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FIGURITAS: SÓCRATES
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Paulo Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira murió el 4 de diciembre de 2011. Tenía 57 años pero parecía mucho mayor; alguna responsabilidad habrá tenido la cerveza, presente desde el desayuno, y el cigarrillo, infaltable en su vida desde los trece.
Le decían magrao (flaco) desde niño. Era médico pediatra y militante político, hermano de Sófocles y Sóstenes. Hijo de un funcionario público que era, por si no ha quedado claro, admirador de los filósofos griegos.
Claro que cuando yo lo vi, con más o menos diez años, no sabía nada de eso. Sí impresionaba su estampa, la cinta en el brazo izquierdo, el andar desgarbado del metro 90, la barba crecida y el tranco, cansino y elegante. Era el capitán de un sueño, líder de un equipo que parecía jugar sin esfuerzo, que en cada gesto disfrutaba y hacía disfrutar.
Era Sócrates en España 82, tirando tacos y construyendo paredes hasta la red con Zico, Falcao, Toninho Cerezo, Junior y Eder, aquel fantástico equipo que no ganó nada.
DEMOCRACIA CORINTHIANA
En plena dictadura, el Corinthians –equipo más popular de San Pablo- se había animado a ensayar una convivencia distinta. El lema era “libertad con responsabilidad” y el club era concebido como una comunidad de voluntades, capaces de decidir aquello que pudiera afectarles. Se votaba por todo: horarios de entrenamiento, premios, compras de jugadores, elección de próximo técnico. Todos los votos contaban por igual: el del crack, el del utilero, el del presidente.

Aquella experiencia libertaria (qué extraño suena el término usado correctamente, cómo nos arrebatan hasta las palabras) se ganó el apoyo del amplio arco progresista brasileño: músicos, sindicalistas e intelectuales lucían la camiseta del Timao y concurrían a la cancha.
En 1983 el equipo llegó a la final del torneo paulista. “Sin títulos la Democracia Corinthiana hubiera quedado en nada. Era un movimiento revolucionario, aislado, en un mundo totalmente reaccionario llamado fútbol”, así lo recordó Sócrates.
El también dejó un recuerdo: 37000 personas llenaron el Pacaembú para aquel juego decisivo. Lo vieron entrar primero, recorriendo la cancha con una pancarta: “Ganar o perder, pero siempre en democracia”. Aquí sí tuvo el guiño de la historia que el mundial le negó: hizo el gol del triunfo.
PERDER, GANAR: JUGAR
El Italia – Brasil del mundial de España se conoce como la tragedia de Sarriá. El Gentile que mató a patadas a Maradona hizo lo mismo con Zico. Aquel equipo de soñadores marcó dos goles pero recibió tres de Paolo Rossi. Le alcanzaba el empate pero su juego no sabía de especulaciones: fue a buscar todo el tiempo y se quedó sin nada.
Quedan como postales quince goles maravillosos y un estilo único, genuino y excitante. Un capitán extraño, más parecido a un estudiante que a un deportista, luciendo vinchas que decían “Paz” o “Ronald Reagan es un asesino”. Una forma de entender el juego emparentada con la belleza antes que la utilidad, con el arte más que con el esfuerzo. Una concepción que el mismo Brasil, harto de las manos vacías, también decidió enterrar para siempre.
Han pasado más de treinta años y no se ha vuelto a ver un equipo así, “No hay que jugar para ganar, sino para que no te olviden”, dijo ya grande, no hace tanto.
Que así sea.
