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Figuritas, Osvaldo Soriano

31 marzo, 2024

CLUB DEL LIBRO  Te ofrece una selección de dos libros nuevos, acompañada siempre de la Carta del Mes, a “la mitad de la mitad” de lo que cuestan en librerías. ¿Te prendés?

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Tenía ganas de mirar el álbum en la última página, sólo para saber cuántas se necesitaban para completarlo. El dato era importante pero no en sí mismo; era el paso previo a la pregunta definitiva: A 1500 pesos el paquete de figuritas, ¿Cuánto te cuesta llenar el álbum de La Copa América?

No conseguí la información pero concluí (así nomás, en el aire) que aunque cambies con picardía o seas un crack jugando a la tapadita el número final es un disparate. Una fortuna difícil de calcular, presintiendo además que el volante central de Perú o el lateral derecho de Costa Rica te pueden salir repetidos veinte veces.  

Así son los tiempos que corren. Bajás la guardia y una pasión de todos se convierte en un berretín accesible para muy pocos. Si pasa con prender la luz o calentar el hogar, ¿Cómo no iba a ocurrir con las figuritas?

Convocados a hablar de libros, démonos un lujo asiático: vayamos construyendo un pequeño álbum. 

OSVALDO SORIANO, CUENTOS DE LOS AÑOS FELICES Y OTROS QUE NO TANTO

Cuando yo era chico Perón era nuestro Rey Mago; el 6 de enero bastaba con ir al correo par que nos dieran un oso de felpa, una pelota o una muñeca para las chicas. Para mi padre eso era una vergüenza: hacer la cola delante de una ventanilla que decía “Perón cumple, Evita dignifica”, era confesarse pobre y peronista. Y mi padre, que era empleado público y no tenía la tozudez de Bartleby el escribiente, odiaba a Perón y a su régimen como se aborrecen las peras en compota o ciertos pecados tardíos.

Al Gordo le gustaba más el fútbol que la literatura y solía escribir sobre esas cosas.  Quizás por eso supo ser el escritor argentino más vendido de los años 80 y 90; quizás por eso, también, la crítica literaria y los círculos académicos le dedicaban una mirada despectiva que no le era para nada indiferente. Hijo de un trabajador de obras sanitarias, escritor que no terminó la secundaria, creador de personajes prototípicos y sencillos de identificar, en algún sentido parecía compartirla.

En un principio no me gustaba verme tan maltratado; ahora me acostumbré. Si alguien me dice antes de sacar un libro quién y en qué medio va a hacer la crítica yo ya sé cómo va a ser. Sobre todo en este país en que las cosas tienen un cariz casi personal. Se discuten menos ideas o proyectos literarios que el éxito como valor absoluto, que en este caso me ha tocado a mí. Generalmente yo detestaba a la gente con éxito, y a mí mismo me cuesta mirarme en esta situación, porque no es un rol que hubiera querido desempeñar: ser best-seller tiene una tradición de desprestigio. De hecho, difícilmente me ha interesado o compre alguno de los libros que nutren estas listas…  Obviamente yo no rechazo el éxito, porque hacerlo sería necio. Vivo de mis libros y eso me da una enorme libertad. Con ellos, compro libertad y compro tiempo. Y la plata se gasta rápidamente comprando tiempo; uno está un año sin trabajar y el dinero se fue.

Obras Sanitarias trasladaba a su viejo por todo el país. Su misión era la construcción de redes cloacales nuevas;  Osvaldo entonces nació en Mar del Plata pero vivió en San Luis, Rio Cuarto, Cipolletti y Tandil. Hincha fanático de un San Lorenzo que sólo podía seguir por radio, antes de los 20 ya había trabajado embalando manzanas y como sereno en una empresa metalúrgica. Jugaba de centrodelantero en ligas amateur y soñaba con ser algún día futbolista profesional, pero no había leído ningún libro.

En mi casa nunca hubo biblioteca. Mi padre era electrotécnico y sólo tenía libros de temas ininteligibles. Mi relación con la literatura sigue siendo un poco caótica por la forma desordenada en que fui haciendo mis lecturas… Hasta los veinte años fui un salvaje que no había leído nada, salvo revistas de historietas. Ésa es mi formación primera, que tanto se me reprocha y a la que estoy muy agradecido porque tiene mucho que ver con mi escritura. Mi primer libro lo leí en 1961 y todavía tengo el ejemplar, mortecino y pegado con el scotch amarillo de aquellos tiempos: Soy Leyenda, de Richard Matheson, un tipo que el verano pasado, ya viejo, se jugó la vida en el incendio de California para salvar a su gato.

El heroísmo del primer autor “serio” que leyó no es para Soriano un tema menor; en sus novelas siempre hay un gato deambulando por ahí, espejo de Peteco, que lo acompañaba en las madrugadas de trabajo en solitario. O del negro Vení, que  lo acompañó durante el exilio en Europa y se vino a morir a su regreso en Buenos Aires. Y si su escritura contundente y sencilla nunca fue bien recibida por la crítica,  le bastaba que el gato durmiera sobre los papeles recién paridos para saber que había conseguido algo valioso.

Hoy que los libros de Soriano ya no se venden tanto, debe costar creer que la Editorial Norma pagó 500.000 dólares por los derechos de sus obras. Imposible transmitir también la alegría que sentía uno en los 90 cuando, espiando en el escaparate, la contratapa del domingo del Página 12 decía Por Osvaldo Soriano. En años de privatización y menemismo y figuritas muy caras, parecidos a los tiempos que corren, el Gordo y su ternura siempre estaban del lado correcto de la ecuación.

PEQUEÑA GUÍA PARA ENCONTRAR A SORIANO

Novelas

Triste, solitario y final

No habrá más penas ni olvido (llevada al cine)

Cuarteles de invierno (también película)

A sus plantas rendido un león

Una sombra ya pronto serás (otra vez, peli)

El ojo de la patria

La hora sin sombra

Cuentos y relatos

Artistas, locos y criminales

Rebeldes, soñadores y fugitivos

Cuentos de los años felices

Piratas, fantasmas y dinosaurios

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