LA ARGENTINA AL REVÉS
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
El que manda no lidera, el que ejecuta conduce, y un pastor desde California viene a salvar la patria. La épica del insulto comienza a cansarnos a todos.
Hay países que se gobiernan al derecho. En ellos, el presidente preside, el vocero vocea y la sociedad, cuando se enoja, es escuchada. La Argentina, en cambio, ha perfeccionado un sistema alternativo y propio: el presidente se inmola por el vocero, la que era ministra conduce desde el Senado, y un pastor evangelista radicado en California, que llena estadios con mensajes de fe y esperanza, es medido por las consultoras como posible presidente de la Nación. Bienvenidos al reino del surrealismo político criollo, donde los roles están perfectamente intercambiados y nadie parece advertirlo o, peor aún, a nadie parece importarle.
Empecemos por el centro de la escena, que es también el centro del desastre. Javier Milei salió en televisión y, sacado, puso sus manos y su presidencia en el fuego por Manuel Adorni. Se encadenó al salvavidas de plomo: se obligó a sostenerlo en el cargo al precio de seguir despellejándose: “Ni en pedo se va”, declaró el Presidente con esa precisión quirúrgica que lo caracteriza cuando el lenguaje del llano reemplaza al del argumento.
El problema no es solo Adorni. El problema es lo que esa defensa revela sobre el Presidente que la ejerce. Milei no lo respalda a través de voceros que podrían saltar como fusibles más o menos inocuos si las evidencias terminaran por condenar al investigado, sino que lo hace él mismo, eliminando de un plumazo todos los escudos que, según las máximas que rigen la política, se colocan delante del Jefe de Estado para protegerlo. En la política convencional existe una sabiduría acumulada: los presidentes no mueren en la colina de sus subordinados. Milei, consecuente hasta el delirio, también rompió esa regla.
Lamentablemente, los números no mienten. El 79,9% considera que el caso Adorni afecta “mucho” o “algo” el principal argumento moral con el que Milei llegó al poder: ser una figura “anti casta” y “anticorrupción”. El 46,4% de los que votaron a La Libertad Avanza en el balotaje de 2023 afirman que el caso empeoró la imagen que tenían del Gobierno. Dicho de otro modo: no es la oposición la que sangra al oficialismo. Es el oficialismo el que se autoinflige la herida y luego culpa al periodismo por haberla fotografiado.
Pero la Argentina al revés tiene un segundo protagonista, y este resulta aún más revelador. Patricia Bullrich, la mujer que durante años fue candidata presidencial sin ganar elecciones, luego fue Ministra de Seguridad sin terminar el mandato, y que hoy es Senadora con agenda propia y encuestas que envidiaría cualquier candidato en ejercicio, se ha convertido en la figura política con mejor imagen del país. La exministra de Seguridad lidera la imagen positiva en Argentina con el 41%, desplazando por primera vez al Presidente Javier Milei, quien se ubica en segundo lugar con el 40%.
Vale aclarar que las mediciones más recientes muestran que la imagen de Milei parece haber encontrado, al menos transitoriamente, un piso: el índice de confianza al consumidor de la Universidad Di Tella subió 1,3% en mayo tras tres meses consecutivos de caída. No es una recuperación. Es una pausa. Y esa diferencia, en política, importa: la macro retiene al votante pragmático justo en el límite; el estilo presidencial, en cambio, lo sigue empujando lentamente hacia otro lado.
Lo notable no es que Bullrich tenga buena imagen. Lo notable es por qué la tiene. Su figura aparece menos golpeada por la coyuntura inmediata; parece quedar más asociada a una idea general de orden, autoridad y cambio que a la gestión cotidiana del Gobierno. Es decir: Bullrich lidera precisamente porque no está gobernando. Tiene autoridad moral porque no tiene que firmar decreto alguno. Es el liderazgo por sustracción, la influencia que nace del alejamiento estratégico. Es lo que ocurrió frente a un intento de Patricia Bullrich por abrir un debate sobre el caso Adorni en una reunión de gabinete, Milei se paró, saludó y se fue. El Presidente abandona la sala cuando la Senadora intenta razonar. En cualquier lectura de esa escena, los roles están perfectamente invertidos: la que debería obedecer es la que piensa, y el que debería conducir es el que se va.
