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 El PBI per cápita: la ficción de una riqueza que no se reparte y un país que crece sin gente
Columnistas Sergio Mammarelli

El PBI per cápita: la ficción de una riqueza que no se reparte y un país que crece sin gente

31 mayo, 2026


Por: Sergio Marcelo Mammarelli

Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

La Argentina actual empieza a exhibir una paradoja inquietante. Los sectores que efectivamente crecen —energía, minería, agroindustria, economía extractiva, servicios altamente tecnificados— son sectores que generan relativamente poco empleo. Son intensivos en capital, tecnología y productividad, pero livianos en trabajadores. Y del otro lado queda casi todo el país: comercio, construcción, pequeñas industrias, servicios tradicionales, consumo urbano, economías regionales deterioradas y millones de trabajadores cuya productividad dejó de importar en un sistema que empieza a funcionar sin ellos.

Hay cifras que tranquilizan a los gobiernos, entusiasman a los mercados y ordenan los titulares de los diarios. El Producto Bruto Interno per cápita es una de ellas. Es un número elegante, limpio y aparentemente objetivo. Surge de una división simple: cuánto produce un país dividido por la cantidad de habitantes. Sin embargo, pocas métricas expresan con tanta claridad una verdad parcial. Una verdad que, sin ser falsa, puede ser profundamente engañosa. Ello es así, porque el PBI per cápita no mide cómo vive la gente. Mide cuánto produce la economía. Y entre una cosa y la otra, en la Argentina de hoy, hay un abismo.

La aritmética del promedio y la trampa de la realidad

El promedio es una herramienta útil en estadística. Pero en sociedades desiguales, es una forma sofisticada de ocultar la realidad.

Si diez personas generan riqueza y una sola concentra la mitad, el promedio dirá que todos están mejor. Pero nueve de esos diez sabrán que eso es mentira. Y no una mentira técnica, sino una mentira vivida con dolor.

En la Argentina contemporánea, esta distorsión adquiere una dimensión casi obscena. Podemos observar ciertos indicadores macroeconómicos que se estabilizan, incluso mejoran. Se ordena el frente fiscal, se modera la inflación, se recupera algún sector exportador. Y, sin embargo, cuando uno abandona el Excel y camina la calle aparece otra economía. Una economía real, áspera y angustiante. Una economía donde la pregunta no es cuánto creció el país, sino si alcanza para llenar la heladera.

El pollo como unidad de verdad

Hay una imagen brutal en su sencillez: la idea de que “todos accedemos a un pollo”. Como si el crecimiento económico garantizara automáticamente el acceso a los bienes básicos. Pero la realidad está mostrando otra cosa. Un porcentaje creciente de la población no puede acceder de manera regular a alimentos esenciales. No se trata de lujos. No se trata de consumo aspiracional. Se trata de proteínas básicas.

¿De qué sirve un PBI per cápita razonable si una mayoría no puede comprar un pollo?

La respuesta es evidente y dolorosa. Está claro, que no sirve para describir el bienestar. Sin embargo, sirve para describir una estructura productiva. Y son dos cosas radicalmente distintas.

Durante décadas, la teoría económica dominante sostuvo que el crecimiento terminaría “derramando”. Que la expansión del producto generaría empleo, que el empleo generaría ingresos, y que esos ingresos mejorarían la calidad de vida. Es, en síntesis, la propuesta de Milei.

Sin embargo, en la Argentina, ese mecanismo hoy está roto. O, al menos, profundamente alterado.

El problema argentino no es que no crezca nada. Es peor: crece lo que emplea poco y se achica —o queda planchado— lo que sostiene a la mayoría.

En empleo privado formal, agro y pesca rondan el 5%, minería el 2% y electricidad/gas/agua cerca del 1%; aun sumando ramas vinculadas, están lejos de explicar el grueso del trabajo argentino. En cambio, comercio, industria, construcción, transporte, gastronomía y servicios concentran la masa laboral.

Ahí aparece la trampa del “PBI per cápita”: puede subir el producto porque exportan más Vaca Muerta, el litio, el campo o la minería, pero eso no significa que haya más changas, mejores salarios ni más mostradores abiertos.

Dicho en un modo categórico, Argentina puede mostrar crecimiento macroeconómico y, al mismo tiempo, producir una recesión social. El Excel celebra barriles, toneladas y rindes; la calle cuenta persianas bajas, changas rotas y salarios que llegan con respirador. Es decir, “el país que crece sin la gente”. Si Vaca Muerta exporta miles de millones de dólares, el litio multiplica inversiones y el agro recupera cosechas récord, el producto crece. Pero el kiosquero no vive de barriles. El albañil no cobra en toneladas de soja. El empleado de comercio no llena la heladera con el índice de riesgo país.

Hoy las economías pueden crecer sin generar empleo masivo. Pueden producir más con menos gente. Pueden exportar más necesitando cada vez menos trabajadores. Estamos frente a un país donde la riqueza empieza a no necesitar a la gente.

El error de medir lo que es fácil en lugar de lo que importa

El problema no es el PBI. El problema es haberlo convertido en el centro del análisis. Es cierto que el PBI es fácil de medir. Es comparable. Es internacionalmente aceptado. Permite construir rankings, series históricas, modelos econométricos. Sin embargo, no mide lo esencial: no mide la calidad del empleo, no mide la estabilidad de los ingresos, no mide la angustia económica y menos aún la posibilidad de proyectar una vida.

