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 Entre el entusiasmo y el insulto
Nacionales Política

Entre el entusiasmo y el insulto

11 diciembre, 2024

El Presidente pudo con la inflación y con el déficit, en efecto, pero es impotente para dominar su propio temperamento, duro y hostil.

Por Joaquín Morales Solá / LA NACION

Tal vez lo mejor del discurso de este martes por la noche del Presidente haya sido la descripción del país destruido que le tocó. No hubo anuncios concretos, salvo el que dio cuenta de que no habrá gastos nuevos ni mayores ni excepcionales en el próximo año electoral. Y el de que enfrentará las elecciones legislativas de 2025 con los dirigentes que coinciden con él. ¿Cerca de Pro? ¿Lejos de Pro? Ninguna respuesta podría ser cierta por la vaguedad de sus palabras. Hiperbólico como siempre, hizo tantas alusiones a su condición de actor novedoso de la historia de la humanidad y de la historia nacional que habría que comenzar a escribir una enciclopedia nueva solo dedicada al mileísmo. Acertó, con todo, cuando mencionó, sin extenderse demasiado, en el cambio cultural en la sociedad argentina que detectaron las encuestas. La última medición de Poliarquía señala que solo un 39 por ciento de los argentinos considera grave que Milei quiera reducir al mínimo el Estado. Esto es: el Estado no le importa a la mayoría de los argentinos. Es el resultado de los excesos cometidos por lo que él llamó otra vez la “casta”. Los extremos del péndulo son siempre malos: ni en la extinción del Estado ni en su conversión en un dios profano radica la solución nacional. Y le estaba hablando a una sociedad que escuchó históricamente manifestar a sus dirigentes (peronistas, radicales o militares) que el Estado era un actor protagónico de la vida de cualquier argentino. El Estado nacional llegó a tener tanta presencia en la economía que solo fue comparable, hasta los años 90, con los países de la antigua órbita soviética.

El Presidente podría haber sido más benévolo con sus críticos y también con los periodistas. Está en su mejor momento desde que accedió al poder o está en las mismas condiciones políticas de hace un año. No es una conquista menor cuando hizo un monumental ajuste de las cuentas públicas. Si es el mayor ajuste en la historia de la humanidad, como él lo retrató, dejémoslo al estudio de los que tienen tiempo para repasar al menos los más de 2000 años que pasaron desde el nacimiento del cristianismo, aunque la crónica de la humanidad comenzó mucho antes. Lo cierto es que según ese último informe de Poliarquía, publicado por LA NACION el último domingo, Milei conserva un 56 por ciento de imagen positiva y destacó que el mismo porcentaje de argentinos cree que la situación mejorará dentro de un año, aunque ahora no esté bien. ¿Por qué? ¿Por qué la sociedad es tan comprensiva con el jefe del Estado? La inflación bajó. Ese es el principal capital político de Milei. Quizás se deba también a la simple razón de que por primera vez en los últimos cinco años una mayoría social tiene la certeza de que mañana será igual que hoy. A estas alturas, los argentinos no esperan mayores progresos ni grandes victorias. Solo se conforman con satisfacer las necesidades más elementales de cualquier ser humano.

Esa medición le señala al Presidente también una advertencia seria: el 71 por ciento de los consultados (un porcentaje enorme) no está de acuerdo con su estilo agresivo de dirigirse a sus opositores o críticos. Es la primera vez que aparece una notificación de esa manera cuando gran parte de la política creía que Milei expresaba, con sus modos provocadores y belicosos, a una sociedad igualmente enojada con todo. Anoche se cansó de despotricar contra la “casta” y lo llamó “degenerado fiscal” a Sergio Massa, aunque solo lo aludió, no lo nombró. La casta abunda en su lenguaje. ¿Y Daniel Scioli, que está a su lado? ¿Y Ariel Lijo, el juez más criticado promovido a miembro de la Corte Suprema? ¿Y la rémora de sus conmilitones para aprobar la ficha limpia en la Cámara de Diputados? ¿No son esas personas y esas actitudes parte de la vieja casta? Milei no se detiene en eso. Lo nuevo o lo disruptivo para él es todo o todos los que suscriben sus posiciones, sin hacer excepciones, sin advertir grisuras. Señaló a “periodistas, gremialistas y políticos” como parte de statu quo; es decir, como miembros de la abominable casta. Tampoco hizo excepciones con el periodismo, esos “esbirros” de la casta, según su último insulto. Los muchos periodistas que creen en él devotamente deberían sentirse ofendidos. ¿Para qué pasarse el día hablando de las virtudes de Milei si terminarán mezclados con los periodistas más independientes? ¿Para qué, si para Milei solo existe el mal periodismo o el periodismo que sirve a intereses particulares? Es el discurso que lo emparenta extremadamente con el kirchnerismo. Una contradicción recurrente del Presidente es que hace un panegírico perpetuo de la libertad, pero la libertad existe también para los esbirros, según la convicción de los liberales auténticos.

Fue una lástima que cuando habló del fin de los piquetes se haya referido solamente a un problema de seguridad. Su ministra de Capital Humano, Sandra Pettovello, hizo un aporte tan importante como Patricia Bullrich cuando los impugnó moralmente a los dirigentes piqueteros. Muchos de ellos terminaron procesados por la Justicia por haber convertido la ayuda social en un negocio personal. En otro orden de cosas, insistió con la futura desaparición del Banco Central (¿Para qué? ¿Por qué?), pero no prometió la dolarización como en otros momentos. Habló de “competencia de monedas”, que no es lo mismo que la dolarización. Y también anunció formalmente algo que se había mencionado últimamente como una versión: que impulsará un acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos. Deberá prepararse para una batalla larga con los empresarios locales, que detestan cualquier acuerdo de libre comercio, pero más aún con los Estados Unidos.

Una frase que significó una buena descripción fue la que señaló a oficinas del Estado como “aguantaderos de la militancia”, obviamente kirchnerista. Esa es la consecuencia de las demasías políticas del kirchnerismo, que creía que de esa manera se perpetuaría en el poder. Sucedió todo lo contrario, como vemos en las encuestas más recientes: la mayoría social le perdió afecto al Estado por esos desmanes políticos. Milei debería cuidarse también de no caer él en la suposición, siempre equivocada, de que el poder llegó para quedarse. Tal notificación es oportuna porque se lo escuchó al Presidente repetir que algunas de sus políticas o de sus logros son definitivamente inmodificables. Nada es para siempre en la vida pública.

La escenografía televisiva fue un hecho raro, aunque no inesperado. Respetó el extraño organigrama del Gobierno, en el que la hermana del Presidente, Karina Milei, es la segunda persona del Poder Ejecutivo después del jefe del Estado. Guillermo Francos, el jefe de Gabinete, es la tercera persona en ese organigrama. Milei les agradeció a sus ministros, pero solo mencionó con precisión a su hermana, de quien dijo que el país le agradecerá sus aportes a la buena administración. Confirmó, de esa manera, que gobierna una diarquía integrada por los dos hermanos Milei. Fue la primera vez que lo hace público. No estuvo, a todo esto, la vicepresidenta, Victoria Villarruel, quien forma parte del Poder Ejecutivo, aunque presida el Senado. Fue su compañera de fórmula y su amiga cuando sólo ellos dos representaban a La Libertad Avanza en la Cámara de Diputados. Milei pudo con la inflación y con el déficit, en efecto, pero es impotente para dominar su propio temperamento, duro y hostil.

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