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 Riesgo Kicillof o riesgo Milei
Columnistas Sergio Mammarelli

Riesgo Kicillof o riesgo Milei

4 octubre, 2026

Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

La economía empezó a discutir con el Presidente. Y, por primera vez, el Presidente parece dispuesto a insultar también a la economía.

Durante meses, el Gobierno explicó cada sobresalto financiero con una fórmula: «riesgo Kicillof». La posibilidad de que el Gobernador bonaerense llegue a la Presidencia en 2027 inquietaría a los inversores y bastaría para justificar la suba del riesgo país, la cautela empresarial y la postergación de decisiones. La explicación tiene una dificultad que el propio Milei debería resolver: ¿cómo puede infundir tanto miedo alguien a quien calificó de «pelotudo»?

Tal vez el mercado no comparta el diagnóstico presidencial sobre Kicillof. O tal vez esté mirando algo más incómodo: la posibilidad de que el deterioro económico del Gobierno convierta a Kicillof en una alternativa competitiva. En ese caso, el riesgo Kicillof sería, al menos en parte, una consecuencia del riesgo Milei. Uno alimenta al otro.

El mejor año siempre es el próximo

Javier Milei volvió a hablarle al mundo en su paso por la ONU y a los argentinos, mientras tanto, nos pidió que esperemos hasta 2028. Intentemos realizar una síntesis de lo sucedido en las últimas semanas en nuestro país.

En la Asamblea General de las Naciones Unidas, el Presidente se presentó como un dirigente dispuesto a discutir el rumbo de Occidente, denunció la inutilidad del organismo, reivindicó la causa Malvinas y ofreció a la Argentina como futura potencia de la inteligencia artificial. En la sala mientras tanto, no había casi nadie escuchando.

Al día siguiente, ante inversores en Nueva York, prometió que, si lo reeligen en 2027, 2028 será «el mejor año económico de la historia». Entre ambos discursos, el INDEC difundió que la pobreza había vuelto a subir.

Hay que reconocerle a Milei una capacidad singular: convertir cada dificultad del presente en una razón para hablar del futuro. El problema es que los argentinos viven, trabajan, pagan las cuentas y buscan empleo en 2026.

Cuántas veces ya escuchamos esa promesa y cuántas todavía seguiremos escuchando hasta las próximas elecciones? En mi caso, sinceramente, me produce una verdadera situación de hartazgo y creo que lo mismo les sucede a muchos argentinos.

Un líder global según quién

La intervención presidencial ante la ONU tuvo un tramo atendible. La Argentina debe sostener su reclamo de soberanía sobre Malvinas y cuestionar la explotación unilateral de recursos en el área en disputa. Milei lo hizo, llamó al Reino Unido a negociar y anunció acciones jurídicas y legislativas. Sería injusto borrar ese contenido para quedarse únicamente con el tono del discurso.

Pero reclamar por Malvinas exige algo más difícil que pronunciar palabras fuertes: construir apoyos. Y allí aparece la contradicción. El Presidente necesita a la comunidad internacional para que una resolución tenga consecuencias, mientras dedica parte de su exposición a descalificar al organismo ante el cual reclama. Puede ser una forma eficaz de producir titulares en la Argentina. Sin embargo, es intrascendente para modificar la posición británica o sumar países a nuestra causa.

La ambición de mostrarse como intérprete del destino de Occidente solo lo mostró como un presidente arrodillado más allá de los insultos y levantar la voz.

La prosperidad tiene fecha electoral

La promesa de 2028 merece leerse con mucho más detenimiento. Milei no dijo simplemente que la economía mejorará. Sujetó «el mejor año económico de la historia» a que su Gobierno gane otro mandato. La recuperación quedó ubicada después de las elecciones en las que pedirá el voto para continuar.

Es una apuesta política comprensible, aunque poco creíble. Después de casi tres años de gestión, el Presidente vuelve a pedir tiempo. Si la bonanza depende siempre de atravesar primero la próxima elección, la promesa deja de tener plazo verificable.

