Los frentes de disrupción en Ucrania: geopolítica, guerra y geoeconomía
Por Alberto Hutschenreuter
Doctor en Relaciones Internacionales. Ha sido profesor en la Escuela Superior de Guerra Aérea, en la UBA y en el Instituto del Servicio Exterior (ISEN). Su especialidad es la geopolítica. Su último libro, publicado por Editorial Almaluz en 2023, se titula «El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre».
En pocos años, Ucrania transitó dos procesos de disrupción mayor para un actor: geopolítica y guerra, a los que podrían sumarse ahora la geoeconomía, pues está llegando la hora de asumir costos de sostenimiento en guerra, y para ello sus ricos recursos naturales pasarán a jugar un papel central.
La geopolítica como disrupción hay que considerarla desde el reto que asumió Kiev cuando se mostró dispuesta a alterar su condición de actor pivote en Europa del este, es decir, un país ubicado en una zona selectiva, pues, como señala el geopolitólogo Robert Steuckers, históricamente ha sido una «región puerta»; pero desde su independencia a principios de los años noventa tal estatus implicó, considerando el vecino hegémono sensible regional, Rusia, el despliegue de una sutil diplomacia basada en la deferencia, esto es, cierto cuidado en materia de política exterior y seguridad, casi como la que ejerció por décadas Finlandia (que hoy forma parte de la OTAN) sin que por ello dicha condición haya afectado su soberanía.
Con la llegada de Volodímir Zelensky a la presidencia de Ucrania en 2019, Ucrania descartó toda política exterior y de seguridad que no fuera convertir al país en un miembro de la OTAN. En otros términos, y siempre considerando su ubicación, Kiev adoptó una geopolítica prácticamente revolucionaria.
Por su parte, la Alianza Atlántica no sólo no puso límites al propósito de Ucrania, sino que pocas semanas antes del 24 de febrero de 2022 reafirmó el destino de ese país en su seno.
Por ello, desde la geopolítica, es decir, desde la relación entre intereses políticos, territorios y poder, esa opción de vía única por parte de Ucrania acabó siendo disruptiva en su mayor grado, la guerra.
En efecto, siendo Rusia el poder terrestre no sólo mayor, sino el más sensible, pues, aunque sea un país grande ello no significa que sus gobernantes lo sientan seguro, toda vez que perciba movimientos desafiantes en sus zonas rojas, esto es, el cordón sanitario en su frontera oeste y sur (Bielorrusia, Ucrania y Georgia) como así en su «bajo vientre», las ex repúblicas soviéticas centroasiáticas, pondrá en marcha «medidas contraofensivas de defensa».
Por ello, cuando sus demandas para evitar la intervención militar no fueron consideradas por Occidente (algún aval de Bruselas relativo con no continuar la ampliación de la OTAN y el restablecimiento de algunos de los puntos de los Acuerdos de Minsk), Moscú puso en marcha la operación militar.
La guerra, como casi siempre, mostró el fracaso de la diplomacia; y para los dos actores eslavos, pero sobre todo para Ucrania donde tiene lugar la misma, las secuelas humanas y materiales han sido enormes.
Además, el desplome de la seguridad regional y continental que implicó la guerra es una cuestión que requerirá esfuerzos que se traducirán en el rearme y la concentración de capacidades en la franja que se extiende desde el norte de Finlandia hasta Turquía.
Como dice John Mearsheimer, la guerra es una técnica para ganar poder. Ucrania hizo un gran desafío cuando innecesariamente fijó el destino geopolítico y estratégico nacional en la OTAN.
Al no prevalecer en la contienda, difícilmente Kiev pueda evitar la mutilación territorial. Además, difícilmente también sea parte de la Alianza (aunque con el tiempo sí tal vez lo sea de la Unión Europea), algo que nos lleva a preguntarnos por qué la OTAN no lo advirtió antes de la invasión evitando así el desastre.
Finalmente, el segmento geoeconómico no llega a ser disruptivo para Ucrania, pues se habla de explotar conjuntamente con Estados Unidos riquezas minerales invaluables del país de Europa del este (Ucrania concentra el 5 por ciento de las riquezas minerales del globo, aunque muchos depósitos son de muy difícil acceso. Según la Oficina Geológica de Estados Unidos, en el país hay más de 50 minerales críticos).
Pero la rentabilidad no será en su mayoría para restablecer la infraestructura nacional prácticamente destruida, sino para saldar deudas (con Estados Unidos) que sobrepasan los 120.000 millones de dólares.
En alguna medida, el eventual final de la guerra sería funcional para Estados Unidos, pues tras las grandes ganancias que reportó la misma a las compañías de armas, ahora es el turno de capturar recursos estratégicos.
Seguramente Rusia hará lo propio en sus «Nuevas Regiones» (el – ¿ex? – este y sur de Ucrania), evidenciando así una vez más lo que Helio Jaguaribe denominó una nueva era global de «imperialismo de suministro», una carrera en la que hace tiempo China viene extendiéndose a través de una doble condición geopolítica, terrestre y naval.