Pero la política argentina nos ofrece otras escenas para este triángulo de lo insólito: Dante Gebel. Pastor evangélico, conferencista, influencer, actor, conductor televisivo y residente en Anaheim, California, Gebel ha sido instalado como potencial candidato presidencial para 2027. Está en tratativas con gobernadores, sindicalistas, empresarios y dirigentes de distintos partidos, y en su círculo aseguran que, si los planes de gobierno resultan viables para resolver los problemas del país, lanzará su candidatura.
El fenómeno Gebel no es anecdótico. La irrupción de Javier Milei rompió una barrera histórica: la posibilidad de que un outsider llegue al poder. Pero también dejó una enseñanza: sin estructura, el poder se vuelve inestable. Gebel parece haber tomado nota. La base de su proyecto descansa sobre una tríada que la Argentina ya conoce de memoria: fe, dinero y medios.
Sus dos principales armadores provienen de espacios políticos antagónicos: un sindicalista peronista y un ex fundador de La Libertad Avanza. Nótese la elegancia del dato: el hombre que se presenta como alternativa al sistema convoca a sus filas a los arquitectos del sistema.
Desde la Casa Rosada le bajan el precio: “Gebel no dice nada. No es disruptivo en nada. Milei, en su época de candidato, generaba cosas que llamaban la atención”, deslizó una fuente oficialista. La comparación es involuntariamente autodestructiva: Milei generaba cosas que llamaban la atención, y hoy lo que llama la atención es el caso Adorni. Quizás el problema no sea Gebel sino el listón.
La Argentina al revés de este modo podría sintetizarse con un presidente que achica su estatura política para proteger a un funcionario cuestionado; una senadora sin cartera que crece en imagen, audiencia y capacidad de daño; un pastor desde California que recorre gobernadores, visita a la CGT y evalúa si Dios lo tiene en sus planes presidenciales para 2027; y —como coronación de la semana— un asesor sin cargo que declara la guerra digital al Presidente de la Cámara mientras el Presidente de la Nación, congelado, fracasa en imponer una tregua entre sus propios “hermanos”. Curioso, no? ¿Qué nos dice de un sistema político el hecho de que sus figuras más convocantes sean una senadora que no gobierna, un pastor que no vive en el país, y un presidente que se encadena a sus propios errores con la convicción del mártir?
El triángulo de hierro y la autoridad dispersa.
La semana que cierra este editorial aportó a la galería de lo absurdo su capítulo más grave. Santiago Caputo, asesor informal sin cargo oficial, pero con acceso irrestricto a los resortes del Estado, declaró la guerra digital a Martín Menem, Presidente de la Cámara de Diputados y hombre de confianza de Karina Milei. El detonante fue una cuenta anónima en X, @PeriodistaRufus, que atacaba al entorno de Caputo y cuya autoría el asesor atribuyó a Menem. En pocas horas, la tropa digital del asesor inundó las redes de acusaciones. La pelea se tomó el espacio público oficialista con una virulencia que ya no sorprende pero que sigue espantando.
Lo revelador no fue la pelea. Fue la reacción del Presidente. Milei intervino con un dictamen salomónico: a Menem “le habían plantado” la cuenta, y Caputo seguía siendo “como un hermano”. La tregua duró horas. El Gordo Dan, divulgador estrella de Las Fuerzas del Cielo y subordinado de Caputo, desacató abiertamente al jefe: “Estoy convencido de que la cuenta era de Menem. Creo que le mintieron al Presidente”. Agustín Laje —Presidente de la Fundación Faro, el think tank ideológico de La Libertad Avanza— sumó: “Cómo molesta constatar que le están mintiendo al Presidente”. Caputo cerró con una amenaza velada en clave Game of Thrones: “Winter is coming”. El árbitro había arbitrado en el vacío.