Por qué estamos mal si estamos tan bien

Una encuesta de Proyección Consultores ofrece una respuesta que comienza a preocupar a unos y alentar a otros. El 50% de las personas consultadas dijo que la economía de su familia empeoró en los últimos meses y otro 20,7% respondió que seguía «igual de mal». Suman 70,7% sin una experiencia de mejora. No son siete de cada diez que dicen haber empeorado, pero tampoco son siete de cada diez dispuestos a celebrar la marcha económica.

La percepción, lejos de estar equivocada, tiene un respaldo concreto. La pobreza alcanzó al 32,3% de las personas en el primer semestre de 2026: 4,1 puntos más que en la segunda mitad de 2025 y 0,7 puntos más que un año antes. También corresponde decir que continúa por debajo del 41,7% registrado al final de 2023. Los dos hechos son ciertos. Lo políticamente decisivo esta semana es que la mejora que el Gobierno exhibía se interrumpió y retrocedió.

La desocupación llegó al 7,9% en el segundo trimestre. El PIB creció 2% frente al mismo trimestre de 2025, pero cayó 0,6% frente al trimestre inmediatamente anterior. En esa última comparación, el consumo privado bajó 2,4% y la inversión fija, 0,8%. En julio, el estimador de actividad retrocedió 2,9% frente a junio. Por eso, decir que «toda la economía se contrae» sería impreciso; decir que la actividad, el consumo y la inversión muestran señales recientes de contracción está respaldado por los registros oficiales.

A esa fotografía hay que agregarle el trabajo de peor calidad y la presión sobre quienes ya tienen empleo, pero necesitan otro ingreso. Una economía puede crecer en sus grandes cifras y dejar a demasiada gente buscando horas adicionales, aceptando tareas precarias o viendo cómo los gastos esenciales se llevan el sueldo. Las estadísticas no desmienten esa experiencia: permiten entender por qué la promesa de prosperidad no llega de la misma manera a todos los hogares.

Y aquí está el núcleo del problema político. El Gobierno puede discutir una décima de crecimiento, el período más conveniente para comparar la pobreza o el rendimiento futuro de Vaca Muerta. Lo que no puede hacer es pedirle a una familia que sustituya su propia cuenta de fin de mes por un pronóstico presidencial. Cuando el relato y la experiencia cotidiana divergen, el error puede estar en los números, en la interpretación o en las políticas. Tratar al ciudadano como si fuera incapaz de comprender su situación es la respuesta menos inteligente.

Dos amenazas, una misma debilidad

El deterioro de la economía cotidiana también empezó a ordenar el escenario electoral. En la encuesta de Proyección realizada a comienzos de septiembre, Milei obtuvo 40,8% y Axel Kicillof 40,2% ante un balotaje hipotético: una diferencia menor que el margen de error del estudio. Eso no anticipa el resultado de una elección que falta más de un año en celebrarse. Sí muestra que la reelección presidencial ya no puede presentarse como un trámite y que Kicillof aparece como competidor posible.

Milei respondió desde Nueva York con un insulto al Gobernador bonaerense. Quizás logre entusiasmar a su núcleo más fiel. Pero un adversario electoral que se aproxima en las encuestas no desaparece porque el Presidente lo ridiculice. Al contrario: cuanto más se lo convierte en el centro del discurso oficial, más se lo reconoce como rival.

El otro problema está dentro de su propio espacio de apoyo. Patricia Bullrich viene marcando diferencias sobre el presupuesto, la sensibilidad social y decisiones institucionales. Su autonomía tiene un valor político específico: puede hablarles a votantes que apoyaron a Milei sin aceptar cada rasgo de su Gobierno. Dos mediciones de septiembre la ubicaron incluso con una imagen positiva apenas superior a la del Presidente. No hay una ruptura consumada ni una candidatura presidencial declarada. Hay algo suficiente para inquietar a cualquier oficialismo que busca reelegir: una aliada con voz propia y con público propio.

