La exención del Impuesto Automotor se podrá gestionar a partir
Comenzó el año con Presupuesto: Un año duro y lento
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
El oficialismo logró sancionar en el Senado su proyecto de presupuesto 2026, tanto en general como en particular con todos sus capítulos, y será la primera vez en tres años que LLA gobernará con una «ley de leyes«. Sin duda, ese resultado es un alivio y concluye con éxito el revés de las semanas anteriores en la Cámara Baja concluyendo un año exitoso para el gobierno. La votación en general fue aprobada por 46 votos afirmativos, 25 negativos y una abstención.
Ahora bien, más allá de los festejos oficialistas, lo cierto también es que el gobierno consolida su manual del ajuste: sin anestesia, sin plan B y con la billetera bien cerrada para las provincias. La incógnita ahora será: ¿Gestión responsable o dogma libertario con consecuencias sociales?
Un presupuesto para pocos
El Presupuesto Nacional 2026 llegó al Congreso cargado de expectativas, cifras prolijas y una narrativa clara: el ajuste fiscal sigue siendo el ancla del modelo de Javier Milei. Con una estimación de crecimiento del 5%, inflación del 10% y un superávit primario proyectado del 1,5% del PBI, el Ejecutivo pretende consolidar su «nueva normalidad»: menos Estado, menos gasto, más mercado.
Pero detrás del optimismo macro, el proyecto revela su esencia libertaria. Se achican las transferencias a las provincias, se congelan partidas sensibles y se eliminan fondos que garantizaban gobernabilidad territorial. Las jubilaciones se actualizan con rezago, la inversión en obra pública está en coma inducido, y las asignaciones sociales quedan atadas a un crecimiento que, hasta ahora, no se ve en la calle.
«No hay plata» ya no es una consigna. Es doctrina. Y como toda doctrina, no admite disidencias ni gradualismos. Es una afirmación ideológica escrita en clave contable.
Cuando el ajuste se hace carne nuevamente para los gobernadores.
Mas allá de los apoyos fruto de la billetera negociadas en el senado, nuestra duda es si esto se traducirá o no en futuras tensiones. Gobernadores que hace apenas seis meses se mostraban dispuestos a colaborar, reforzaron su negociación con más plata a último momento. Sin embargo, el ajuste se siente en las arcas provinciales, pero también en el humor social.
La discusión presupuestaria se transformó de este modo, en un campo de prueba de la relación entre la Casa Rosada y el federalismo argentino. El Ejecutivo insiste en recortar sin anestesia, mientras las provincias deben absorber el impacto del ajuste sin herramientas. La consigna parece ser: «cada uno que se arregle».
En este contexto, el PRO navega entre la obediencia y el desconcierto. Algunos sectores acompañan al gobierno en su cruzada fiscal, otros advierten que el costo político podría ser altísimo. Milei gobierna como si todos lo amaran, pero cada vez son menos los que están dispuestos a pagar el precio de esa lealtad.
Consecuencia: ¿Política fiscal o juego de la gallina?
Lo que está en juego no es sólo la ley de leyes, sino la gobernabilidad del año 2026. Convertido en ley, con el Presupuesto tal como está, Milei tendrá carta blanca para profundizar su estrategia de ajuste y recentralización del poder. El impacto será profundo. Porque el presupuesto no es un instrumento técnico: es una declaración de prioridades. Y este dice que la inversión social no es prioridad, que el federalismo es optativo y que la sostenibilidad fiscal está por encima de todo. Incluso de la estabilidad política.
Un 2026 que en el mejor de los casos será duro y lento.
Como dijimos, el 2025 concluyó en forma exitosa para Milei. Se consolidó la baja de la inflación, el ajuste más brutal de la historia argentina, el fin de los piquetes y el ordenamiento de la macroeconomía. A ello le deberíamos agregar, según el propio Milei, su batalla cultural: haber doblegado a la casta a puro desprecio domesticándolos económica y políticamente. Y sobre el final del año, cosecha otro galardón no menos importante: construir mayoría en el senado.
Contra esa visión exitista, el resto de la sociedad argentina sigue atrapada en la confirmación de un modelo de niveles de actividad económica absolutamente heterogéneo. Sectores estancados y sectores en auge. Esa puja está provocando una nueva grieta ya no económica, sino que cala honda en toda la sociedad. Mientras algunos ganan muchos pierden.
El segundo dato, no menor es que la confianza todavía no llega. Todavía el modelo no tiene la aceptación de que vino para quedarse. Esto provoca que la recreación del crédito es muy lenta, las inversiones no llegan y los famosos jugadores prometidos todavía no adquirieron el pase.
En este marco, no existe ninguna solución heterodoxa para problemas graves de la argentina: inversión pública, infraestructura, gastos sociales, etc.
En este contexto, que el desempleo baje no es una buena noticia. De los 8 millones de personas en condiciones de comenzar a trabajar en los últimos años, solo 5 millones consiguieron empleo, pero 4 millones en el sector informal y un millón en el sector público. Casi nada se generó en el circuito formal de la economía con el agravante de ingresos que en pocos casos superan la línea de pobreza. Y no hay reforma laboral que lo solucione.
A manera de conclusión:
Todos queremos ver un horizonte esperanzador. A todos nos une la posibilidad de una visión donde el vaso esté medio lleno y no a la inversa. Sin embargo, mentirse nunca fue una buena solución. No es bueno mentirse con un presupuesto “equilibrado” si ese equilibrio se logra dejando de gastar precisamente donde sabemos —y sentimos— que hay que hacerlo, y hacerlo con urgencia. No es bueno vender una reforma laboral que sabemos de antemano que no resuelve el problema estructural del empleo. No es bueno celebrar una economía que ordena números mientras agranda, sin pudor, la grieta social y productiva.
Estamos frente a la tercera experiencia en cuarenta años de democracia que intenta cambiar la estructura económica argentina. Las anteriores, como todos sabemos, fracasaron sin lograr consolidar un nuevo modelo, aunque también prometían —cada una a su manera— su propia “batalla cultural”. Esta, sin dudas, es más agresiva, más explícita y con un estilo inédito. Pero la historia argentina tiene una constante: los experimentos que desprecian a la sociedad real suelen durar menos que los manuales que los inspiran.
La pregunta, entonces, no es solo si Milei logrará cambiar definitivamente a la Argentina. La pregunta más incómoda —y más honesta— es cuánto está dispuesta a soportar la Argentina para comprobarlo. Porque gobernar no es únicamente ajustar, ni ordenar, ni disciplinar. Gobernar también es construir legitimidad social, algo que no se decreta ni se impone a fuerza de motosierra.
Por ahora, el presidente avanza convencido de que la razón económica terminará imponiéndose por cansancio. La historia, sin embargo, enseña otra cosa: cuando la política deja de escuchar, es la realidad la que habla. Y suele hacerlo sin pedir permiso y tenemos por delante todo un esperanzador 2026 para comprobar la hipótesis.