El diagnóstico más preciso de la semana lo formuló Carlos Pagni: el desafío del Presidente no es lograr que Karina y el “Mago” se lleven bien, sino “reabsorber la autoridad que dispersó”. Milei construyó deliberadamente un triángulo de hierro: cedió parte del poder a su hermana y parte a su asesor. Ahora ninguno de los dos le debe obediencia completa porque ambos son depositarios de una porción del poder que el propio líder les entregó. La crisis no es una pelea de subordinados: es el costo de una estructura de gobierno inestable desde el origen.
La frase más reveladora de la semana la pronunció, sin buscarlo, Martín Menem: “No subestimen al Presidente”. Cuatro palabras que prueban exactamente que alguien lo está subestimando —y que ese alguien no está en la oposición sino en el vestuario. En la Argentina al revés, el Presidente de la Cámara baja debe salir a pedir que los operadores del Presidente respeten al Presidente.
La épica del insulto y un votante que comienza a cansarse.
El 14 de mayo el Presidente de la Nación camina por la calle entre dos estudios de streaming oficialistas, encadenando casi cinco horas de entrevistas afines, insultando con nombre y apellido a periodistas, llamando “lechón iraní” a una diputada de su propio bloque, denunciando un “intento de golpe” y, en el medio, defendiendo a un legislador que llegó al Congreso en una camioneta Tesla de doscientos cincuenta mil dólares. Todo esto mientras su Jefe de Gabinete está siendo investigado por enriquecimiento ilícito.
La lectura de lo acontecido no es fácil. Va desde el diagnóstico psiquiátrico a distancia hasta la indignación moral pura. Lo verdaderamente novedoso no es el estilo —ese estilo ganó una elección— sino el contexto en el que ese estilo se sostiene y las grietas que empieza a abrir.
Desde su llegada al poder, Milei construyó una arquitectura comunicacional con tres pilares: un círculo de medios afines —Neura, Carajo, La Misa— que funcionan como cámara de eco y plataforma simultánea; un repertorio de enemigos rotativos pero estructurales —el “Kirchnerismo”, “la casta”, “los zurdos”, ahora también los periodistas con apellido— que organizan el campo discursivo en términos amigo/enemigo; y una identificación constante con figuras externas —Trump, Musk, Bukele— que opera como certificación de pertenencia a un movimiento más amplio que la política argentina.
Ese diseño no es improvisado. Pero por qué esto funcionó, y por qué empieza a no funcionar?
Durante 2024 y buena parte de 2025, el método tuvo un soporte material indiscutible: la inflación bajó, el dólar se mantuvo previsible y la sensación de “estar saliendo” fue real para amplios sectores. Mientras eso ocurrió, los excesos verbales operaron como costo aceptable, casi como una excentricidad tolerable a cambio de la macro. El votante que en la segunda vuelta optó por Milei no lo hizo porque le gustaran las puteadas; lo hizo porque consideraba que el régimen kirchnerista era una amenaza mayor que el riesgo libertario. Esa coalición se sostenía sobre dos vigas: un enemigo en común y un programa económico que se prometía doloroso pero finito.
Hoy, dos años y medio después, las dos vigas crujen. El Kirchnerismo ya no es la amenaza inminente que era en 2023 y por tanto, el voto antikirchnerista deja de tener urgencia. El programa económico, por su parte, dejó de ser una transición y se volvió un estado.
Lo notable es que la maquinaria económica no se ha detenido. En marzo la actividad creció el 5,5% interanual —muy por encima de cualquier pronóstico—, en mayo la inflación apunta a cerrar en torno al 2,1%, el nivel más bajo desde la pandemia, y el país acumula 29 meses consecutivos de superávit comercial. El FMI aprobó la segunda revisión del programa y la semana próxima desembolsará US$1.000 millones adicionales. Los números acompañan. El problema es que, en 2026, ya no alcanzan para opacar lo que se ve en el plano político.