Kicillof le disputa a Milei la representación del descontento desde afuera. Bullrich puede expresarlo desde adentro. Ninguno de los dos explica por sí solo las dificultades del Gobierno. Son síntomas de la misma pregunta que crece en los hogares: cuánto tiempo más se puede pedir confianza antes de que la mejora prometida se vuelva reconocible?

El Presidente viajó a Nueva York para explicarles a dirigentes e inversores el país que imagina construir. A su regreso encontró el país que tiene que gobernar. Allí viven quienes no pueden esperar al mejor año de la historia para pagar el alquiler, conservar el empleo o llenar la heladera.

En definitiva, tal vez Milei consiga que 2028 sea extraordinario. Antes tendrá que responder una pregunta bastante menos espectacular: ¿por qué necesita que lo reelijan para que los argentinos empiecen a estar mejor?

En las empresas ocurre algo parecido. Un relevamiento del Centro CEPA sobre registros de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo muestra que entre noviembre de 2023 y junio de 2026 había más de 30.000 empleadores menos y 434.126 trabajadores registrados menos en unidades productivas. La baja neta de empleadores no significa que cada firma haya quebrado: algunas pueden haber dejado de contratar personal o salido del registro por otros motivos. Pero tampoco permite hablar de una expansión generalizada de la capacidad de dar trabajo. La industria, el comercio, el transporte y la construcción aparecen entre los sectores más castigados. En la Patagonia sabemos que detrás de cada empresa que desaparece hay proveedores, oficios y familias; una inversión energética no reemplaza automáticamente esos empleos en cada pueblo.

La morosidad completa la escena doméstica. En julio, según el Banco Central, el 12,9% del crédito a las familias estaba en situación irregular; en las empresas, el indicador era del 3,6%. El propio BCRA señala que los bancos conservan capital y cobertura para absorber pérdidas. Esa precisión importa: la cifra no anuncia una crisis bancaria. Sí revela a hogares a los que les cuesta cada vez más pagar lo que ya consumieron.

Y finalmente está la actividad. El PIB cayó 0,6% entre el primero y el segundo trimestre de 2026; en ese segundo trimestre, la inversión retrocedió 0,8% respecto del anterior. En julio, el estimador mensual de actividad se desplomó 2,9% frente a junio, en la serie desestacionalizada. Aún falta saber qué ocurrió en agosto y septiembre: hoy no puede darse por confirmada una recesión técnica, que exige dos trimestres consecutivos de caída. Pero, tras casi tres años de gobierno, millones de argentinos y numerosos sectores productivos ya viven una economía recesiva. La distinción estadística es necesaria; usarla para desmentir lo que sucede en la calle sería una trampa.

El Presidente eligió una respuesta singular. Ante el derrumbe de julio, sostuvo que los indicadores «están arrojando cualquier cosa». Argumentó que los cambios estructurales vuelven menos confiables las series desestacionalizadas y prefirió señalar la medida de tendencia, que aún mostraba una leve suba. Es legítimo debatir métodos estadísticos. Pero cuando el mismo organismo que ayer servía para celebrar la baja de la inflación hoy publica un dato adverso, el Gobierno necesita una explicación mucho más sólida que su disgusto. Después de los periodistas «ensobrados» y los economistas deshonestos, ¿les toca ahora a los datos?

Tampoco ayuda llamar «calificación» a cualquier decisión de JPMorgan. El banco no rebajó la calificación crediticia soberana argentina en la noticia que circuló estos días: recortó su pronóstico de crecimiento para 2026 del 2,7% al 1,5% y proyectó una contracción en el tercer trimestre. Puede equivocarse. Pero su revisión se produjo después de conocer los datos de actividad, no después de descubrir que Kicillof existe. Mientras tanto, el riesgo país, que a comienzos de septiembre había perforado los 500 puntos, superó los 600 al cierre de la semana pasada y volvió a subir este lunes. Atribuir toda esa trayectoria a un único candidato opositor simplifica una desconfianza que también alcanza al presente.

