¿Y qué pasó con el hidrógeno?
La Patagonia no registra la llegada de los proyectos de hidrógeno que parecían inminentes. El exceso de entusiasmo no era realista y ahora hay que pensar en el hidrógeno de un modo más racional.
Por Juan Carlos Villalonga
Una pregunta que suele aparecer con frecuencia es: ¿qué sucedió con el hidrógeno? ¿Qué pasa que se desinflaron las prometedoras expectativas de los últimos años?
Es correcta la pregunta porque es claro que la cantidad de publicaciones, seminarios y anuncios que se sucedían hace tres años atrás difiere notablemente de lo que ocurre hoy.
¿El hidrógeno fracasó? ¿Fue todo una mentira? Bueno, veamos un poco lo que está ocurriendo.
La transición perdió prioridad
En los últimos años, la transición hacia una economía baja en carbono se ha desacelerado. Esto es así porque se ha producido un cambio político a escala global que ha corrido a la transición del foco de la atención internacional. Este proceso tiene su principal detonante en la segunda presidencia de Donald Trump, es decir, comienza a inicios del 2025.
En verdad, ya desde 2024, durante la campaña presidencial en los Estados Unidos, comenzaron a sucederse las primeras señales de un Trump que podía volver al gobierno con una agenda recargada contra toda política climática. Todas las alarmas resultaron ciertas, o se quedaron cortas.
La salida de Estados Unidos del Acuerdo de París, la desactivación de todo programa de apoyo a la transición en ese país, el desfinanciamiento de las agencias internacionales de desarrollo asociadas a la transición y el repudio constante y agresivo hacia las renovables generaron un cimbronazo a escala global. ¿Hasta dónde podría llegar? ¿Quiénes le seguirían?
El efecto Trump provocó un reforzamiento de las expresiones políticas asociadas al escepticismo climático; es el caso del gobierno de Milei en Argentina. El ascenso de esta agenda adversa a la transición comenzó a afectar negociaciones internacionales en curso, tal como la Hoja de Ruta para la descarbonización del transporte marítimo o, por ejemplo, la intensidad en el proceso de actualización de las NDC de los países en el marco del Acuerdo de París.
El ascenso de estas ideas generó incertidumbre en los gobiernos y en el sector industrial. El clima de la cooperación internacional, el rol de las agencias internacionales y la agenda de la banca multilateral ingresaron en un período de incertidumbre y reposicionaminto.
Al mismo tiempo, esta nueva presidencia de Trump inició un proceso de inestabilidad geopolítica extraordinaria. Por ejemplo, esto implicó un período de incertidumbre, conflictos y de reacomodamientos dentro de la OTAN; inició una ronda inesperada de negociaciones en torno a aranceles y acuerdos comerciales con el resto del mundo; inició inesperados conflictos regionales (Ej. Groenlandia, Panamá, México); y una agitada e incierta lógica de intervención en el conflicto de Medio Oriente. Sumemos las idas y vueltas con Ucrania, Rusia, Venezuela, China y la Unión Europea. Hace casi dos años que el mundo está en una dinámica caótica.
Es en este nuevo contexto que las prioridades políticas y estratégicas del mundo entero están en revisión. Es bastante lógico, entonces, que la agenda de la transición se vea alterada y, en muchos casos, ralentizada.
El hidrógeno verde o de bajas emisiones representa una tecnología inherente a la transición energética, a la descarbonización de aquellos sectores económicos e industriales que presentan mayores dificultades para ser electrificados. Estamos hablando de la petroquímica, la siderurgia, transporte marítimo y aéreo, transporte pesado de largas distancias y otros usos energéticos.
Entonces, mientras se atraviesa un período de incertidumbres o desaceleración de la transición, es bastante previsible que la agenda del hidrógeno ingrese también en un período de desaceleración y de reprogramación de proyectos.
En la nota ¿De qué hablamos cuando hablamos de hidrógeno verde?, hice algunas reflexiones sobre la necesidad de alinear expectativas con esta nueva realidad. Para decirlo de manera sencilla: “Sin política climática, hay que olvidarse del hidrógeno verde”.
La industria del hidrógeno en el mundo real
Esta nueva realidad que comenzamos a transitar desde mediados de 2024 no significó que la incipiente industria del hidrógeno a escala global se haya detenido. Lo que sucede es que los programas gubernamentales de promoción e impulso a la industria se redimensionaron y bajaron las expectativas de un despegue acelerado del mercado del hidrógeno verde.
Así tenemos una reprogramación en las estrategias en Europa y también, por ejemplo, en las hojas de ruta o programas de desarrollo de países de la región como Chile, Uruguay o Brasil. Las expectativas volvieron a colocarse en un plano mucho más realista, más alineadas con las condiciones de partida que la industria supuso originalmente.
Si uno observa los plazos para el despegue del mercado del hidrógeno verde que originalmente se trazó la industria y las agencias de desarrollo, siempre se estimó que el mercado del hidrógeno comenzaría a estructurarse a partir de la década de 2030. La etapa de aparición de un mercado global, el que más nos interesa a nosotros como potencial país exportador, se iniciaría no antes de 2035, más cerca de 2040.