Es en ese vacío donde la épica del insulto deja de ser excentricidad y empieza a ser problema. Lo que en 2023 sonaba a sinceridad disruptiva, en 2026 empieza a sonar a obsesión. Lo que sonaba a coraje, empieza a sonar a falta de proporción. Y, sobre todo, lo que sonaba a guerra contra una “casta” abstracta, empieza a sonar a guerra personal contra periodistas, diputadas y opositores con nombre y apellido. Esa transición es la que está revisando, en silencio, una parte importante del votante de balotaje.
El votante de segunda vuelta: quién es y qué está mirando
El votante decisivo de la segunda vuelta de 2023 no es el militante libertario que hoy puebla los streamings afines; es, más bien, el adulto urbano de clase media —empleado, comerciante, profesional, jubilado activo— que llegó a Milei sin entusiasmo doctrinario, empujado por la inflación de 2022-2023 y por la convicción de que el sistema político tradicional había agotado sus respuestas. Es un votante pragmático, no ideológico. Vota resultados, no consignas.
Ese votante hoy hace, en privado, una contabilidad doble. En el haber: una inflación que cedió —en mayo apunta al 2,1%, con mediciones semanales de núcleo que no se registraban desde la pandemia—, una actividad que en marzo creció el 5,5% interanual superando todas las estimaciones, un dólar que no estalló y 29 meses de superávit comercial acumulados. En el debe: salarios reales que no recuperan, tarifas que pesan, un sistema universitario en conflicto, una clase política libertaria que empezó a mostrar los mismos vicios —ostentación, opacidad patrimonial, internas vergonzosas— que el ciudadano creyó haber sancionado en las urnas.
Y, sobre todo, ese votante no se reconoce en el tono. Siente que el cargo presidencial supone un registro distinto al de un panelista.
Hay otro elemento que merece análisis. El Presidente atribuyó a un “intento de golpe de Estado” el ataque especulativo sobre la moneda que siguió a la victoria de Adorni en las legislativas porteñas de 2025.
Esa lectura tiene una virtud táctica innegable: ofrece al núcleo duro un relato totalizante, sin fisuras, en el que cada noticia adversa se reinscribe como prueba del complot. Pero tiene también un costo estratégico creciente. Cuando todo es golpe, la palabra golpe pierde sentido. Cuando todo crítico es operador, los aliados moderados empiezan a sentirse incómodos compartiendo la trinchera. Y cuando el adversario es siempre el mismo —los periodistas, los economistas heterodoxos, los rectores, los obispos, las diputadas díscolas— el votante pragmático empieza a sospechar que el problema no está, quizá, sólo afuera.
La discusión no se reduce a si Milei llega o no competitivo a las presidenciales del año próximo. Esa es una pregunta política legítima, pero acotada. Lo que está en juego es algo más serio: si la cultura política argentina resiste un estilo presidencial que normaliza el insulto al periodismo, la persecución verbal a opositores con nombre y apellido, y la lectura conspirativa permanente como sistema operativo del Estado.
Qué tipo de país queremos vivir cuando esto termine.
Cada vez más, en estas semanas, se van revelando votantes que aun cuando no cuestionen al rumbo económico, quieren otra cosa. Quieren que las decisiones se expliquen sin agravios. Que la investigación al Jefe de Gabinete se trate como lo que es —un asunto institucional grave— y no como una operación periodística. Que la diferencia entre un panelista y un presidente vuelva a ser visible. Esos votantes no son fanáticos. Es más, en noviembre de 2023 pusieron la cruz con la nariz tapada.
Es ese votante el que decide las elecciones argentinas. No el militante intenso, sino el ciudadano cansado. Y ese ciudadano, hoy, mira el espectáculo de los streamings con una mezcla cada vez menos disimulada de gracia decreciente y preocupación creciente. El Gobierno tiene todavía tiempo y puede corregir el rumbo de su comunicación sin renunciar a su programa.
Sino lo hace, esta Argentina al revés dará muchísimo que hablar de acá al 2027.
