Recuperación histórica: avanza el Astillero de Comodoro y proyecta más
Rusia, Ucrania y Occidente en su hora crítica
Por Alberto Hutschenreuter
Doctor en Relaciones Internacionales. Ha sido profesor en la Escuela Superior de Guerra Aérea, en la UBA y en el Instituto del Servicio Exterior (ISEN). Su especialidad es la geopolítica. Su último libro, publicado por Editorial Almaluz en 2023, se titula «El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre».
Lo verdaderamente novedoso en la nueva fase de la guerra ruso-ucraniana son las varias capas de sanciones que se aplicarán a Rusia, las que, si llegan a ser eficientemente coordinadas, pues se pretende que el barril de petróleo ruso tenga un valor menor que el del mercado, podrían impactar en el corazón de la economía rusa, es decir, afectar los ingresos por venta de petróleo, gas y metales.
Las sanciones se impulsan en un momento en que la economía rusa se dirige hacia una recesión y cuando el principal índice favorable es la caída de la tasa de desempleo, la que desciende por la fuerte actividad del sector industrial/militar, el sector «clásico» de la economía en tiempos soviéticos y que hoy vuelve a serlo. Pero también ha vuelto a Rusia un viejo problema: la baja productividad en la economía, sin duda, la principal causa de la lenta erosión de la economía soviética, la que, junto a otras situaciones, como la desmedida expansión geopolítica global en los setenta sin el necesario cuidado geoeconómico, fueron determinantes para que la URSS no pudiera competir con Occidente y finalmente se fracturara.
Algo de ello hay actualmente, pues la ola de ofensivas y operaciones exteriores que Rusia ha llevado adelante durante la última década acabaron debilitándose, por caso, su proyección a Siria o su ascendente en la zona del Cáucaso, donde se ha posicionado una semi potencia media como Azerbaiyán, apoyada por el creciente poderío de Turquía, y se ha relajado el vínculo con Armenia. Además, es cierto que las relaciones con China son buenas, pero de China no han llegado las inversiones y la transferencia tecnológica como se esperaba. Más preocupante todavía, Rusia se ha vuelto más dependiente del país asiático en materia de exportaciones e insumos, hecho que inquieta a Moscú, pues Pekín si algo no quiere son posibles medidas que afecten sus ventas a los grandes mercados regionales.
Volviendo a las sanciones adoptadas recientemente, otras de las medidas occidentales consisten en la desconexión de una veintena de bancos rusos del sistema SWIFT (Society for Worldwide Interbank Financial Telecommunication), el cese del flujo de energía por los Nord Stream y el impedimento de la circulación de los «barcos en la sombra» que transportan petróleo ruso.
La otra novedad podría ser el posible suministro de nuevos armamentos a Ucrania para llevar a cabo ataques de profundidad, aunque ello entraña la siempre riesgosa escalada., pues, como bien advierte el experto Andrew Davison, se podría pasar a un «nivel tres» en la confrontación, esto es, un ataque ruso generalizado sobre Ucrania con el propósito de hacer colapsar a Ucrania.
El problema actual de la guerra es la posición prácticamente irreductible de las dos partes: para Rusia solo puede haber acuerdo si se cumplen tres condiciones: una garantía de no ampliación de la OTAN, la adopción de un status internacional de neutralidad por parte de Ucrania y la conservación de las capturas territoriales rusas. Para Ucrania/OTAN, Rusia debe retirarse del territorio ucraniano y Ucrania contar con un sistema de protección militar internacional.
Para Rusia, este último escenario equivaldría a qué se haga realidad el denominado «espectro 1905», es decir, una derrota y humillación como la sufrida por Rusia ante Japón aquel año estratégico en la historia rusa, pues a partir de allí se produjeron sucesos que acabaron con la monarquía y la siguiente captura del poder por parte de los bolcheviques.
Pero para Ucrania/Occidente, tampoco es aceptable otra salida en la guerra; porque si Rusia lograra imponer sus propósitos, el impacto, salvando diferencias, implicaría una reparación estratégica rusa de escala en la pugna que Occidente y Rusia mantienen desde el mismo final de la Guerra Fría, cuando Occidente consideró que ese final no significaba que Rusia no sería, eventualmente, una nueva amenaza a su supremacía.