En algún momento de los últimos años, un gran número de empresas, desarrolladores e inversionistas salieron a ganar posiciones para prepararse para esta nueva etapa del desarrollo de las renovables asociadas al hidrógeno verde. Esto generó una oleada de desarrolladores de proyectos que llegaron a la Argentina, así como a otros países de la región, a comenzar a estructurar acuerdos de arrendamiento o adquisición de tierras con el propósito de estudiar factibilidad para infraestructura para el hidrógeno. El mismo fenómeno ocurrió en distintas regiones del planeta.
Para darnos una idea de esta etapa, solo en la provincia de Santa Cruz se estima en alrededor de 500.000 hectáreas las tierras asociadas a proyectos de hidrógeno.
¿Esos proyectos se realizarán? Dependerá de varios factores. Por ejemplo, de la viabilidad de los recursos renovables (eólico/solar) y la infraestructura disponible; de la evaluación de los costos de producción que se puedan estimar y las condiciones macroeconómicas y regulatorias existentes en el país al momento de cerrar un futuro acuerdo comercial. Lo más importante, ¿en qué momento el precio del mercado global del hidrógeno se acercará a los costos de producción local? Es decir, una larga cadena de incógnitas que no permiten dar certezas a priori. Hay que atravesar cada etapa, sin saltarse ninguna.

Al fin se desinfló el “hype”
Desde el momento en que el hidrógeno irrumpió en las noticias, las expectativas políticas y la ansiedad del público alimentaron lo que en inglés se denominó el “hype” del hidrógeno. Esto es una excesiva promoción del hidrógeno como producto milagroso, muy altas expectativas de inversiones casi instantáneas y una excitación por hacer anuncios de alto impacto y luego, una casi inevitable etapa de desencanto frente a la desmesura previa.
Tomemos como ejemplo el inicio del hype en Argentina. En 2021, el Gobierno Nacional y el de la Provincia de Río Negro se entusiasmaron con la llegada de una empresa que podría desarrollar un proyecto de hidrógeno; el verbo potencial desapareció y se comenzó a anunciar una inversión de 8.400 millones de dólares en la prensa nacional y se fue a la COP26, en Glasgow, Escocia, a hacer una conferencia de prensa anunciando la inversión.
Todos sabíamos que para que esa inversión pudiera desarrollarse faltaban no menos de 10 años, si es que resultaba competitiva alguna vez. La excitación por realizar anuncios comenzó en ese momento y no paró hasta hace poco.
El problema del hype es que envía mensajes equivocados y genera frustración. Durante estos años hubo un exceso de anuncios, miles de millones de dólares revoleados al aire y millones de toneladas de producción de hidrógeno prometidos.
El mensaje es confuso porque supone que habrá una lluvia de inversiones sin necesidad de hacer mucho.
El fin del hype debe hacernos volver a la mesura. Hay que focalizar las energías en generar las condiciones para que, a partir de 2030, en 2035 o en el momento que ocurra en que el mercado global del hidrógeno comience a rodar, haya en Argentina proyectos bien diseñados y con costos tales que les permitan ser competitivos. Tenemos que diseñar un marco regulatorio pensado con realismo; no se puede apresurar a la industria a cumplir plazos que de ningún modo estamos en condiciones de abreviar.
La industria del hidrógeno sigue muy activa. Los países de la región están hoy más enfocados en sus mercados internos para ganar luego escala en la próxima década. Europa redimensiona sus inversiones, pero no discontinúa su proyecto industrial. La India y el Norte de África están entre los más agresivos en cuanto a costos de producción. Emergen nuevos jugadores como es el caso de China que, ante la retirada de Estados Unidos, promete convertirse en potencia tecnológica en este rubro también.

Conclusión
Tenemos hoy un contexto global adverso para el desarrollo de políticas industriales asociadas a la transición energética. Para tecnologías como las renovables, baterías y movilidad eléctrica, el contexto no afecta mucho porque se trata de tecnologías maduras y ya muy competitivas a los actuales costos. Pero para el caso del H2, donde se hace necesario el empuje gubernamental para crear las condiciones para que el mercado comience a caminar, el contexto adverso es muy impactante.
Todo indica que la transición sigue su curso y que el ritmo se intensificará nuevamente en los próximos años. Las industrias tecnológicas sostienen sus desarrollos e investigación en torno al hidrógeno y sus múltiples aplicaciones.
Los grandes programas gubernamentales de desarrollo industrial del hidrógeno, como es el caso de Europa como en China, siguen activos, aunque sin la premura de los últimos años. En cualquier escenario de transición, el aporte del H2 comienza a ser significativo hacia finales de la década de 2030.
En el plano local, el fin del hype debe permitirnos pensar con más racionalidad y menos estridencia el diseño de una política de largo plazo para colocar a Argentina en esta industria global. Si no tenemos un plan de desarrollo, nos quedaremos afuera. Esto implica un marco regulatorio de largo plazo, generar proyectos de menor escala para lograr conocimiento y reducción de costos y articular una política de cooperación internacional con potenciales compradores.