Hay otro número que ningún ministro puede corregir con una conferencia de prensa. El Índice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella cayó en septiembre a 1,94 puntos sobre cinco, un 5,9% menos que en agosto. Empató así los registros más bajos de la presidencia de Milei, observados en septiembre de 2025 y julio de 2026. El índice mide la confianza pública en la gestión; no es una encuesta de intención de voto ni anuncia por sí mismo quién ganará en 2027. Lo que muestra es un desgaste político: cada vez cuesta más pedir paciencia para un bienestar que siempre se muda al año siguiente.

Aquí entra Patricia Bullrich. Su planteo de conservar el rumbo económico y conseguir que sus resultados lleguen a la gente puede leerse como una advertencia desde dentro del oficialismo. Si el equilibrio fiscal debe ser acompañado por más empleo, crédito pagable, inversión productiva y sensibilidad social, entonces el modelo necesita cambios que van más allá de mejorar su propaganda. Bullrich todavía debe precisar cuáles serían, quién asumiría sus costos y hasta dónde estaría dispuesta a discutirlos con Milei.

De allí nace una pregunta para 2027 que hace pocos meses parecía impensable. Si el proyecto requiere una corrección profunda, ¿puede conducirla el Presidente que considera un error de medición cada resultado que contradice sus pronósticos? ¿Puede conducirla Bullrich sin explicar qué parte del ajuste avaló y qué parte cambiaría? Y del otro lado, ¿puede Kicillof transformar el malestar en una propuesta capaz de ordenar precios, cuentas públicas e inversión, además de oponerse a Milei?

Ninguno tiene todavía resuelta esa prueba. La baja de la inflación y el orden fiscal son activos del Gobierno. La destrucción de empleadores, el deterioro laboral, la mora y la pobreza que vuelve a crecer son parte de su balance también. Kicillof tiene derecho a señalar esos costos; deberá demostrar qué haría para no repetir los desequilibrios que llevaron a los argentinos a votar por Milei. Bullrich puede reclamar correcciones; deberá decir cuáles son antes de presentarse como su intérprete natural.

Por eso el peligro político no cabe en una sola etiqueta. Si Milei insiste en que todo fracaso es «riesgo Kicillof», puede terminar haciendo campaña por su adversario. Si Kicillof cree que le alcanzará con esperar el fracaso de Milei, puede devolverle al Presidente el único argumento electoral que todavía conserva: el miedo al pasado.

La Argentina corre el riesgo de llegar a 2027 obligada a elegir entre dos amenazas que se necesitan mutuamente. La pregunta que empieza a faltar no es a quién debemos temerle más, sino quién está dispuesto a hacerse cargo de lo que los números ya dicen.

Milei sabe entrenar. Pero ¿sabe jugar?

Javier Milei es economista. Conoce la teoría, domina sus argumentos y puede explicar durante horas por qué, según su visión, la Argentina fracasa. Pero gobernar un país se parece bastante menos a rendir un examen que a salir a una cancha donde el rival también juega.

En el entrenamiento se ensayan movimientos. Se repite una jugada hasta que sale perfecta. Nadie te cambia las reglas a mitad del ejercicio ni te obliga a improvisar porque uno de tus jugadores se lesionó. En la cancha, en cambio, aparece la realidad: te presionan, te cierran los espacios y el partido empieza a tomar una forma que no figuraba en el pizarrón.

Milei parece convencido de que, si el resultado no coincide con su teoría, el problema está en el partido. Pero a un presidente no lo eligieron para demostrar que tenía razón en el entrenamiento. Lo eligieron para gobernar la Argentina que existe.

