Recuperación histórica: avanza el Astillero de Comodoro y proyecta más
CADENAS
Adán Costa.
Abogado. Profesor universitario de Historia, Políticas Públicas y Filosofía (UCU-UNR). Trabaja en el Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales y es presidente de la Comisión de Derecho Indígena Latinoamericano e Interjuridicidad del Colegio de Abogados de Santa Fe.
Es imprescindible realizar un ejercicio permanente del significado de la palabra soberanía y razonarlo, a su vez, desde un enfoque crítico de las prácticas sociales, culturales, económicas o políticas. Tan es así, que es un significante que se ha disputado largamente, sea entre los tirios y entre troyanos. En la historia, la idea de soberanía, siempre se la ha tironeado, sea desde sectores conservadores, que la han ligado exclusivamente a lo «limítrofe» o a la política de fronteras, incluso contra nuestros originarios, tanto como para garantizar renta para esos mismos sectores.
También, se ha ido reivindicado por sectores populares, que la amplían a lo político y lo económico, hasta incluso al tipo de consumos que se legitiman socialmente. Actualmente con el predominio de la sociedad digital de las últimas dos décadas, pareciera que la noción de soberanía está muerta. El filósofo coreano Byung Chul Han, aún incluso va mas allá, dice que las cosas ya han muerto. Pensando desde lo «global», el mundo se ha deslocalizado, se ha «despatriado», incluso con una marcada tendencia hacia la deshumanización, a partir de la predominancia de un nuevo tipo de violencia, la violencia digital.
Hemos visto con el tono celebratorio con el que en los últimos días se regurgitan las guardias pretorianas de los emperadores romanos del estirpe de un Augusto o de un Caracalla. Yo no estaría tan tranquilo, si se revisa un poco la historia de la muerte del emperador Caracalla en el año 217, en el Carrhae.
En esa estratégica ciudad, uno de los pasos entre el Oriente y el Occidente, enclavada entre Siria y Turquía, en medio de las rutas comerciales que unen Damasco, Nínive, Karkemish y más allá, un pretor, que portaba el sugestivo nombre de Macrino, era el encargado de cuidar al emperador. Fue el mismo que lo asesinó, bien lejos de Roma. Hoy se embate contra el concepto de soberanía, y contra otros muy emparentados, como los de «justicia social» o el de «derechos», especialmente si son comunitarios, colectivos o soberanos.
Efectivamente, Juan Manuel de Rosas pudo advertir que las manufacturas británicas y francesas iban a arruinar al creciente artesanado pre-industrial, afincado sobre todo en las pampas argentinas alrededor del aprovechamiento del cuero de las vacas. Fue creativo. Un 20 de noviembre de 1845, le cruzó cadenas en la Vuelta de Obligado en medio del río Paraná, a ese modo de concebir la libertad de mercado. Después los pueblos del norte de la provincia de Buenos Aires, de Santa Fe y de Entre Ríos, terminaron la tarea al año siguiente el 4 de junio de 1846, en la batalla de la Angostura del Quebracho; pero sobre todo, no comprando ni revendiendo esos insumos extranjeros.
Tenemos que tener la misma dosis de creatividad ante el embate de los algoritmos. En este mundo complejo no basta con pararse de manos contra un Elon Musk, un Peter Thiel o un Marcos Galperín. No hay que olvidarse que el bueno de Musk fabrica sus autos a base de baterías de litio en la China de Xi Xinping. Y el capitalismo financiero no compite con el «tecno-feudalismo», sino, más bien, todo lo contrario, hace alianza.
Lo que empezó como «Mercado Libre» ahora es «Mercado Pago». No sólo que es insuficiente protestar o victimizarse, si no que es estéril ante el viento fuerte que soplan los megabytes. Si hay que tomar posiciones, sin perder sentido ni perspectiva. Desde lo material, usemos la tecnología digital, pero en la orientación contraria a la de un Galperín, quien lo utiliza para su propia acumulación sin pagar un centavo en impuestos. Usemos la sociedad digital para encadenar procesos productivos, o bien para diversificar la base comercial de agentes económicos, con productos fabricados con la cultura del país. Es decir, un concepto de soberanía, repensado sin perder un centímetro de arraigo.
