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El desarrollo de la IA y la configuración de un orden mundial
Por Martín Rafael López
Lic. en Ciencia Política y Relaciones Internacionales (UCALP). Profesor de Relaciones Internacionales (UCALP). Especialista en Estudios Chinos (IRI-UNLP). Diplomado en Estudios Estratégicos Chinos (UNDEF). Coordinador Estudios Internacionales (IAPE-UCALP). Miembro Investigador del Centro de Estudios Chinos (IRI-UNLP).
Día a día, los notables avances del uso de la inteligencia artificial (IA) atraen la atención de millones de personas alrededor de todo el mundo.
Desde la aplicación generalizada de robots en todos los ámbitos de la vida, pasando por su abrumadora victoria sobre los humanos en competencias de inteligencia (como en el ajedrez y el Go) y el despliegue a gran escala de nuevas armas en la guerra en Ucrania o en Medio Oriente, la IA se posiciona como la revelación del momento.
El ubicuo mundo informático indujo a que todo tipo de artefacto u objeto como teléfonos, automóviles, relojes, aparatos domésticos, vehículos no tripulados, sistemas de armas o hasta el mismo cuerpo humano sean capaces de incorporar unidades de procesamiento informático.
Como resultado de ello, la actividad humana se vuelve cada día más “datificada”, perfilando uno de los principales rasgos identitarios de esta era que establece como una de sus premisas fundamentales que todo es cuantificable y factible de ser convertido en un insumo para ser utilizado por los complejos modelos de análisis predictivos en base a algoritmos.
Modelos que, a partir del procesamiento y sistematización de datos, disponen de resultados que pueden hasta permitir al usuario que sus problemas y soluciones sean “buscados” y no como otrora pensados.
Para muchos filósofos y pensadores modernos, esta transición del formato papel al digital supone un punto de inflexión en la forma de razonamiento y, aún más, en la propia identidad de la persona humana. Sin ir más lejos, la nueva generación “Beta” que comienza con los nacidos en este año 2025 y que representará alrededor del 16% de la población mundial para el año 2035, se caracterizará por una dependencia “total” a la tecnología, en donde la IA se encontrará omnipresente.
Múltiples y variados son los ejemplos de cómo la IA penetra gradual y rápidamente en todas las esferas de la existencia de millones de usuarios que optan por su uso predilecto.
Luego del innovador y exitoso desarrollo de la aplicación de chatbot de lenguaje especializado en el diálogo “ChatGPT” en el año 2022, la empresa estadounidense OpenAI volvió a alcanzar un éxito con el lanzamiento a principios del 2024 de un modelo de conversión de texto a video llamado “Sora”.
Según un relevamiento realizado por la consultora Boston Consulting Group en el año 2023, el grado de aceptación y utilización de ChatGTP por parte de los argentinos fue muy alto, posicionando a nuestro país en un cuarto lugar a nivel mundial respecto al total de alrededor de 200 millones de usuarios activos semanales por aquel entonces.
Ahora bien, más allá de la afectación en todos los aspectos de la vida diaria de los ciudadanos, lo que aquí nos interesa es preguntarnos en qué medida y cómo el uso de la inteligencia artificial afecta el curso de las relaciones internacionales y, consecuentemente, el vigente (des)orden mundial.
En este sentido, es indiscutible que el desarrollo y uso de la inteligencia artificial está cambiando profundamente el rostro -pero no la esencia- de las guerras y la política internacional.
El fin de la Guerra Fría representó un hecho alentador para muchos académicos que consideraron que a partir de entonces se reduciría la segregación económica, disminuirían los conflictos armados y se promovería una mayor cooperación internacional. Sin embargo, en poco tiempo la configuración del nuevo orden global signado por la globalización presentó ciertas dificultades para alcanzar exitosamente los objetivos anhelados. Sobre todo, ante la tensión que presentaron los nuevos desafíos que suponen para los Estados el terrorismo global o el accionar de organizaciones criminales transnacionales.
Si bien es cierto que en parte resultó alentador el crecimiento del comercio internacional y la creación de una variedad de regímenes internacionales formales que intentan regular y prevenir la disputa de intereses, la realidad demostró en tan solo un par de décadas un descenso en la política internacional, donde los Estados priorizaron -como de costumbre- la salvaguardia de su interés nacional por encima de la colaboración internacional.
Como bien sintetiza el académico Alberto Hutschenreuter, el mundo contemporáneo se encuentra signado por las “3G”: Guerra, Geopolítica y Globalización, en donde el principal problema es que no existe una clara configuración de un orden internacional, sino que que más bien los actores preeminentes que deberían acordar ciertas pautas de convivencia se encuentran enfrentados o confrontando entre sí.
Esta situación se agudiza producto de la competencia y rivalidad entre Estados por alcanzar un mayor grado de autonomía comunicacional, independencia energética y tecnologización como asuntos de interés estratégico nacional. Cuestión tal que erige nuevas barreras (que había derribado la globalización) y rediseña la propia estructura de gobernanza a nivel mundial.
Si tenemos en cuenta el poder militar de los actores preeminentes del sistema internacional (una variable de interés y sistematizada por los estudiosos de la materia) la aplicación de la IA ha ampliado aún más la brecha asimétrica entre sus capacidades y activos de poder nacional, generando una continua reorganización del equilibrio de poder internacional.
En tal contexto de (des)ordenamiento, la aplicación generalizada de sistemas de armas inteligentes está generando cambios fundamentales en las formas y estrategias de las guerras modernas. Estas guerras no convencionales plantean nuevos escenarios e interrogantes respecto a cuestiones éticas y legales: ¿Cómo garantizar que la toma de decisiones de la IA cumpla con la normativa y los principios del derecho internacional humanitario? En tal caso, ¿Cómo catalogar o juzgar la responsabilidad de sus decisiones?
La aparición y aplicación de armas de inteligencia artificial han desdibujado los límites entre tiempos de paz y de guerra; las líneas del frente de combate y las zonas de retaguardia; los civiles y soldados; y los campos de batalla reales y virtuales. Estos últimos se han convertido en una verdadera guerra total y sin restricciones.
En el actual conflicto en Medio Oriente, el ejército israelí ha utilizado Lavender, un sistema de base de datos impulsado por inteligencia artificial, para identificar y atacar con precisión a los militantes de Hamas mediante análisis de reconocimiento facial de aproximadamente 2,3 millones de personas en la Franja de Gaza (se dice que el ataque se puede lanzar dentro de los 20 segundos posteriores a la identificación del objetivo).
Asimismo, la implementación de la IA ha generado ineludiblemente el desarrollo de métodos de ataque y defensa a los sistemas de información que han intensificado el enfrentamiento entre países en el ciberespacio y convertido el resguardo de la seguridad de las redes e infraestructuras críticas de información en un objetivo prioritario para la seguridad nacional.
Como bien reflexionaba el reconocido experto estadounidense Henry Kissinger en su obra Orden Mundial, el nuevo “ciberespacio” cuestiona toda experiencia histórica y no es amenazante en sí mismo, sino que su amenaza depende de cómo se lo use.
Es por ello que en esta era de iteración de algoritmos, automatización y secuencialidad de procesos, el desafío de Estados Unidos y China, como actores preeminentes y líderes mundiales en inversión en innovación y desarrollo de IA, es arbitrar los medios necesarios para formular las reglas y los mecanismos correspondientes para regular su utilización. Alcanzar la configuración de un “plan de convivencia” evitará que su uso irrestricto se convierta en una amenaza sin precedentes para la humanidad.
