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ZORRO

15 abril, 2024

Adán Costa. Abogado. Profesor universitario de Historia, Políticas Públicas y Filosofía (UCU-UNR). Trabaja en el Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales y es presidente de la Comisión de Derecho Indígena Latinoamericano e Interjuridicidad del Colegio de Abogados de Santa Fe.

Siempre se ha considerado que el apodo de “zorro” a Alejo Julio Argentino Roca lo construyó por sus argucias políticas.  Nadie podría dudar de las calidades de un personaje que gravitó en la política argentina durante más de treinta años, pero por allí no se originó el apelativo. Roca había nacido en la provincia de Tucumán en el año 1843 y mientras cursaba en el aula militar del Colegio fundado por Urquiza en Concepción del Uruguay, provincia de Entre Ríos. El Colegio era un internado que dejaba salir a sus pupilos después de clase, pero con la estricta pauta de regresar antes de las nueve de la noche. Corría una noche del año 1856, según cuenta el historiador Eduardo Lazzari, llegó de madrugada y golpeó el portón principal para que le abran. Sobornó al sereno con una moneda de un peso, quien lo aceptó gustoso. Ya dentro del edificio le informó que se había olvidado en el banco de la vereda su sombrero. El sereno, confiado, salió a buscarlo y el joven Roca cerró enérgicamente el portón a sus espaldas. Al golpear desesperado, ya que su trabajo podría peligrar, escucha al pupilo decirle, del otro lado, que para pasar había que pagar un peso, cosa que hace de inmediato, le devuelve la moneda y le escupió: “eres un zorro”. Así quedó esa suerte de nombre sellado para su posteridad.

Más allá de la candidez de la anécdota, si es cierto que los contornos del perfil de Roca es bastante menos preciso como para ser ubicado consistentemente en la historia de la Argentina. Para muchos, es el fundador del estado-nación argentino, en tanto que para otros, como el escritor Osvaldo Bayer, es un genocida de pueblos originarios listo para desmonumentar. Desde todas las tradiciones historiográficas y políticas se lo ha enfocado en forma diversa. Sin embargo, siempre ha sido una figura sugerente para fortalecer presentes políticos, sea desde la ardiente ponderación, sea desde la crítica cerril, sea desde el silencio. “Soy Roca”, dijo con vehemencia uno de sus biógrafos que con más obstinación lo acercó al mármol.

En los pocos meses que lleva la gestión del gobierno iniciado el 10 de diciembre de 2023, se ha enaltecido de un modo rimbombante la figura del general Roca, presidente del país en dos períodos, ambos de 6 años (1880-1886 y 1898-1904), a tal punto de pretender establecer una relación continua entre ese pasado y este presente. Como ocurre con la mayoría de los personajes que la Historia llama próceres, se habla mucho más de ellos  de lo que se los conoce. Incluso desde todo tipo de claustros o niveles formativos cuya misión esencial es construir conocimiento crítico acerca de nuestros pasados.

La historiografía liberal idolatra a Roca, mientras que el revisionismo histórico termina condenándolo con el mismo entusiasmo. Necesitamos construir de criterios más consistentes para poder comprender. Uno probablemente podría ser el de la ética política. Otro de la historia del proceso y el contexto social de época, que prevalece a los personajes independientemente de su propia luz.

Cierta ironía hizo, para alguien interpelado por la historia de matar indios, que un 12 de octubre de 1880, con apenas treinta y siete años, Julio Argentino Roca fuera ungido presidente. Venía de conducir militarmente una campaña hacia la Patagonia.  El sentido de la campaña, iniciada en 1878, conocida con el nombre “desierto” de algo que en realidad es lo opuesto, -allí lo poblaban seres humanos con  cualidades mapuche, ranquel o tehuelche-, era el de ampliar la frontera agrícola-ganadera y ocupar para la Argentina un territorio que no dominaba.

Se ha dicho con mucho énfasis que Roca como presidente condujo una política destinada a construir la arquitectura un estado nacional. Pero lo hizo sobre un dato poco recorrido, que lo pudo hacer merced a los cimientos previos dejados por Juan Manuel de Rosas. Como Rosas estuvo proscripto y estigmatizado para el tiempo que vino después de Caseros, todos los caminos condujeron al Zorro. Ya que historia siempre está en los matices, dos autores, paradójicamente, de línea revisionista nacional, trazaron una bisectriz en auxilio de un roquismo temprano. Arturo Jauretche y Jorge Abelardo Ramos consideraron a Roca como un caudillo que representó el federalismo de las provincias en oposición a los intereses de las elites porteñas, le quita la Aduana a Buenos Aires y la federaliza. Incluso, a su vez se ha valorado su incursión militar hacia la Patagonia con el objetivo de asegurar para la Argentina ese territorio disputado por los propios pueblos originarios,  Chile, Gran Bretaña y Francia. Sin embargo, el propio Jauretche, finalmente terminaría relativizando al general Roca. “Los políticos provincianos se aporteñaron rápidamente a la vez que se afincaban como estancieros de la provincia de Buenos Aires. Juárez Celman estanciero dejará pronto de ser el “burrito cordobés”, como Roca y Avellaneda han dejado de ser tucumanos”. 