Hay un antecedente político que Milei debería mirar con menos desprecio: Mauricio Macri. Llegó a la presidencia en una segunda vuelta con el apoyo de millones de argentinos que querían dejar atrás una forma de ejercer el poder. Gobernó con una coalición más amplia y con un estilo muy distinto del de Milei. Aun así, no consiguió transformar ese respaldo inicial en una mayoría capaz de sostenerlo cuatro años después: perdió la elección presidencial de 2019. Milei también llegó al poder mediante un balotaje, luego de reunir votos propios y votos prestados por quienes preferían evitar el regreso del Peronismo al gobierno. Las dos historias tienen diferencias evidentes. La semejanza que importa es otra: ganar una segunda vuelta no equivale a recibir un cheque en blanco para todo lo que viene después.

Entre esos votos hay argentinos que creen necesario ordenar las cuentas públicas, terminar con privilegios y dejar de gastar dinero que el Estado no tiene. El Presidente haría mal en confundir esa convicción con una disposición ilimitada a soportar pérdidas. Una persona puede estar de acuerdo con el equilibrio fiscal y, al mismo tiempo, quedarse sin trabajo. Puede defender la estabilidad y descubrir que ya no le alcanza para sostener su negocio. Puede haber votado un cambio profundo y empezar a preguntarse cuánto tiempo más debe esperar para que el cambio también mejore su vida.

Ahí aparece el dolor. No como una categoría ideológica, sino como una experiencia concreta: la cuota que no se puede pagar, el comercio que vende menos, el hijo que trabaja sin estabilidad, la jubilación que obliga a elegir qué gasto postergar. Ningún presidente puede responderles a esas personas que todavía no entienden la jugada. La entienden perfectamente. Son quienes están poniendo el cuerpo.

El mejor argumento a favor de Milei merece ser tomado en serio. La Argentina acumuló durante décadas inflación, déficit, endeudamiento y promesas de prosperidad financiadas con una cuenta que siempre terminaba pagando otro. Era razonable esperar decisiones difíciles. Sería irresponsable pedirle al Gobierno que abandone cualquier disciplina apenas aparece una mala noticia.

Pero precisamente porque las decisiones son difíciles, gobernar exige medir sus efectos y corregirlas cuando corresponde. Una reforma no se vuelve acertada por el hecho de ser dolorosa. Tampoco se vuelve equivocada únicamente porque encuentre resistencia. Su mérito se verifica en lo que logra, en el tiempo que demanda y en cuántas personas pueden llegar de pie hasta sus resultados.

Milei suele hablar como si admitir un problema fuera concederles la victoria a sus adversarios. Ese es un error de conducción. Cuando cae la actividad y vuelve a subir la pobreza, un presidente necesita averiguar qué está fallando, qué puede sostener y qué debe cambiar. Insistir en la misma jugada por fidelidad al pizarrón puede ser una muestra de coherencia. En una cancha, también puede ser la manera más previsible de perder.

La Argentina conoce demasiado bien el desenlace de los entusiasmos que no logran convertirse en resultados duraderos. Un sector de la sociedad pide un cambio, acompaña el esfuerzo inicial y después se aleja cuando siente que el sacrificio no tiene horizonte. No hace falta atribuirle frivolidad ni falta de carácter. Los gobiernos le piden paciencia a gente que ya venía agotada antes de que ellos asumieran.

Milei todavía tiene tiempo para evitar que esa película se repita. Para hacerlo, debería tratar a quienes se quejan como ciudadanos a los que debe responder, incluso cuando lo votaron y especialmente cuando empiezan a dudar. Tendría que aceptar que la economía es una herramienta para gobernar, y que gobernar también requiere negociación, atención al territorio y capacidad de rectificar.

Saber economía importa. Saber escuchar cuando la realidad contradice el pronóstico importa más. El Presidente puede seguir explicando desde el banco de suplentes por qué su esquema era perfecto. Pero el partido se está jugando ahora, y los argentinos no pueden esperar hasta 2027 para enterarse de si el técnico aprendió a hacer un cambio.

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