforma valores, instituciones, reglas de juego, cultura política. Un cambio de mando solo cambia la botonera y nos deja a todos mirando al piloto, esperando que sepa aterrizar el avión sin romper el tren de aterrizaje. El problema es que, en este vuelo, no está claro si el destino existe o si solo se está ganando tiempo.
El 2025 cerró con un hecho político central que ordena el tablero. El 26 de octubre, el oficialismo recibió un respaldo electoral contundente en las legislativas de medio término. La Libertad Avanza se consolidó como primera fuerza. Eso es lo que hay y es incontrastable. El resto son discusiones de sobremesa que hoy carecen de sentido. Si fue épico, si fue marketing, si fue bronca, si fue esperanza definitivamente quedó atrás en el análisis. En política, la legitimidad real se cuenta en votos, y los votos estuvieron.
Sin embargo, ese triunfo no cerró el año. Lo abrió. Lo abrió hacia los dos años que restan de mandato, con una expectativa enorme y una pregunta todavía mayor: ¿qué se hace con ese poder?
La apuesta externa: subirse al vagón y esperar la factura
Javier Milei hizo una apuesta internacional clara por Estados Unidos, por Occidente y por Trump. China quedó como una relación incómoda, tolerada por necesidad, pero desprovista de épica. Argentina eligió subirse al tren del ganador. Ahora bien, conviene recordar una verdad elemental de la geopolítica: ser vagón no es ser locomotora. La pregunta no es ideológica sino es brutalmente práctica: ¿esa alineación nos dará mercados, inversiones, financiamiento, tecnología? ¿O nos dará fotos, discursos, aplausos ajenos y dependencia propia? Alinearse no es gratis.Y cuando un país cree que está eligiendo entre “plata o soberanía”, suele descubrir tarde que la plata también viene con condiciones y que la soberanía, cuando se vende, se recompra carísima.
La apuesta interna: reformas, Congreso nuevo y calle caliente
En diciembre, el Gobierno abrió sesiones extraordinarias con un menú ya conocido: presupuesto, cambios tributarios y, en el centro del ring, reforma laboral. Con un Congreso remodelado por la elección de octubre, el Ejecutivo envió formalmente su proyecto el 11 de diciembre de 2025, prometiendo formalización del empleo, reducción de burocracia y modernización del mercado laboral. Del otro lado, el rechazo sindical fue inmediato. La protesta anunciada se realizó con éxito en su movilización, pero con un resultado político muy incierto. Nadie cree en los sindicatos y su legitimidad está por el piso. La convocatoria a la movilización de la CGT estuvo dada por la capacidad de movilización de los propios. La espontaneidad no fue lo que caracterizó a los presentes en la Plaza de Mayo y la amenaza de un paro general, sonó a eso. A una amenaza muy difícil de tener contagio en la sociedad.
En este contexto, Argentina entra a 2026 con un experimento de poder en curso, donde Milei aprendió rápido. Se volvió más pragmático, eligió adversarios con astucia, administró conflicto y negociación, y conservó una cualidad política clave: seguir siendo una incógnita. Pero esa incógnita es un arma de doble filo. Genera expectativa, pero también habilita que cada sector proyecte su propia fantasía: unos creen que llega el capitalismo serio; otros temen la desprotección social; otros, simplemente, quieren que baje la inflación y que el supermercado deje de dar miedo.
La oposición: cuando el silencio no es reorganización
El cierre del año deja un panorama inquietante: peronismo replegado, radicalismo evaporado, PRO licuado. Y aunque a algunos les parezca una buena noticia, en realidad no lo es. Un sistema democrático sin oposición funcional no es más estable. Es más frágil. Porque el control se reemplaza por tribunales, redes sociales, operaciones y resentimiento. Y el resentimiento, la historia argentina lo demuestra, es un gran elector, pero un pésimo arquitecto institucional.