La historia social también nos puede ayudar a comprender la época de Roca. El autor Milcíades Peña, de extracción marxista, plantea la combinación de una estructura capitalista adaptada al mercado y las relaciones de producción que se generaron en los grandes latifundios de los terratenientes fueron dos componentes más de esta dependencia económica que la llama desarrollo desigual y combinado. Por otro lado, el modelo agroexportador abrió todo un novedoso mercado de fuerza de trabajo que llegó al país donde se crearon los gérmenes sobre los cuales luego surgió el movimiento obrero argentino, introduciendo ideas anarquistas y socialistas que modelarían a las primeras generaciones obreras y sus formas de lucha. Lo dio cuenta un lúcido informe encargado en 1904 por el propio Roca al médico catalán Juan Bialet Massé: «El Estado de las Clases Obreras Argentinas».

En la valoración política, después de hacer pata ancha en la Patagonia apareció ante Buenos Aires como representante de las provincias para limitarla. Luego al hacerse del poder, se volvió estanciero y adquirió todos los contornos culturales y económicos de la regencia británica sobre el mundo. Roca y la “Generación del 80”, conformaron el estado, que siempre es la resultante de relaciones de poder, moldeado en base a garantizar esos intereses.  El episodio de soborno del pupilo de trece años frente al sereno del colegio se reconfiguró.

En lo ético, podría decirse que Roca admitió la esclavitud, casi setenta años después de que ésta hubiera sido eliminada por la  Asamblea del año XIII. Los episodios patagónicos fueron muy cuestionados, tanto, que un prominente miembro de esa misma clase política, quizás despavorido o quizás advirtiendo los reparos de la historia, el senador radical Aristóbulo del Valle, en 1884, pronunció un discurso querellando esta metodología de la crueldad aplicada en la Patagonia. “Hemos reproducido las escenas bárbaras, -no tienen otro nombre- las escenas bárbaras de que ha sido teatro el mundo, mientras ha existido el comercio civil de los esclavos. Hemos tomado familias de los indios salvajes, las hemos traído a este centro de civilización, donde todos los derechos parece que debieran encontrar garantías, y no hemos respetado en estas familias ninguno de los derechos que pertenecen, no ya al hombre civilizado, sino al ser humano: al hombre lo hemos esclavizado; a la mujer la hemos prostituido; al niño lo hemos arrancado del seno de la madre; al anciano lo hemos llevado a servir como esclavo a cualquier parte; en una palabra, hemos desconocido y hemos violado todas las leyes que gobiernan las acciones morales del hombre (…)” Se estaba discutiendo la campaña hacia el Gran Chaco. Allí no hubo más ejército de línea y ni carrozas de ocupación. Pero la ampliación de la frontera, en este caso de la madera, el azúcar y el algodón, nunca se detuvo. Y la política de represión adquirió el rostro de fortines y reducciones civiles y eclesiásticas indígenas.

Pero esta dimensión ética, tiene una prolongación en lo cultural. Se puede decir que Roca y la clase social de la cual termina representando, operacionalizaron culturalmente el libro que Sarmiento escribió en 1844. En Santiago de Chile, Domingo Faustino Sarmiento publicó: “Facundo. Civilización y Barbarie en las pampas argentinas”. A partir de Roca esa “y”, como conjunción; cambió por una “o”, como disyuntiva. Así Argentina, comenzó a ponerse de espaldas sobre sus propios orígenes. Los genocidios patagónicos, junto con las matanzas guaraníes de la “Guerra Guasú” y las masacres en el Gran Chaco forman parte de esa página ominosa.

Es evidente que para el formato argentino de cierto tipo de pensamiento liberal, a esa libertad profética no es relevante que la puedan gozar todas y todos. No importa si para llegar a ese estado de gracia, queden en el camino indias e indios, afroamericanos, empleados públicos, docentes o trabajadores de la construcción. Sin embargo, una vez más sostenemos, con Osvaldo Bayer,  que en la Historia finalmente, más temprano que tarde, triunfa siempre la Etica.

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