El empleo como medida de la dignidad económica

Si hay un indicador que conecta directamente la economía con la vida cotidiana, ese es el empleo. Pero no cualquier empleo. No alcanza con contar puestos de trabajo. Hay que preguntarse qué tipo de trabajo se crea. Puesto que un empleo digno implica formalidad, salario suficiente, previsibilidad, cobertura social y posibilidad de desarrollo. Por el contrario, cuando una economía genera empleo precario, está generando pobreza con trabajo. Está institucionalizando la fragilidad. Está normalizando la incertidumbre.

Y esto último es lo que está ocurriendo en la Argentina actual: millones de personas trabajan, pero no logran salir de la pobreza. La categoría de “trabajador pobre” dejó de ser excepcional para convertirse en estructural. Y el PBI per cápita promedia ambas realidades. La mezcla. Las diluye. Las vuelve invisibles.

La nueva frontera de la desigualdad: robots, algoritmos y riqueza sin trabajadores

Si el PBI per cápita ya resultaba una medida incompleta en la economía industrial, en la economía que viene puede transformarse directamente en una ilusión peligrosa. Ello es así porque hay un cambio de fondo que todavía no estamos midiendo con la seriedad necesaria: la creciente capacidad de las economías de producir más con menos trabajo humano.

La robótica, la automatización y la inteligencia artificial no son una promesa futura. Son una realidad presente que avanza, silenciosa pero constante, sobre múltiples sectores: la industria reemplaza operarios por robots, los servicios sustituyen tareas administrativas por algoritmos, el comercio automatiza procesos que antes requerían personas e incluso profesiones calificadas comienzan a ser asistidas —y en parte desplazadas— por sistemas inteligentes.

El resultado de todo esto, más producción, menos personas.

La idea no es necesariamente negativa desde el punto de vista técnico. Es, de hecho, el corazón del progreso económico: producir más con menos esfuerzo. Sin embargo, la pregunta obligada surge espontáneamente: ¿Qué ocurre con las personas que el sistema ya no necesita?

A ello se le agrega otro resultado estructural: La concentración. Puede generar enormes beneficios con una estructura laboral reducida. Eso produce un efecto económico concreto: la concentración de ingresos en quienes controlan la tecnología. Empresas con pocos empleados pueden generar valores de mercado gigantescos. Plataformas globales pueden dominar sectores enteros con estructuras livianas. El capital tecnológico reemplaza al trabajo como principal factor de generación de riqueza.

De alguna manera, estamos frente al riesgo de una sociedad innecesaria. Si amplios sectores de la población quedan fuera del circuito productivo relevante, no solo pierden ingresos. Pierden centralidad en el sistema. Se vuelven prescindibles desde la lógica económica. Sin embargo, cuando el trabajo desaparece o se degrada, lo que se erosiona no es solo el bolsillo. Es el tejido mismo de la sociedad.

De este modo, la irrupción de la inteligencia artificial nos obliga a replantear algo más profundo que un indicador. ¿Puede sostenerse un sistema económico que no necesita a la mayoría de las personas para funcionar?

La ilusión del orden macroeconómico

Ya varias veces he repetido que existe una tentación recurrente en la historia argentina: creer que ordenar las variables macroeconómicas es equivalente a ordenar la vida de las personas. Y no lo digo porque sea malo en sí mismo. El equilibrio fiscal, la baja de la inflación, la estabilidad cambiaria son condiciones necesarias. Pero jamás son suficientes.

Dicho esto, volvamos al PBI para realizarnos una pregunta incómoda: qué queremos medir. Y, en consecuencia, qué queremos lograr.

Si el objetivo es aumentar el PBI, las políticas del Gobierno posiblemente sean acertadas. Si el objetivo es mejorar la calidad del empleo, la respuesta es absolutamente contraria. Esa es precisamente la diferencia entre una lógica de crecimiento abstracto a una lógica de bienestar concreto.

Lo mismo sucede si nos preguntamos sobre el éxito o no de la política económica del Gobierno, donde también cabe redefinir qué entendemos por éxito económico. Dicho en otro modo, un país no es exitoso porque crece. Es exitoso si su gente vive mejor. No es exitoso porque exporta más. Es exitoso si genera trabajo digno. No es exitoso porque equilibra sus cuentas. Es exitoso si equilibra las oportunidades.

Milei enfrenta hoy este riesgo silencioso que durará todo su mandato, aceptando como parte del modelo que hay, que debamos acostumbrarnos a que trabajar no alcance, aceptar que el crecimiento no incluya y naturalizar que el esfuerzo no garantice dignidad. Y por sobre todo que nos conformemos con el promedio en detrimento de la verdad. El PBI per cápita no es una mentira. Pero puede ser una forma de no decir toda la verdad. Por eso, tal vez haya llegado el momento de cambiar la pregunta. No cuánto crece la economía. Sino cuántos pueden vivir de ella.

El riesgo de mirar para otro lado

En la Argentina, este debate todavía aparece lejano. Estamos urgidos por la inflación, el déficit o el tipo de cambio. Sin embargo, cuando la macroeconomía finalmente se ordena, el problema que emergerá con más fuerza será cómo generar inclusión en una economía que cada vez necesita menos trabajo.

Lo más difícil de juntar todo lo que estamos diciendo es que el problema ya no es solo que el crecimiento no se reparte. Es que empieza a no necesitar repartirse. En consecuencia, el verdadero debate ya no es económico. Es quién queda adentro de la sociedad y quién queda definitivamente afuera.

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