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El desplome sirio: datos para incrementar dudas
Por Alberto Hutschenreuter
Doctor en Relaciones Internacionales. Ha sido profesor en la Escuela Superior de Guerra Aérea, en la UBA y en el Instituto del Servicio Exterior (ISEN). Su especialidad es la geopolítica. Su último libro, publicado por Editorial Almaluz en 2023, se titula «El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre».
En la que pasó a ser una de las ofensivas más rápidas de la historia, la coalición rebelde nucleada en la Organización para la Liberación del Levante (Hay’at Tahrir Al Sham) capturó la capital de Siria tras la huida de Bachar al-Assad, el hombre que desde 2000 regía el país con mano de hierro y que había prolongado la predominancia de la minoría religiosa alauita.
Evidentemente, la extensa guerra se había vuelto un hecho casi natural o cotidiano en este país clave de Oriente Medio; además, la guerra en Ucrania había recentrado la atención mundial en Europa del este, la otra capa geopolítica del mundo, más considerando que dicha confrontación entre Rusia y Ucrania también era una confrontación en modo cada vez menos indirecto entre Rusia y Occidente, es decir, entre poderes mayores poseedores de armas convencionales y nucleares de escala.
Hoy, apenas pasados unos días de la caída de Damasco, parece relativamente sencillo comprender la ofensiva rebelde y el desplome del régimen sirio. Pero hasta hace poco tiempo muy pocos analistas contaban con datos precisos sobre el escenario que se aproximaba.
Hasta 2020 la mayoría de los análisis consideraban que, tras la emergencia del régimen en la guerra, la que llevó a qué se acudiera a Rusia para su salvación, las fuerzas armadas se habían recuperado de los reveses y podían llegar a doblegar a los rebeldes. Pero a partir de entonces, como consecuencia de un reordenamiento y planificación de las fuerzas opositoras a Damasco, la situación comenzó a cambiar, siendo esta transición detectada por muy pocos, entre ellos, los servicios de inteligencia de Turquía.
En este sentido, es posible que Ankara haya asistido a la coalición rebelde en el denominado proceso de ‘institucionalización» de varios años que llevaron adelante los rebeldes como baza para su vertiginosa ofensiva iniciada en el norte de Siria hacia fines de noviembre pasado.
De este modo, Turquía incrementó su proyección de poder e influencia en Siria, geopolítica que complementa su proyección en el tablero del Cáucaso, donde afirmó su condición de valedor de esa potencia media que se volvió Azerbaiyán.
El desplome del régimen sirio también se explica por la devaluación del compromiso de Rusia, que muy difícilmente podía sostener dos conflictos militares simultáneamente (cuando ya afrontaba problemas en uno de ellos), si bien en Siria el alcance de su “intervención por invitación” implicaba inteligencia y poder aéreo.
El desplome de Siria puede verse como la segunda “derrota” rusa en Oriente Medio, siendo la primera la de Irak en 1990, cuando la entonces URSS no acompañó a su «Estado cliente» regional en el Consejo de Seguridad de la ONU, pues el 2 de agosto Moscú no vetó la resolución 660 que condenó la invasión a Kuwait y le exigió a Irak que retirara inmediata e incondicionalmente todas sus fuerzas a las posiciones en las que se encontraban el 1 de agosto. Aquel hecho en el Consejo de Seguridad fue tan relevante que el estadounidense James Baker, entonces secretario de Estado, sostuvo que ese día terminó la Guerra Fría.
Desde otro lugar, se conjetura que el «retiro» de Rusia de Siria implicaría un quid pro quo, esto es, Occidente «aceptaría por ello las ganancias territoriales rusas en Ucrania a cambio de la partida rusa de Oriente Medio.
Por otra parte, la «funcionalidad» que supuso para Israel el ataque perpetrado por el terrorismo islamita en octubre de 2023, afectó seriamente el margen de maniobra regional de Irán y sus diferentes agentes de acción, pues, en efecto, tras el 7 de octubre Israel halló el momento propicio para atacar a los mismos, especialmente a los insurgentes palestinos en Gaza y a Hezbolá en Líbano, llegando incluso a dar muerte a los mismos jefes de Hamas y de Hezbolá.
Pero todo esto resulta insuficiente si no consideramos el tremendo descenso de la situación socioeconómica de Siria
Según datos del Banco Mundial, la caída de la economía desde antes de 2020 llevó al país a que en 2023 su PBI se situara entre los más bajos del mundo: en 13 años de guerra, la economía se contrajo más de un 80 por ciento.
Asimismo, la devaluación de la libra siria produjo un fuerte impacto en los ingresos de los sirios, disparándose el desempleo al 15 por ciento y el desempleo juvenil a más del 34 por ciento.
En vigor desde 2020, la legislación estadounidense, la denominada “Ley César”, que sanciona a todos aquellos que comerciaban con Siria, fue un golpe fatal para una economía basada en la agricultura y el petróleo (es importante recordar que el régimen había perdido durante la guerra importante yacimientos).
En este contexto, las fuerzas armadas del régimen también acusaron el derrumbe, acotándose sensiblemente sus ingresos, además de las dificultades para renovar capacidades.
En buena medida, se podrían establecer paralelos con las fuerzas del entonces emperador Reza Pahleví hacia fines de los años setenta, cuando el sha de Irán contaba con importantes fuerzas militares, pero desmoralizadas, hecho que facilitó la captura del poder por parte de los revolucionarios islámicos, los que, además, poseían una inquebrantable voluntad de poder.
El nuevo escenario en Siria, un país con múltiples minorías, plantea grandes interrogantes para el país y la región. Adelantándose a lo que considera un escenario disruptivo, el mismo día que los rebeldes tomaron Damasco, Israel capturó la parte siria del Monte Hermón, la que se encontraba bajo la línea de cese de fuego de 1974; asimismo, en los días siguientes bombardeó masivamente Siria destruyendo capacidades militares sensibles.
En cuanto a los demás actores regionales con fronteras con Siria, a todos les preocupa, sobre todo a Jordania (375 kilómetros) y Turquía (822 kilómetros), que una convulsión en Siria acabe (una vez más) con millones de sirios huyendo de su país.
Además, como bien advierte el experto Hilal Khashan desde el sitio Geopolitical Futures, Jordania teme que, si Israel se anexa finalmente Cisjordania, muchos palestinos huirán al reino. Pero también no se puede descartar que Jordania podría sentirse tentada a capturar territorio en una Siria incierta, pues los hachemitas jordanos siempre desearon Damasco, porque sus antepasados establecieron allí la dinastía de los Omeya.
Por su parte, en el Líbano la situación podría complicarse más, pues los cristianos y los musulmanes sunníes de ese país podrían de aprovechar la situación e intentar el desarme de Hezbolá.
Siguiendo al citado especialista, en Irak el fin del régimen de Al Assad podría renovar las esperanzas de la oposición aplastad en 2019 por las milicias apoyadas por Teherán.
En breve, en Siria se cerró un ciclo, pero ello no necesariamente supone el fin de los conflictos. Y acaso lo más preocupante, el curso que finalmente adoptarán los nuevos mandatarios del país, los que, si bien han dado algunas muestras de “adaptación” (en buena medida por necesidades tácticas), provienen de las canteras del terrorismo letal y global de Al Qaeda.