Equilibrio fiscal, recesión anestesiada
En lo económico, el balance es conocido perfectamente por todos los argentinos. Equilibrio fiscal, inflación en baja, recesión persistente y una sociedad que no reacciona colectivamente, no por convicción, sino por agotamiento.
Esto último, es particularmente grave, dado que la anestesia social no es salud. Es aguante. Y el aguante suele tener fecha de vencimiento: la política no estalla por ideología; estalla por heladera.
Los datos son elocuentes. Según el último informe de Moiguer, correspondiente al cuarto trimestre de 2025: 62% de los consumidores redujo gastos diarios; 50% se queda sin dinero antes de terminar el mes; 57% de los hogares está endeudado.
Sin embargo, contra todos los pronósticos la esperanza persiste.
El 53% cree que su capacidad de compra puede mejorar en 2026. Es poco, es frágil, pero existe. Y eso explica mucho más de lo que los analistas admiten.
Cuando el poder necesita enemigos: apareció el fútbol
En el aprendizaje del poder, Milei entendió algo clave: todo gobierno necesita adversarios. Y si no los hay, se los inventa. Así apareció la AFA, Tapia y el fútbol como nuevo ring político. Allanamientos, causas judiciales, disputa por las SAD. El fútbol argentino nunca es solo fútbol: es caja, identidad, territorio, micropolítica. Si el Gobierno eligió ese conflicto, no fue por deporte. Fue para mostrar que puede disciplinar corporaciones. El riesgo, claro, es que el enemigo termine siendo “la alegría popular” y el tiro salga por la culata.
ADN libertario: el modelo no es un malentendido
Conviene decirlo sin eufemismos: el modelo de Milei no es accidental ni improvisado. Tiene ADN ideológico claro. Escuela Austríaca y un horizonte donde el Estado se minimiza y el mercado ordena. No es un modelo cruel por definición. Es darwinista. Parte de la idea de que el mercado castiga y premia, y que ese castigo no es un problema sino una virtud.
En esa lógica, el cierre de empresas no es una tragedia. Es simplemente selección natural. Que ya se hayan perdido 20.000 empresas y más de 260.000 empleos no invalida el modelo. Solo demuestra que el proceso está en marcha. El problema no es moral. Es político y social: ¿cuánto aguanta una sociedad mientras el experimento promete que, algún día, funcionará?
Ganadores, perdedores y una pregunta incómoda
En la aceleración del modelo, los ganadores parecen claros: sectores financieros, energía, minería, parte del agro. Los perdedores también: industria, comercio, construcción, mercado interno.
La pregunta no es si este modelo es coherente. Lo es.
La pregunta es si es viable para un país con esta estructura social, productiva y cultural. Porque bajar la inflación y ordenar las cuentas fue necesario.
Ahora falta demostrar que ese orden sirve para mejorarle la vida a la mayoría.
El cierre que no deberíamos esquivar
Contrariamente a lo que se repite, la sociedad no vota peor. Vota distinto. A veces incluso contra lo que parece su interés inmediato.
No por ignorancia, sino por cálculo: dejar que el Gobierno haga lo que prometió, sin poder decir después que “no lo dejaron”.
Y acá viene el remate, el que incomoda:
Si la reforma laboral que viene se presenta como “pro-empleo” pero termina siendo “pro-caja”, “pro ajuste” o “pro disciplinamiento”, lo sabremos rápido. No por el Boletín Oficial, sino por el trabajo real, el salario real y la conflictividad real. Dicho de otra forma, si detrás de cada gran reforma aparece, invisible pero decisiva, la necesidad financiera, entonces Argentina no eligió destino.
Eligió tímidamente financiamiento. Al final, el país no se está preguntando si quiere capitalismo o justicia social. Se está preguntando algo más triste y más urgente: si quiere un futuro o solo crédito para llegar al próximo mes.
Brindemos igual. Pero brindemos con los ojos abiertos.
