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 DORREGO
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DORREGO

3 febrero, 2025


Adán Costa.
Abogado. Profesor universitario de Historia, Políticas Públicas y Filosofía (UCU-UNR). Trabaja en el Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales y es presidente de la Comisión de Derecho Indígena Latinoamericano e Interjuridicidad del Colegio de Abogados de Santa Fe.

Sin lugar a dudas Juan Galo Lavalle fue utilizado. O se dejó usar desde la inestabilidad emocional propia de un hombre un solamente acostumbrado a la maquinaria de la guerra.

No fue casual que Esteban Echeverría en 1848 haya escrito un poema en relación a Lavalle, siete años después de su muerte, como si se tratara de una “espada sin cabeza”. Lo cierto es que a las 2.30 de la tarde de un 13 de diciembre de 1828, Lavalle mandó a fusilar, sin proceso ni juicio previo, en los campos de Navarro, a Manuel Dorrego.

Lo tenía cautivo desde unos días antes después de una batalla. Navarro, clavado justo allí, muy cerca de Los Toldos y de Lobos en las pampas pecuarias bonaerenses. Aquella ejecución sumaria, para muchos, es el primer crimen político en una Argentina que no se llamaba así, pero que desde hace tiempo se venía pariendo así misma.

Esa Argentina ya había conocido la nube cegadora de las langostas en la ciudadela de Tucumán en 1812. A Pío Tristán escondido aterrorizado en una iglesia salteña el 20 de febrero de 1813. A la dignidad de Güemes muriendo en la cañada de la Horqueta en 1821. La tifus de Belgrano que le hacía vomitar sangre cada vez que respiraba desde 1818 y la fiebre malaria de San Martín en Saldán entre junio y agosto de 1814, donde alucinó una Sudamérica unida y su plan continental de cruce de los Andes.

Salvador María del Carril, Juan Cruz y Florencio Varela, doctorcitos acostumbrados a las verdades a medias, empujaron cartas a Lavalle desde la comodidad de sus lustrosas palabras que apresuraban el deseo de un país forjado bajo la estampa liberal. Un país con beneficios para pocos y las angustias para muchos. Y detrás de éstos, el hombre civil más importante de la historia argentina, en la lengua engañosa de Mitre, Bernardino Rivadavia, como el autor intelectual del crimen político. Hombres avestruz. Esconden bien sus cabezas para que no se les noten sus garras.

Para éstos, Dorrego era un obstáculo que había que hacer desaparecer. No en vano se lo conocía como “padre de los pobres”. Seguramente algún registro de culpa merodeó por esa “sin cabeza de Lavalle”, porque le ordenaron quemar esas cartas que lo inducían al crimen. Hoy el contenido de esas cartas las conoce la historia. El barro de la historia que siempre se repite. Dorrego murió sin saber que se le estaba cargando a su nombre toda la anarquía que vivía el país en ese momento, que lo que no era otra cosa que la disputa por la distribución de la riqueza. Lo asesinaron bajo el nombre de la libertad. Que palabra tan cautivante la de la libertad. Con un significado tan digno, pero que mal comprendida, produce tanta miseria. La picardía de la historia hace que las calles de ciudades argentinas, Dorrego y Lavalle, como en mi ciudad Santa Fe, corran paralelas, imposibles de cruzarse, salvo en el infinito.

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