Irán-Estados Unidos: de aquella humillación a esta humillación
Por Alberto Hutschenreuter
Doctor en Relaciones Internacionales. Ha sido profesor en la Escuela Superior de Guerra Aérea, en la UBA y en el Instituto del Servicio Exterior (ISEN). Su especialidad es la geopolítica. Su último libro, publicado por Editorial Almaluz en 2023, se titula «El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre».
1979 fue un año estratégico en la historia de las relaciones internacionales. Pasaron muchas cosas entonces, pero para Estados Unidos ese año significó el fin de un ciclo y el inicio de otro; e Irán jugó en ello un papel clave.
Desde la crisis de los misiles, en 1963, y hasta la captura de la embajada estadounidense en Teherán por parte de los rebeldes islámicos, en 1979, Estados Unidos experimentó reveses en materia de política internacional.
Aquella crisis mayor se resolvió con un empate, pues Washington y Moscú negociaron: la Unión Soviética retiró sus misiles de la isla y Estados Unidos retiró los suyos de Grecia y Turquía y se comprometió a no invadir nunca Cuba.
Luego vinieron la derrota en Vietnam, la expansión soviética por todo el mundo, el caso Watergate, la toma del poder por los sandinistas en Nicaragua, la caída del sha de Irán y la toma de 66 rehenes de la embajada norteamericana en Teherán por casi 450 días.
A partir de este último hecho, Estados Unidos dijo basta, e inició (con James Carter) un ciclo de revitalización estratégica que se robusteció considerablemente con las presidencias de Ronald Reagan.
Con el republicano se inició la estrategia del «rollback» frente a la URSS, aunque en Medio Oriente la superpotencia sufrió tremendos atentados no siempre recordados.
Vinieron décadas de tensión con un Irán que fue construyendo poder hasta convertirse en un actor geoestratégico, es decir, con capacidades para proyectar poder más allá de sus fronteras.
La intervención estadounidense en Irak en 2003 fungió favorable para Irán, pues el desguace del Estado iraquí fue aprovechado por Teherán para ganar influencia en la región.
Pero las posibilidades de que Irán se acercará al «átomo militar» implicaron un «nuevo stop» por parte de Estados Unidos e Israel. (Ello prueba que en las relaciones internacionales no siempre la construcción de poder por parte de un Estado supone deferencia automática por parte de los demás.)
Primero fueron los ataques de junio de 2025, cuando la capacidad nuclear iraní quedó seriamente dañada, y ahora ataques con un doble propósito: afectar capacidades y promover un cambio de régimen.
Se trata de un seísmo mayor para Irán, la región y el mundo. Un impacto que humilla a Teherán en su búsqueda de reconocimiento estratégico internacional como el que obtuvieron con el tiempo Israel, Arabia Saudita y Turquía (aunque los temas Israel y promoción del terrorismo impugnan claramente a Irán), y que abre un ciclo de inquietante desconcierto nacional, regional y mundial.
No hay que olvidar que Irán, aún debilitado, dispone de varios «anillos» para proyectar acción en la región y en el mundo. Por un lado, su capacidad misilística; por otro, su apoyo al terrorismo transnacional; en tercer lugar, provocar daño económico (algo que pudo apreciarse con el ataque a la enorme refinería Ras Tanura de Saudi Aramco, acción que llevó al cierre de la refinería y a la detención parcial de envíos a través del hiperestratégico Estrecho de Ormuz); y por último, perpetrar ataques por medio de sus múltiples aliados regionales.
